Cultural
Trujillo, el aniversario de un fantasma
- por
César Sánchez Beras
La palabra dictadura proviene
del latinismo “Dictaturam” que significa poder absoluto. El
diccionario Larousse define dictadura como el poder absoluto
que se ejerce sin control o el espacio de tiempo donde se
ejerce el mandato de esa forma. Pero ambas acepciones son
tímidas para definir la larga noche de 31 años en que Rafael
Leonidas Trujillo Molina gobernó la República Dominicana.
Lo que comenzó como el ascenso de un brigadier “pundonoroso”
de la Guardia Nacional dominicana, terminaría en lo que dio
título a una de sus mejores biografías, en “La trágica
aventura del poder personal”.
Su origen
Rafael Leonidas Trujillo Molina nació en la Villa de San
Cristóbal, el 24 de octubre de 1891. Fueron sus padres José
Trujillo Valdez y Altagracia Julia Molina. A los seis años
de edad fue inscrito en la escuela Juan Hilario Meriño.
Luego de alfabetizado, pasó al colegio Pablo Barinas, en
donde fue discípulo de Don Eugenio Maria de Hostos.
A los 16 años entra a trabajar como telegrafista en la
provincia de Baní, aunque no dejó de residir en su natal San
Cristóbal. Entre 1910 y 1916 se rumoró su participación
junto a José Arismendy Trujillo (Petán) en actividades
delictivas, como robo de ganado, falsificación de cheques,
robo simple, etc.
Su participación en la vida pública comienza entre
1913-1914, cuando se declara “horacista”, pasando a formar
parte de una banda conocida como “la 42”, la cual asaltaba
bodegas y chantajeaba a trabajadores. En 1918 el Gobierno
Militar Norteamericano desarmó la población civil, creando
la Guardia Nacional. Trujillo, valiéndose de una carta de
recomendación de un familiar, logró entrar a esta guardia
élite, desde donde ascendió atropellando a quienes se
opusieron a la intervención norteamericana de 1916.
Su vertiginoso ascenso en las filas del ejército lo llevó,
en menos de 10 años, de segundo teniente a General de
Brigada y con el apoyo de la legación norteamericana se
postula como candidato a las elecciones presidenciales el 18
de marzo de 1930. Electo presidente en mayo 16 de ese mismo
año, comenzó su carrera sanguinaria eliminando violentamente
todo tipo de oposición, siendo sus primeras víctimas el
santiagués Virgilio Martínez Reyna y su esposa embarazada.
Exaltación de la personalidad del Jefe
Aunque es un elemento común a todos los regímenes
totalitarios, en el caso de Rafael Leonidas Trujillo, este
envilecimiento llegó hasta el paroxismo, su culto a la
personalidad por motu proprio y por los lambiscones que
siempre rodean el poder, fue exacerbado en demasía. Para
ejemplo, basta con mencionar el hecho de que en 1935, Mario
Fermín Cabral propone que se le cambie el nombre a la
capital del país y en su lugar se llame “Ciudad Trujillo”.
Sus muchos nombres y decenas de títulos hechos a la medida
de su ego, fueron recitados de memoria en eucaristías,
cultos religiosos, liceos, actos públicos, pancartas,
programas de radio y televisión, acrósticos por su
natalicio, canciones de moda, merengues ripiaos y en
epístolas al hombre mesiánico que encarnaba la primera
magistratura del estado.
Todavía quedan como recuerdo de ese pasado de ignominia sus
muchos obeliscos levantados al honor fálico del Jefe, al
patriarca que podía con todos los apetitos de la carne, al
macho cabrío, al berraco que cubría a todas las hembras, a
ese mismo que un degenerado por el servilismo tenía que
mojarle “accidentalmente” con la copa los pantalones, pues
en los cócteles su próstata enferma delataba su
incontinencia y ausencia definitiva de la virilidad.
Él, el primer maestro decían algunos; él, el primer
constructor decían otros a coro; el primer soldado, el
primer médico, el primer ingeniero, el primer gobernante, el
mejor hijo, el invaluable esposo, el solidario compañero, el
generalísimo de 5 estrellas, porque no había espacio para
más en su hombro y en sus charreteras, el primer oficial, el
primer marino, el varón insigne, el benefactor de la patria,
el padre de la patria nueva, y para el Lic. Peynado “Una
coartada de Dios para estar en el mundo”.
“No hay peligro en seguirme”
Con esta frase comienza Trujillo su carrera proselitista de
31 años. Cuánta ironía, pues en el fondo, casi cierto, el
peligro estaba en no seguirlo, en no amancebarse con la sed
de sangre de la bestia. Ahí están las tumbas, o el rastro de
martirio de los que no se doblegaron. Ahí está para los que
proclaman que el Jefe se fue a destiempo, el asesinato de
Jesús de Galíndez por una biografía no autorizada del
semidiós. Ahí está la muerte de Ramón Marrero Aristy, por no
escribir lo que dictaran los amigos del régimen. Ahí está el
martirologio de los que pedían a gritos una muerte temprana
y piadosa para no sufrir las torturas indecibles de la 40,
el 9 y El Sisal.
Pero si aún quedara espacio para más dolor, están los miles
de haitianos degollados en una sola noche de 1937, los
muchos dominicanos que acompañaron a nuestros vecinos de la
isla, tan sólo por ser negros o no hablar claro; ahí está el
monumento a la dignidad y el decoro de las hermanas Mirabal
y el ejemplo incorruptible de Manolo.
Si usted es de los que están del lado de la vuelta del jefe,
en mi humilde opinión, tiene dos facetas: O es por
ignorancia, y entonces le perdonamos el pecado, pues el jefe
y sus continuadores son los dueños de esa culpa. O usted es
de los que están con el regreso de la bestia, con
conocimiento de causa, entonces sencillamente no hay perdón
y tan amigos como siempre.
Trujillo, trujillitos y fantasmas
Pero a 42 años del ajusticiamiento, aún nos pesa el
fantasma del Jefe, no hemos sido capaces de enterrarlo
totalmente, hemos corrompido tanto los tuétanos de nuestra
raíz como nación, que algunos no sólo lo añoran, sino que lo
prescriben para nuestros desafueros como una necesidad
correctiva, como una purga necesaria para no sucumbir en el
desbarrancadero en que vamos cuesta abajo. Nuestra clase
política gobernante, nuestra intelectualidad servil y
mendigante ante el poder, nuestra ceguera ante lo bueno y
nuestra alabanza fatua ante los inicuos de turno, nos hacen
cruelmente olvidadizos ante el sacrificio que costó apearlo
del caballo, para querer subir ahora a otros, que aunque
patanes con ínfulas de gloria, se creen dueños de la
voluntad colectiva y herederos de un linaje sangriento que
nos dejara el más sanguinario de América.
Tenía razón en parte el Varón de San Cristóbal: sus mejores
amigos eran los hombres de trabajo... pero estaba incompleta
la frase. Eran los hombres del trabajo sucio, y del que
construye su fortuna con la miseria de los otros, del que
sube pisando al semejante más débil, del que apenas puede
respirar ante su atragantada con la sangre de los justos.
Tenía razón, en parte, el Jefe, son sus amigos los que
continúan gobernando, basados en la ignorancia del otro que
fue segregado por la exclusión; son sus amigos los que se
enriquecen con la plusvalía de los que no tienen padrino en
la burocracia del Estado; son sus amigos los que en el
lúgubre traspatio de sus corazones de hiena, o en los botes
de lujo de sus orgías cosmopolitas, dan brillo a la placa
que aún reza: “En esta casa Trujillo es el jefe”.
Qué solos estamos los hijos de Machepa, los que recogimos
limosna para matar a Chapita, los que cantamos henchido de
alegría.
“Espera quisqueyana”, como si fuera el respaldo
reivindicador de la Era Gloriosa de Luis Pérez. Qué solos
seguimos los que pensamos que esa noche del 31 de mayo, lo
que no pudo Pupo Román lo pudieron los otros, los que se
calzaron las botas que no tienen regreso, porque era a morir
o a triunfar. Qué solos estamos todavía los que a oscuras
nos hermanamos a Amadito García Guerrero, al francesito
Roberto Pastoriza, al higueyano Livio Cedeño, a Salvador
Estrella, a Modesto y a Juan Tomás Díaz. Los que pensamos
que ganábamos para siempre la partida con la sangre de
Antonio y Ernesto de la Maza, con el arrojo de Huáscar
Tejeda, Amiama Tió, Antonio Imbert y el mocano Tunti
Cáceres.
Qué solos estamos los que matamos al Chivo, porque ahora nos
toca a todos, sin el amor patrio de los conjurados, enterrar
para siempre este fantasma. |