Edición Actual

 

Archivo

Edición No. 107  [Miércoles Mayo 28, 2003]

 

 

 
    Portada
    Editorial
    Opinión
    Regional
    » Massachusetts
       - Lawrence
    » New Hampshire
    Miscelaneas
    Especial
    Cultural
    Deportes
    English Section

   

    Nosotros
    Sugerencias
    Media Kit

   

Cultural
Trujillo, el aniversario de un fantasma
 - por César Sánchez Beras

La palabra dictadura proviene del latinismo “Dictaturam” que significa poder absoluto. El diccionario Larousse define dictadura como el poder absoluto que se ejerce sin control o el espacio de tiempo donde se ejerce el mandato de esa forma. Pero ambas acepciones son tímidas para definir la larga noche de 31 años en que Rafael Leonidas Trujillo Molina gobernó la República Dominicana.

Lo que comenzó como el ascenso de un brigadier “pundonoroso” de la Guardia Nacional dominicana, terminaría en lo que dio título a una de sus mejores biografías, en “La trágica aventura del poder personal”.
 
Su origen
 Rafael Leonidas Trujillo Molina nació en la Villa de San Cristóbal, el 24 de octubre de 1891. Fueron sus padres José Trujillo Valdez y Altagracia Julia Molina. A los seis años de edad fue inscrito en la escuela Juan Hilario Meriño. Luego de alfabetizado, pasó al colegio Pablo Barinas, en donde fue discípulo de Don Eugenio Maria de Hostos.

A los 16 años entra a trabajar como telegrafista en la provincia de Baní, aunque no dejó de residir en su natal San Cristóbal. Entre 1910 y 1916 se rumoró su participación junto a José Arismendy Trujillo (Petán) en actividades delictivas, como robo de ganado, falsificación de cheques, robo simple, etc.

Su participación en la vida pública comienza entre 1913-1914, cuando se declara “horacista”, pasando a formar parte de una banda conocida como “la 42”, la cual asaltaba bodegas y chantajeaba a trabajadores. En 1918 el Gobierno Militar Norteamericano desarmó la población civil, creando la Guardia Nacional. Trujillo, valiéndose de una carta de recomendación de un familiar, logró entrar a esta guardia élite, desde donde ascendió atropellando a quienes se opusieron a la intervención norteamericana de 1916.

Su vertiginoso ascenso en las filas del ejército lo llevó, en menos de 10 años, de segundo teniente a General de Brigada y con el apoyo de la legación norteamericana se postula como candidato a las elecciones presidenciales el 18 de marzo de 1930. Electo presidente en mayo 16 de ese mismo año, comenzó su carrera sanguinaria eliminando violentamente todo tipo de oposición, siendo sus primeras víctimas el santiagués Virgilio Martínez Reyna y su esposa embarazada.

Exaltación de la personalidad del Jefe
Aunque es un elemento común a todos los regímenes totalitarios, en el caso de Rafael Leonidas Trujillo, este envilecimiento llegó hasta el paroxismo, su culto a la personalidad por motu proprio y por los lambiscones que siempre rodean el poder, fue exacerbado en demasía. Para ejemplo, basta con mencionar el hecho de que en 1935, Mario Fermín Cabral propone que se le cambie el nombre a la capital del país y en su lugar se llame “Ciudad Trujillo”.

Sus muchos nombres y decenas de títulos hechos a la medida de su ego, fueron recitados de memoria en eucaristías, cultos religiosos, liceos, actos públicos, pancartas, programas de radio y televisión, acrósticos por su natalicio, canciones de moda, merengues ripiaos y en epístolas al hombre mesiánico que encarnaba la primera magistratura del estado.

Todavía quedan como recuerdo de ese pasado de ignominia sus muchos obeliscos levantados al honor fálico del Jefe, al patriarca que podía con todos los apetitos de la carne, al macho cabrío, al berraco que cubría a todas las hembras, a ese mismo que un degenerado por el servilismo tenía que mojarle “accidentalmente” con la copa los pantalones, pues en los cócteles su próstata enferma delataba su incontinencia y ausencia definitiva de la virilidad.

Él, el primer maestro decían algunos; él, el primer constructor decían otros a coro; el primer soldado, el primer médico, el primer ingeniero, el primer gobernante, el mejor hijo, el invaluable esposo, el solidario compañero, el generalísimo de 5 estrellas, porque no había espacio para más en su hombro y en sus charreteras, el primer oficial, el primer marino, el varón insigne, el benefactor de la patria, el padre de la patria nueva, y para el Lic. Peynado “Una coartada de Dios para estar en el mundo”.

“No hay peligro en seguirme”
 Con esta frase comienza Trujillo su carrera proselitista de 31 años. Cuánta ironía, pues en el fondo, casi cierto, el peligro estaba en no seguirlo, en no amancebarse con la sed de sangre de la bestia. Ahí están las tumbas, o el rastro de martirio de los que no se doblegaron. Ahí está para los que proclaman que el Jefe se fue a destiempo, el asesinato de Jesús de Galíndez por una biografía no autorizada del semidiós. Ahí está la muerte de Ramón Marrero Aristy, por no escribir lo que dictaran los amigos del régimen. Ahí está el martirologio de los que pedían a gritos una muerte temprana y piadosa para no sufrir las torturas indecibles de la 40, el 9 y El Sisal.

Pero si aún quedara espacio para más dolor, están los miles de haitianos degollados en una sola noche de 1937, los muchos dominicanos que acompañaron a nuestros vecinos de la isla, tan sólo por ser negros o no hablar claro; ahí está el monumento a la dignidad y el decoro de las hermanas Mirabal y el ejemplo incorruptible de Manolo.

Si usted es de los que están del lado de la vuelta del jefe, en mi humilde opinión, tiene dos facetas: O es por ignorancia, y entonces le perdonamos el pecado, pues el jefe y sus continuadores son los dueños de esa culpa. O usted es de los que están con el regreso de la bestia, con conocimiento de causa, entonces sencillamente no hay perdón y tan amigos como siempre.

Trujillo, trujillitos y fantasmas
 Pero a 42 años del ajusticiamiento, aún nos pesa el fantasma del Jefe, no hemos sido capaces de enterrarlo totalmente, hemos corrompido tanto los tuétanos de nuestra raíz como nación, que algunos no sólo lo añoran, sino que lo prescriben para nuestros desafueros como una necesidad correctiva, como una purga necesaria para no sucumbir en el desbarrancadero en que vamos cuesta abajo. Nuestra clase política gobernante, nuestra intelectualidad servil y mendigante ante el poder, nuestra ceguera ante lo bueno y nuestra alabanza fatua ante los inicuos de turno, nos hacen cruelmente olvidadizos ante el sacrificio que costó apearlo del caballo, para querer subir ahora a otros, que aunque patanes con ínfulas de gloria, se creen dueños de la voluntad colectiva y herederos de un linaje sangriento que nos dejara el más sanguinario de América.

Tenía razón en parte el Varón de San Cristóbal: sus mejores amigos eran los hombres de trabajo... pero estaba incompleta la frase. Eran los hombres del trabajo sucio, y del que construye su fortuna con la miseria de los otros, del que sube pisando al semejante más débil, del que apenas puede respirar ante su atragantada con la sangre de los justos. Tenía razón, en parte, el Jefe, son sus amigos los que continúan gobernando, basados en la ignorancia del otro que fue segregado por la exclusión; son sus amigos los que se enriquecen con la plusvalía de los que no tienen padrino en la burocracia del Estado; son sus amigos los que en el lúgubre traspatio de sus corazones de hiena, o en los botes de lujo de sus orgías cosmopolitas, dan brillo a la placa que aún reza: “En esta casa Trujillo es el jefe”.

Qué solos estamos los hijos de Machepa, los que recogimos limosna para matar a Chapita, los que cantamos henchido de alegría.

“Espera quisqueyana”, como si fuera el respaldo reivindicador de la Era Gloriosa de Luis Pérez. Qué solos seguimos los que pensamos que esa noche del 31 de mayo, lo que no pudo Pupo Román lo pudieron los otros, los que se calzaron las botas que no tienen regreso, porque era a morir o a triunfar. Qué solos estamos todavía los que a oscuras nos hermanamos a Amadito García Guerrero, al francesito Roberto Pastoriza, al higueyano Livio Cedeño, a Salvador Estrella, a Modesto y a Juan Tomás Díaz. Los que pensamos que ganábamos para siempre la partida con la sangre de Antonio y Ernesto de la Maza, con el arrojo de Huáscar Tejeda, Amiama Tió, Antonio Imbert y el mocano Tunti Cáceres.

Qué solos estamos los que matamos al Chivo, porque ahora nos toca a todos, sin el amor patrio de los conjurados, enterrar para siempre este fantasma.

 
 
 
 
 
 
 
 

 

 

 

 


  
enDesignStudio™ es una compañía de MVeNetwork, Inc.
  Está prohibida la reproducción total o parcial de la página
  Copyright © 2001-2003, Periódico Siglo21
  Todos los derechos reservados