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Edición No. 107  [Miércoles Mayo 28, 2003]

 

 

 
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Especial
Un brasileño cualquiera
 - por Kathrine Liepins

La próxima semana estará a la venta en América Latina “Lula, hijo de Brasil”, biografía que muestra al presidente como un ciudadano común que gracias a su esfuerzo salió de la pobreza para llegar a la primera magistratura.


Nació en Pernambuco, uno de los estados más pobres de Brasil. Eran ocho hermanos, de los cuales él era el menor de los hombres. Antes de que su madre lo diera a luz, su padre se fue a Sao Paulo. Recién a los siete años pudo conocerlo, cuando su mamá decidió irse con sus hijos en busca de su marido, quien había formado una segunda familia en esa ciudad. Su infancia y adolescencia fueron duras, porque su progenitor prefería a su segunda mujer e hijos antes que a Lula y su familia.

Estas y otras experiencias relata el actual mandatario en Lula, el hijo de Brasil, libro de la periodista Denise Paraná. El escrito, de casi 500 páginas, fue recientemente traducido al español.

A través de entrevistas realizadas al propio Lula, su señora y sus hermanos, la autora cuenta la biografía del presidente. Lo muestra como un hombre esforzado y luchador. Sobre todo, como un brasileño cualquiera. Uno que pudo salir adelante a pesar de las dificultades y la falta de preparación académica.

“Cuando joven vivía en un barrio de la periferia de Sao Paulo donde había muchas inundaciones. Despertaba de madrugada con el agua a la altura de la cama. Se levantaba y tomaba una cámara de automóvil vieja para ir a ayudar a los ancianos que necesitaban escapar del agua. El siempre se preocupó por los otros. Como adulto se politizó, descubriendo otro camino para ayudar a que las personas mejoraran su calidad de vida”, dice a Qué Pasa Denise Paraná.

La familia Da Silva era una típica familia pobre de Brasil. Aunque no se puede decir que pasó hambre, la comida no sobraba en su hogar. Los niños no tenían zapatos y todos debieron trabajar desde pequeños. Lula vendía naranjas y maní en el puerto junto a uno de sus hermanos, quien lo reprendía por no gritar suficientemente su mercancía. Sus hermanas también trabajaron antes de cumplir 10 años; se desempeñaron como empleadas domésticas.

Pero Lula pudo tener una profesión. El sueño de su madre era que al menos uno de sus hijos tuviera estudios superiores. Por eso, con mucho esfuerzo lo inscribió en el Servicio Nacional de Aprendizaje Industrial donde terminó sus estudios escolares y al mismo tiempo se convirtió en tornero mecánico. “Ahí cambió mi vida”, señala Lula.

Fue ejerciendo ese oficio que Lula se adentró en el mundo sindical para convertirse en un líder político. A pesar de las limitaciones que la vida le había puesto, Lula conquistó a un país de 176 millones de personas, donde 22% de la población vive bajo la línea de la pobreza, igual que él cuando pequeño.

“El problema no es de cultura académica. Hay otros que tienen educación superior. Entonces el problema no es de nivel de escolaridad. Es de ser políticamente competente, de saber hacer, de saber lidiar con esa cosa llamada política, que es algo complicado”, afirma Lula en el libro.

Infancia ausente (extracto)
“Lo primero que recuerdo, cada vez que alguien me pregunta acerca de mi infancia, es exactamente el hecho de que yo no tuve infancia. Es muy difícil, no sólo en el Nordeste sino en cualquier lugar del país o del mundo, que un chico pobre o muy pobre se acuerde de su infancia. Principalmente porque uno se acuerda con más facilidad de las cosas buenas y no de las cosas malas que nos ocurren.

Yo tengo pena de mi padre porque creo que él era muy ignorante. Mi padre era enormemente ignorante. Hay dos cosas muy fuertes en mi padre que me marcaron. La primera es que mi padre no comía el pan que nosotros comíamos. Si para nosotros él compraba pan común, para él compraba pan con azúcar, esos panes redondos, bien bonitos. Se levantaba antes que nosotros, tomaba café, comía su pedazo de pan. Después tomaba el resto que quedaba, lo ponía en una lata arriba del armario y nadie lo podía tocar. Cuando él volvía, lo abría para comerlo. No compartía eso, aquello era algo sólo de él. Cosa que un padre normal, un ser humano normal, se queda sin comer para darle a su hijo. Mi papá se lo comía.

Hoy, cuando a veces llego tarde a mi casa, Luiz Claudio (su hijo) ya cenó. Entonces Marisa fríe un bife para mí, él se sube encima y quiere comer, yo termino dándole mi bife. Yo no le voy a impedir que coma.

Otra cosa que me marcó mucho de mi padre es que un día -en 1952, mi hermana tenía unos tres años- yo veía a mi padre comiendo pan y a mi hermana pidiéndole un pedacito. Mi papá tomaba los pedacitos de pan y los arrojaba a los perros”. (La Tercera, Chile)

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