Cultural
El dominicano que ha llegado
mas lejos
- por César Sánchez Beras
La República Dominicana por el
hecho de tener elementos naturales y culturales
excepcionales, es hoy por hoy, uno de los destinos más
concurridos por turistas de todas las latitudes del planeta.
Igualmente la modernización de las vías de comunicación y
transporte, eso que llamamos la aldea global, ha logrado que
hoy día solamente existan las fronteras del espacio sideral
o algunas que otras xenofobias resentidas por una antigua
malquerencia, fruto de milenarias colonizaciones casi
superadas por los pueblos modernos.
Hasta hace unos cuantos años, era una noticia saber que en
Irlanda del Norte un criollo tenía una pulpería, que en
Turquía alguien se volvió loco por el “sancocho” de una
mulata de Nagua o que en Groenlandia a una dominicana se le
erizaba el pelo tras oír en un radito Walkman de un viajero,
el lírico quejido de Juan Luis de su CD Bachata Rosa.
El dominicano, ese mismo que describiera nuestro poeta de la
patria, como oriundo de la noche y de un país colocado en el
mismo trayecto del sol, se ha universalizado. Ha llevado su
carga de amoríos y costumbres a cada lugar que ha visitado,
ha transportado su idiosincrasia nacional, su negro tras la
oreja, sus aspiraciones y mitos populares, sus
supersticiones afroantillanas, como si fuera su piel o el
aliento de su alma.
Pero, ¿cuál es el dominicano que ha llegado más lejos?
Sin duda alguna el criollo que más lejos ha llegado es el
merengue. Pero no es el merengue de Juan Luis Guerra, gozosa
mezcla de música y poesía la cual usted puede bailar o
escuchar, meditar o saborear, como un digno ejemplo de lo
que somos capaces de hacer cuando estamos rebozados de
lirismo.
No es el merengue de Wilfrido Vargas, quien puso velocidad y
ritmo a letras serias o jocosas para llevarla por segunda
vez, allende de los mares del Caribe. Tampoco es el célebre
Compadre Pedro Juan, en la versión excelsa de Michael
Camilo, en donde muestra el añejo y acompasado merengue de
Quisqueya, como una simbiosis de clasicismo y ritmos
caribeños.
Aunque los ejemplos mencionados anteriormente son muy
válidos, no es ese merengue el dominicano que ha llegado mas
lejos. Es el merengue como fenómeno cultural, como expresión
de lo que somos, fuimos y seremos. El merengue como testigo
furtivo, alegre y aguardentoso de nuestras aspiraciones de
ser una nación mejor.
El dominicano que ha llegado más lejos, es el merengue en
cualquiera de sus versiones, no importa que sea “Perico
Ripiao” o secuenciado, que esté en CD o en vellonera, esa
muestra de algunos tres minutos es el cronista de un pueblo
que tiene azares y epopeyas.
Ese merengue que es una vena alucinada de guloya, que a
veces es un viejo patriotismo traspirado en la cintura y en
otras ocasiones tan sólo la bitácora de un sueño tatuado por
las sombras. Ese merengue es el dominicano que ha llegado
más lejos, que no pidió permiso en embajadas, que se ha
instalado en las culturas de otros pueblos con el sólo
permiso de sus rítmicas tamboras.
Ese dominicano que ha sido vejado algunas veces y otras
tantas apadrinado por unos cuantos detentadores de la
cultura nuestra, debe seguir viviendo, no como un eslabón
músico-cultural, sino como una expresión valedera de una
dominicanidad que debe superarse diariamente en las letras y
en las composiciones de nuestros músicos y poetas, sean
éstos cultos o populares.
Ese dominicano que ha llegado tan lejos, debe ser visto como
lo viera Franklin Mieses Burgos:
“... ¡bailemos un merengue que nunca más se acabe!
Bailemos un merengue hasta la
madrugada;
que un hondo rió de llanto tendrá que correr siempre,
para que no se extinga la sonrisa del mundo...
Bailemos un merengue
de espaldas a las sombras de tus viejos dolores,
más allá de tu noche eterna que no acaba!
¡Frente a frente a la herida violenta de tus labios
por donde gota a gota,
como un oscuro rió desangran tus
palabras!
¡Bailemos un merengue hasta la madrugada...” |