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Edición No. 117  [Miércoles Agosto 06, 2003]

 

 

 
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Opinión
Desbrozando el camino
Ni mentirosos, ni pendejos, ni ladrones

 - por Roberto Rodríguez

Confieso haberme prometido y prometido a amigos y lectores de esta columna no volver por ahora a tocar temas dominicanos. Desdichadamente resulta difícil caer en la indiferencia cómplice que significaría callarse en medio de tanta vergüenza oficial.

Palabras y hechos como la advertencia de un energúmeno con uniforme militar y rango de general de “romperle el pescuezo”, a quienes hagan protestas durante los juegos Panamericanos, se hizo realidad apenas se intentó llevar a cabo la genial marcha de “La antorcha del hambre”, agredida a tiros y bombazos, obligan a escribir.

Peor aún fue escuchar después de esos hechos vergonzosos lo que dijo el presidente de la República. En presencia de miles de extranjeros —para lo que él mismo ha pedido el respeto que no sabe dar—, dijo que lo que se hizo contra cientos de niños, hombres y mujeres en esa marcha estaba dentro de las instrucciones que había dado para que se le “diera leña” a todo el que protestara.

Ese pronunciamiento infeliz de Hipólito Mejía me hizo recordar aquella página negra de nuestra historia cuando el 20 de octubre de 1961, agentes policiales la emprendieron a tiros contra cientos de estudiantes en lo que hoy se conoce como “la matanza de la calle Espaillat”.

A más del dolor provocado a toda la nación, hubo el país de morder el dolor de su desgracia cuando el entonces presidente Balaguer se pronunció a través de los medios electrónicos felicitando a la Policía por esa acción. Con otras palabras, es lo mismo que esta vez ha hecho Hipólito Mejía.

Con esta conducta, Mejía no sólo ha emulado a Balaguer, sino que reedita lo que dentro del perredeismo es ya una reincidencia dañina a la incipiente e inmadura democracia nuestra. Por ello no puede olvidarse aquel pronunciamiento que hizo Jacobo Majluta en 1979, siendo vicepresidente de la República.

El entonces segundo a bordo usó los micrófonos de Radio Comercial en la edición del mediodía de su noticiario Noti-Tiempo para llamar a “darle candela” a los chóferes que participaban en una huelga reclamando una serie de reivindicaciones.

Pero peor aún fue la actitud de José Francisco Peña Gómez, quien en Abril de 1984, en su condición de líder máximo del PRD, reclamó al entonces presidente de la República, Salvador Jorge Blanco si permitiría que la “democracia pereciera en sus manos” tolerando las violentas manifestaciones que produjo en el país un acuerdo “stand by” con el Fondo Monetario Internacional (FMI).

Esas palabras de Peña Gómez motivaron al mandatario a lanzar a la calle el batallón élite de las fuerzas armadas, conocido como “cazadores de montaña”, quienes no guardaron reservas en asesinar a mansalva a cientos de dominicanos, entre ellos niños que caían con las cabecitas destrozadas por los impactos de las balas de fusilería.

Ahora tenemos a Mejía que en nombre de unos desafortunados juegos, cuyos resultados positivos jamás podrán igualarse a las negativas consecuencias sociales que junto a la crisis económica sin precedentes traerán al país. Es algo que ni el mandatario, los guardias irrespetuosos de su propia ley orgánica y de la Constitución misma podrán evitar. Intentarlo en la forma que se ha hecho ahora con la marcha de la “antorcha del hambre” podría convertirle en la chispa que encienda la pradera.

Hipólito ni sus guardias beneficiarios de la corrupción que hoy sacude al país por los cuatro costados y a todos los niveles les importa un pepino haber colocado la nación ante la única alternativa de someterse a una vida frugal, casi franciscana, y, además, pretender que sea masoquista.

Lo mismo va para los corruptos enquistados en la cúpula de los tres partidos, la iglesia católica, la administración pública, las fuerzas armadas y la policía, la justicia y demás instituciones. Se impone reclamar que a la administración pública y al país todo se le coloque en un pie de moralidad y orden que permita cambiar el rumbo.

Ha llegado el momento de obligar a los vividores de la política, los que hacen gala de haber servido al país, cuando no han hecho sino vivir a costa de él, que su conducta ya hizo metástasis en el cuerpo social de la nación.

El país está en completa anemia económica y moral, y los políticos no pueden pretender seguir olímpicamente chupándole la sangre sin pagar un precio doloroso. Se hacen ilusiones pendejas los que creen en esa posibilidad.

A quienes nos duele el país, debemos entender que la nación ha quedado presa de una trilogía mafiosa abominable de la que debemos zafarnos a como de lugar.

Ojalá no se nos haga tarde para entender que esas tres pandillas llevan cuatro décadas tratando por todos los medios de matar a la gallina de los huevos de oro. Que comprendamos todos, sin la tutela de esos políticos, que pasó la hora de los placeres y que sólo el trabajo y la honradez serán los que regenerarán nuestro país.

Ha llegado el momento de empujar hacia un lado a aquellos hombres y mujeres de muchas palabras, pocos hechos y menos credibilidad, y probarles que Dominicana está poblada de gente humilde, pero no de mentirosos, pendejos y ladrones.

Desbrozando el camino
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