Opinión
Desbrozando el camino
Ni mentirosos, ni pendejos, ni
ladrones
- por Roberto Rodríguez
Confieso haberme prometido y
prometido a amigos y lectores de esta columna no volver por
ahora a tocar temas dominicanos. Desdichadamente resulta
difícil caer en la indiferencia cómplice que significaría
callarse en medio de tanta vergüenza oficial.
Palabras y hechos como la advertencia de un energúmeno con
uniforme militar y rango de general de “romperle el
pescuezo”, a quienes hagan protestas durante los juegos
Panamericanos, se hizo realidad apenas se intentó llevar a
cabo la genial marcha de “La antorcha del hambre”, agredida
a tiros y bombazos, obligan a escribir.
Peor aún fue escuchar después de esos hechos vergonzosos lo
que dijo el presidente de la República. En presencia de
miles de extranjeros —para lo que él mismo ha pedido el
respeto que no sabe dar—, dijo que lo que se hizo contra
cientos de niños, hombres y mujeres en esa marcha estaba
dentro de las instrucciones que había dado para que se le
“diera leña” a todo el que protestara.
Ese pronunciamiento infeliz de Hipólito Mejía me hizo
recordar aquella página negra de nuestra historia cuando el
20 de octubre de 1961, agentes policiales la emprendieron a
tiros contra cientos de estudiantes en lo que hoy se conoce
como “la matanza de la calle Espaillat”.
A más del dolor provocado a toda la nación, hubo el país de
morder el dolor de su desgracia cuando el entonces
presidente Balaguer se pronunció a través de los medios
electrónicos felicitando a la Policía por esa acción. Con
otras palabras, es lo mismo que esta vez ha hecho Hipólito
Mejía.
Con esta conducta, Mejía no sólo ha emulado a Balaguer, sino
que reedita lo que dentro del perredeismo es ya una
reincidencia dañina a la incipiente e inmadura democracia
nuestra. Por ello no puede olvidarse aquel pronunciamiento
que hizo Jacobo Majluta en 1979, siendo vicepresidente de la
República.
El entonces segundo a bordo usó los micrófonos de Radio
Comercial en la edición del mediodía de su noticiario
Noti-Tiempo para llamar a “darle candela” a los chóferes que
participaban en una huelga reclamando una serie de
reivindicaciones.
Pero peor aún fue la actitud de José Francisco Peña Gómez,
quien en Abril de 1984, en su condición de líder máximo del
PRD, reclamó al entonces presidente de la República,
Salvador Jorge Blanco si permitiría que la “democracia
pereciera en sus manos” tolerando las violentas
manifestaciones que produjo en el país un acuerdo “stand by”
con el Fondo Monetario Internacional (FMI).
Esas palabras de Peña Gómez motivaron al mandatario a lanzar
a la calle el batallón élite de las fuerzas armadas,
conocido como “cazadores de montaña”, quienes no guardaron
reservas en asesinar a mansalva a cientos de dominicanos,
entre ellos niños que caían con las cabecitas destrozadas
por los impactos de las balas de fusilería.
Ahora tenemos a Mejía que en nombre de unos desafortunados
juegos, cuyos resultados positivos jamás podrán igualarse a
las negativas consecuencias sociales que junto a la crisis
económica sin precedentes traerán al país. Es algo que ni el
mandatario, los guardias irrespetuosos de su propia ley
orgánica y de la Constitución misma podrán evitar.
Intentarlo en la forma que se ha hecho ahora con la marcha
de la “antorcha del hambre” podría convertirle en la chispa
que encienda la pradera.
Hipólito ni sus guardias beneficiarios de la corrupción que
hoy sacude al país por los cuatro costados y a todos los
niveles les importa un pepino haber colocado la nación ante
la única alternativa de someterse a una vida frugal, casi
franciscana, y, además, pretender que sea masoquista.
Lo mismo va para los corruptos enquistados en la cúpula de
los tres partidos, la iglesia católica, la administración
pública, las fuerzas armadas y la policía, la justicia y
demás instituciones. Se impone reclamar que a la
administración pública y al país todo se le coloque en un
pie de moralidad y orden que permita cambiar el rumbo.
Ha llegado el momento de obligar a los vividores de la
política, los que hacen gala de haber servido al país,
cuando no han hecho sino vivir a costa de él, que su
conducta ya hizo metástasis en el cuerpo social de la
nación.
El país está en completa anemia económica y moral, y los
políticos no pueden pretender seguir olímpicamente
chupándole la sangre sin pagar un precio doloroso. Se hacen
ilusiones pendejas los que creen en esa posibilidad.
A quienes nos duele el país, debemos entender que la nación
ha quedado presa de una trilogía mafiosa abominable de la
que debemos zafarnos a como de lugar.
Ojalá no se nos haga tarde para entender que esas tres
pandillas llevan cuatro décadas tratando por todos los
medios de matar a la gallina de los huevos de oro. Que
comprendamos todos, sin la tutela de esos políticos, que
pasó la hora de los placeres y que sólo el trabajo y la
honradez serán los que regenerarán nuestro país.
Ha llegado el momento de empujar hacia un lado a aquellos
hombres y mujeres de muchas palabras, pocos hechos y menos
credibilidad, y probarles que Dominicana está poblada de
gente humilde, pero no de mentirosos, pendejos y ladrones. |