Suplemento:
Desfile Dominicano en Lawrence
Las Galas del Desfile
- por César Sánchez Beras
El Desfile Dominicano de
Lawrence en su cuarta versión, ha tenido agradables
sorpresas desde mi personal punto de vista. Aun y con lo
agitado que es el curso de la vida de los miembros del
comité que prepara esta celebración, han realizado muchos
eventos que bien merecen ser ponderados en estas notas que
escribo, casi marginales, porque soy parte interesada en
esta fiesta de la comunidad hispana y en especial de los
hijos de Quisqueya.
Uno de sus elementos más importantes es sin dudas el “Libro
del Desfile” que cada año se edita bajo la producción de
Marina Acosta. Esta vez, la temática del mismo, fue la
literatura y la plástica dominicana, para lo cual Marina
contó con la colaboración de varias personas, entre ellos
José Figuereo Jiménez, quien realizó la edición y el diseño
del libro.
Califico de importante esta parte del festival, pues en las
versiones anteriores, el Desfile Dominicano de Lawrence, ha
dejado para la posteridad, memoria escrita de nuestros
aportes como nación al resto del continente, y esto de por
sí ya merece una fiesta adicional.
Otro de las partes relucientes de este festival ha sido la
escogencia de su reina representante, con un jurado
inmejorable que realizó su difícil trabajo en una noche
particularmente hermosa.
Quizás la parte menos publicitada, pero no menos importante
ha sido la elección insustituible de la escritora,
traductora y maestra Rhina Espaillat, como oradora invitada
para la Noche de Gala del festival. Su prosa depuradísima,
su lenguaje poético y su ternura comunicativa, no opacaron,
el contundente mensaje de hermandad y solidaridad de sus
palabras y que debe existir entre todos los miembros de la
gran familia humana.
Su defensa de la educación y el arte en el surgimiento de
mejores seres humanos, no solo fue aplaudida de pie por
varios minutos, sino que en todo el escenario de la
discoteca Galaxia, se palpaba la energía que irradiaban las
palabras de Mai Rhina, cuando señalaba con precisión
meridiana, el papel de los líderes nacionales en apoyar el
desarrollo de nuestras comunidades a través del sostén a
nuestros valores culturales fundamentales.
Por otra parte la selección de Zoa Méndez como Madrina del
Desfile, no pudo ser mejor. Solo la sonrisa de esa dama en
flor es más grande que su corazón de dominicana y su aporte
desinteresado a nuestra comunidad. Que grandeza ha tenido el
Desfile, en la sabia dirección de Canoabo Gil, en reconocer
en su momento los aportes de tantos buenos dominicanos,
quienes desde sus diferentes estadios, han logrado poner
nuevos peldaños en el ascenso de la dominicanidad que vive
en la diáspora estadounidense.
Tanto el reconocimiento a Luis-Luis como pionero de la
locución, como el de Gilda Durán como artista y activista;
tanto la distinción de Yadira Betances como periodista, como
la de William Lantigua como político; tanto la honrosa placa
a Mario Vamcamper como la de Julia Silverio, hacen justicia
a sus meritorios trabajos y elevan la dignidad del comité
que dirige este festival.
Pero si algo hizo mágica la noche de gala del pasado viernes
8, ha sido la actuación de Antonio Bueno con todas las
orquestas dominicanas posibles. Aunque la realidad
incontestable era que la orquesta de la noche era la
excelente agrupación del saxofonista Bonilla, reforzada con
un trío de voces en los coros, de un altísimo criterio del
buen gusto, añadido a los metales de sus voces y a la
sincronía y afinación de su cantar. Aun así yo, como todos
los que nos dimos cita esa noche escuchamos al mejor de los
buenos y al máximo de los Antonios, cantar con la alegría
del presente, las melodías y las nostalgias del mejor ayer
de nuestra música vernácula.
Los que vimos el aura de felicidad de Antonio Bueno,
mientras interpretaba parte de lo mejor del repertorio
musical dominicano, estamos más que convencidos que aquella
orquesta, que para orgullo es del patio, no era la que
acompañaba al Antonio que tenía este viernes 35 años menos.
Aunque era Diógenes el que tocaba la trompeta, en el rumboso
merengue, Anoche soñé, Antonio cantaba escuchando a Beltré
con sus solos con sordinas, en la última fila de la orquesta
del Maestro Rafael Solano. Era Bonilla que fraseaba el jaleo
de Caña Brava, respaldo inequívoco del himno nacional, o más
bien, el himno nacional del los merengueros, parido por la
inspiración de Toño Abreu. Pero los que vimos al hijo de
Aquilina y de Máximo, esa noche interpretando ese merengazo,
nos corroe la certeza de que él lo cantaba en la nostalgia
de que la orquesta era la de Luis Pérez.
Entonces la Essex se tornó otra calle recuperada a la vida
del Santo Domingo que se nos fue ya cuesta abajo, cuando
Antonio dijo en la voz de Leonel Sánchez: Esta calle al
final tiene tu nombre. Era la gala de un festival, pero
muchos de nosotros, los que atravesamos la barrera de las 4
décadas, asistimos a las galas de una noche criolla, porque
Antonio Bueno no cantó para el público esa noche. Cantó para
que lo escucharan Luis Alberti y Ramón Gallardo, para que lo
tararearan a coro Luis Pérez y Camboy, para que le hicieran
la segunda voz, Pipí Franco y Rafaelito Martínez, Antonio
cantó para esa generación que lo contuvo, y que él la mira
desde el ángulo de la posteridad, sabiendo que es un ayer
casi perdido, que ya solo es posible en el recuerdo
arrebatado a la nostalgia, cuando alguien con el temple de
hondero entusiasta la recoge del mar de los olvidos como
quien levanta una red del mar abierto.
Gracias Antonio, por dejarnos viajar contigo en un homenaje
sentido a la música nuestra, esa música, en la que fuiste
argonauta, cada vez que ella fue el buque insignia. Esa
música, que en tu voz se hizo más nuestra, porque
irremediablemente tú eres parte de su historia. |