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Edición No. 118  [Miércoles Agosto 13, 2003]

 

 

 
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Desfile Dominicano en Lawrence

Las Galas del Desfile
 - por César Sánchez Beras

El Desfile Dominicano de Lawrence en su cuarta versión, ha tenido agradables sorpresas desde mi personal punto de vista. Aun y con lo agitado que es el curso de la vida de los miembros del comité que prepara esta celebración, han realizado muchos eventos que bien merecen ser ponderados en estas notas que escribo, casi marginales, porque soy parte interesada en esta fiesta de la comunidad hispana y en especial de los hijos de Quisqueya.

Uno de sus elementos más importantes es sin dudas el “Libro del Desfile” que cada año se edita bajo la producción de Marina Acosta. Esta vez, la temática del mismo, fue la literatura y la plástica dominicana, para lo cual Marina contó con la colaboración de varias personas, entre ellos José Figuereo Jiménez, quien realizó la edición y el diseño del libro.

Califico de importante esta parte del festival, pues en las versiones anteriores, el Desfile Dominicano de Lawrence, ha dejado para la posteridad, memoria escrita de nuestros aportes como nación al resto del continente, y esto de por sí ya merece una fiesta adicional.

Otro de las partes relucientes de este festival ha sido la escogencia de su reina representante, con un jurado inmejorable que realizó su difícil trabajo en una noche particularmente hermosa.

Quizás la parte menos publicitada, pero no menos importante ha sido la elección insustituible de la escritora, traductora y maestra Rhina Espaillat, como oradora invitada para la Noche de Gala del festival. Su prosa depuradísima, su lenguaje poético y su ternura comunicativa, no opacaron, el contundente mensaje de hermandad y solidaridad de sus palabras y que debe existir entre todos los miembros de la gran familia humana.

Su defensa de la educación y el arte en el surgimiento de mejores seres humanos, no solo fue aplaudida de pie por varios minutos, sino que en todo el escenario de la discoteca Galaxia, se palpaba la energía que irradiaban las palabras de Mai Rhina, cuando señalaba con precisión meridiana, el papel de los líderes nacionales en apoyar el desarrollo de nuestras comunidades a través del sostén a nuestros valores culturales fundamentales.

Por otra parte la selección de Zoa Méndez como Madrina del Desfile, no pudo ser mejor. Solo la sonrisa de esa dama en flor es más grande que su corazón de dominicana y su aporte desinteresado a nuestra comunidad. Que grandeza ha tenido el Desfile, en la sabia dirección de Canoabo Gil, en reconocer en su momento los aportes de tantos buenos dominicanos, quienes desde sus diferentes estadios, han logrado poner nuevos peldaños en el ascenso de la dominicanidad que vive en la diáspora estadounidense.

Tanto el reconocimiento a Luis-Luis como pionero de la locución, como el de Gilda Durán como artista y activista; tanto la distinción de Yadira Betances como periodista, como la de William Lantigua como político; tanto la honrosa placa a Mario Vamcamper como la de Julia Silverio, hacen justicia a sus meritorios trabajos y elevan la dignidad del comité que dirige este festival.

Pero si algo hizo mágica la noche de gala del pasado viernes 8, ha sido la actuación de Antonio Bueno con todas las orquestas dominicanas posibles. Aunque la realidad incontestable era que la orquesta de la noche era la excelente agrupación del saxofonista Bonilla, reforzada con un trío de voces en los coros, de un altísimo criterio del buen gusto, añadido a los metales de sus voces y a la sincronía y afinación de su cantar. Aun así yo, como todos los que nos dimos cita esa noche escuchamos al mejor de los buenos y al máximo de los Antonios, cantar con la alegría del presente, las melodías y las nostalgias del mejor ayer de nuestra música vernácula.

Los que vimos el aura de felicidad de Antonio Bueno, mientras interpretaba parte de lo mejor del repertorio musical dominicano, estamos más que convencidos que aquella orquesta, que para orgullo es del patio, no era la que acompañaba al Antonio que tenía este viernes 35 años menos.

Aunque era Diógenes el que tocaba la trompeta, en el rumboso merengue, Anoche soñé, Antonio cantaba escuchando a Beltré con sus solos con sordinas, en la última fila de la orquesta del Maestro Rafael Solano. Era Bonilla que fraseaba el jaleo de Caña Brava, respaldo inequívoco del himno nacional, o más bien, el himno nacional del los merengueros, parido por la inspiración de Toño Abreu. Pero los que vimos al hijo de Aquilina y de Máximo, esa noche interpretando ese merengazo, nos corroe la certeza de que él lo cantaba en la nostalgia de que la orquesta era la de Luis Pérez.

Entonces la Essex se tornó otra calle recuperada a la vida del Santo Domingo que se nos fue ya cuesta abajo, cuando Antonio dijo en la voz de Leonel Sánchez: Esta calle al final tiene tu nombre. Era la gala de un festival, pero muchos de nosotros, los que atravesamos la barrera de las 4 décadas, asistimos a las galas de una noche criolla, porque Antonio Bueno no cantó para el público esa noche. Cantó para que lo escucharan Luis Alberti y Ramón Gallardo, para que lo tararearan a coro Luis Pérez y Camboy, para que le hicieran la segunda voz, Pipí Franco y Rafaelito Martínez, Antonio cantó para esa generación que lo contuvo, y que él la mira desde el ángulo de la posteridad, sabiendo que es un ayer casi perdido, que ya solo es posible en el recuerdo arrebatado a la nostalgia, cuando alguien con el temple de hondero entusiasta la recoge del mar de los olvidos como quien levanta una red del mar abierto.

Gracias Antonio, por dejarnos viajar contigo en un homenaje sentido a la música nuestra, esa música, en la que fuiste argonauta, cada vez que ella fue el buque insignia. Esa música, que en tu voz se hizo más nuestra, porque irremediablemente tú eres parte de su historia.

Las Galas del Desfile
 - por César Sánchez
   Beras
Noche de Gala del Desfile Dominicano
 - por Rubén Lora
La Casa Solariega
 - por Rhina Espaillat
 
 
 
 
 

 

 

 

 


  
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