Opinión
Cuando se enojan los
votantes
- por Jorge Ramos Avalos
Cuando se enojan los votantes
pueden ocurrir las cosas más extrañas. Y aún más en
California que es un verdadero laboratorio del mundo. Los
californianos se atreven a jugar con el futuro, como si
fuera plastilina, y no le temen al cambio.
Ahí, el próximo 7 de octubre, nos pudieran dar una lección
sobre qué hacer cuando nuestros gobernantes son ladrones,
corruptos, asesinos, incompetentes o todo lo anterior.
La fórmula californiana, establecida en 1911, es
maravillosa: si un gobernador es malo, le organizan un
plebiscito, lo botan y se consiguen a otro. Ojalá pudiéramos
hacer eso también en América Latina con los presidentes que
no funcionan.
Pero primero vamos a ver el rollo que se ha armado en
California:
El actor Arnold Schwarzenegger aspira a la gobernación de
California por el Partido Republicano. Encabeza las
encuestas.
¿Quién se hubiera imaginado, por ejemplo, que un actor
austríaco -protagonista de algunas de las películas más
violentas y tontas de Hollywood, con musculatura de Mister
Universo, republicano, casado con una Kennedy y con un
apellido impronunciable- podría convertirse en menos de dos
meses en gobernador de California?
¿La plataforma del Terminator?
Sí, el Terminator, Arnold Schwarzenegger, está a sólo unos
votos de liderar la quinta economía del mundo si el actual
gobernador es depuesto.
¿Cuál es su agenda? ¿Qué propone hacer en el poder? Casi
nadie sabe. Ni él.
Lo único que la gente recuerda de Schwarzenegger, además de
su impresionante físico, son dos frases -”Hasta la vista,
Baby” y “I’ll be back” (“Regresaré”)- que no son
precisamente un tributo a su elocuencia ni a su
inteligencia.
El Terminator, sin embargo, no es el único con posibilidades
de reemplazar al actual gobernador de California, el
demócrata Gray Davis.
¿Un hispano al poder?
El vicegobernador Cruz Bustamante se perfila como el
candidato favorito por el Partido Demócrata.
Un hispano, el vicegobernador Cruz Bustamante, podría
convertirse en el primer gobernador latino en California
desde 1875 (cuando Romualdo Pacheco llegó a la gubernatura).
Ya es hora que un estado donde uno de cada tres habitantes
es latino, tenga a un hispano que los represente. Ninguno de
los dos, sin embargo, está cantando victoria; junto al
Terminator y a Bustamante hay más de 190 candidatos
(incluyendo a una actriz pornográfica).
Esto es posible porque los votantes de California están
hartos y enojados con su actual gobernador, Gray Davis.
Gray -que suena como “gris” al traducirlo al español- es
considerado tan inepto como gobernador, según indican varias
encuestas, que al año de su reelección los votantes ya se
arrepintieron.
Fácilmente se juntaron más de un millón de firmas para
exigir una elección especial o plebiscito.
Los californianos acusan a Davis de ser un pésimo
adiministrador -hay un deficit de 38 mil millones de
dólares- y los hispanos están molestísimos con él por haber
vetado tres veces una ley que hubiera otorgado licencias de
conducir a miles de inmigrantes indocumentados.
El malestar de Latinoamérica
En América Latina hay un malestar equivalente al que viven
los californianos. Los guatemaltecos están hartos de su
presidente, Alfonso Portillo, por las frecuentes acusaciones
de corrupción que surgen contra su gobierno; muchos
mexicanos viven desilusionados por las promesas incumplidas
del presidente Vicente Fox en su tercer año de gobierno; los
panameños ya se dieron cuenta, con mucha tristeza, que su
presidenta Mireya Moscoso no es el cambio; y varios
dominicanos ven con horror cómo el presidente Hipólito Mejía
busca reelegirse.
Estos son, quizás, algunos de los casos más llamativos pero
la tragedia para guatemaltecos, mexicanos, panameños y
dominicanos, entre otros, es que sus constituciones no
permiten los plebiscitos para destituir al presidente en
turno.
Hugo Chávez, presidente de Venezuela.
Venezuela es un caso aparte. Ahí la constitución sí
contempla los plebiscitos para destituir a un presidente.
Pero Hugo Chávez -un tiranillo populista que ha amenazado
con quedarse en el poder 12 años más- le está dando largas
al plebiscito revocatorio y buscando excusas para retrasarlo
o cancelarlo porque sabe que si la gente sale a votar va a
perder la presidencia.
Ese plebiscito debería haberse realizado este mes de agosto.
Sin embargo, Chávez ni siquiera ha reconocido la validez de
las 3,236,320 firmas que se reunieron para forzar su
realización.
Un ejemplo para Latinoamérica
Cuando la democracia no era la regla en América Latina
tuvimos decenas de golpes de estado con la ayuda de los
militares.
Ya no. Los plebiscitos, como válvula de escape, podrían
reducir aún más las tentaciones de opciones
antidemocráticas.
Por eso no me extrañaría que pronto las constituciones
latinoamericanas empezaran a revisarse y que los plebiscitos
sean una nueva moda.
Así, los mandatos presidenciales serían condicionales, es
decir, sujetos a que el gobernante elegido haga un buen
trabajo.
Por ejemplo, en un período de gobierno de seis años los
votantes tendrían la posibilidad de deshacerse de su
presidente al tercer año si no ha cumplido con sus promesas
electorales. Los presidentes tendrían que cumplir y nuestros
países, creo, tendrían democracias más saludables y
transparentes.
Los plebiscitos podrían ser manipulados
Claro, los plebiscitos -como todo en la política- podrían
ser manipulados y utilizados como un mecanismo
desestabilizador por distintos grupos de poder. Ese es el
riesgo. Pero las ventajas son mayores que los riesgos.
Cuando se enojan los votantes, debe haber una manera legal
de dirigir su frustración sin la necesidad de organizar un
levantamiento popular, un golpe de estado, una huelga
general, un bloqueo en el congreso o un sabotaje de la
economía.
Cuatro, cinco o seis años en el poder son muchos años si,
por error, mal juicio o engaño, escogimos en las urnas a un
corrupto, a un incompetente, a un ladrón o a un asesino.
Los electores también se equivocan. Pero ahora hay una
manera de remediar esos errores. El plebiscito permite que
los gobernados le digan a los gobernantes la palabra que más
les duele: NO. Los californianos ya la saben decir.
¿Aprenderemos a decirla, también, los latinoamericanos? |