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Edición No. 122  [Miércoles Septiembre 10, 2003]

 

 

 
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Desbrozando el camino
¿Fue el 11 de setiembre dirigido desde una cueva de Afganistán?
 - por Roberto Rodríguez

Lo mismo se cuestiona en torno al empeño de las autoridades de coartar a los medios de comunicación para que se abstengan de publicar versiones que no sean las que ofrezcan las autoridades, cuando ya han señalado que el ataque vino del exterior. ¿Qué se pretende ocultar?

Hace dos años el mundo fue sacudido por los actos terroristas que el 11 de setiembre costaron a Estados Unidos cerca de tres mil vidas inocentes y un golpe económico del que todavía no logra reponerse.

Muchas cosas sucedidas antes, durante y después de ésos aconte-cimiento han generado una oscura nebulosa que —no se puede negar— han sembrado dudas en torno a quiénes son los verdaderos responsables o cómplices de esos hechos.

La fecha no puede ser mas oportuna para hacer una sugerencia a quienes están interesados en conocer una incisiva investigación periodística en torno a las intríngulis que encadenan el 9/11 con muchos acontecimientos que de manera oficial nadie se ha interesado explicar.

Preciso ahora estoy leyendo el libro “11 de septiembre 2001: La terrible impostura” que escribe el periodista francés Thierry Meyssan, el cual, además lleva el subtítulo: “Ningún avión se estrelló en el Pentágono”. El mismo exhibe en portada una foto inédita de los siguientes minutos del impacto del aparato en la edificación militar.

La obra se concentra en exclusiva a confrontar documentos oficiales y versiones de funcionarios en torno a esos hechos. Lo mismo hace analogías entre antecedentes conductuales de gobernantes de Estados Unidos en diferentes épocas y circunstancias.

Tras descartar, hasta que se presenten pruebas convincentes, el autor cuestiona la versión del avión que se estrelló en el Pentágono, y para ello nada mejor que la fotografía tomada por un particular desde un edificio cercano en el momento que llegan los bomberos a la escena.

Después de confrontar una serie de testimonios y hacer observaciones, el autor concluye que el impacto del Pentágono “podría corresponder al disparo de un misil de última generación del tipo AGM, provisto de una carga hueca y una punta de uranio empobrecido del tipo BLU, guiado por GPS. Este tipo de aparato tiene la apariencia de un pequeño avión caza, puede ser guiado con la precisión suficiente [...] y provoca –independientemente de su efecto de perforación— un incendio instantáneo que emite un calor de más de 2000 grados Celsius”.

Lo mismo se cuestiona en torno al empeño de las autoridades de coartar a los medios de comunicación para que se abstengan de publicar versiones que no sean las que ofrezcan las autoridades, cuando ya han señalado que el ataque vino del exterior. ¿Qué se pretende ocultar?

De igual forma sucede con la sorprendente coincidencia de que Bush se encontraba en una escuela de Florida y pudo ver el momento en que el primer avión se estrella en una de las torres a través de una pantalla de televisión instalada en el centro de seguridad que se había levantado en el plantel con motivo de su visita.

Tanto la deficiencia de los controladores aéreos y la displicencia de los organismos de defensa aérea, así como la forma de caída de las torres, llevan al autor a plantear la posibilidad de que las torres fueron dinamitadas en su base, razón por la se desplomaron hacia abajo y no de forma horizontal.

Meyssan hace interesante referencia a la existencia en el edificio 7 del complejo de World Trader Center, de una instalación en dos pisos de una dependencia de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) que momento después de estrellarse los aviones, comenzó a arder —de forma inexplicable—, y no paró hasta que se desplomó también.

Según la versión, esa agencia fue instalada allí después de la Guerra Fría y su función era realizar espionajes financieros que, de acuerdo al autor, disgustaban a jerarca militares del Departamento de Defensa y el FBI.

Pero aún mas, partiendo de un plan de acción diseñado por la CIA en la década de los 60’s para justificar un ataque contra Cuba, y cuyos documentos aparecen en el libro, el autor confronta las dos realidades y pone el dedo en la llaga dejando abierta la posibilidad de que alguien dentro del gobierno norteamericano tenía conocimiento de los hechos del 11 de setiembre.

La hipótesis se plantea partiendo de que no hay manera de explicar cómo los “kamikazes” tuvieron acceso a los códigos de comunicación de los organismos de inteligencia como para supuestamente dislocar al Departamento de Defensa que dirige la seguridad nacional.

En ese sentido Meyssan refiere que los terro-ristas disponían de apoyo logísticos de equipos de tierra, instalaron dos balizas que guiaron a los aviones hacia las torres, limitaron la tragedia humana previniendo a los ocupantes y dinamitaron tres edificios bajo la mirada de servicios de información tan atentos como pasivos.

¿Una operación así pudo ser concebida y dirigida desde una cueva de Afganistán y realizada por un puñado de fundamentalista islámico? Si lee el libro usted podría encontrar respuesta a esta pregunta que hace el autor.

Desbrozando el camino
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