Nota
Editorial
Iglesia Católica: delito y pecado
Como es normal en casos que
despiertan el interés público, el escándalo que conmueve los
cimientos de la Iglesia Católica, provocado por sacerdotes
que han cometido abusos sexuales contra niños durante los
últimos treinta años ha acaparado la atención. Unos a favor,
otros en contra, pero casi todos estamos enterados y lo
hemos comentado.
Seguramente existen sacerdotes capaces de honrar sus votos
de castidad y muchos de ellos mueren así, pero nunca se
sabrá cuánto han debido mortificar su cuerpo para lograrlo y
nunca sabremos en porcentaje cuántos son así y cuántos se
han desviado en esa falla que, por supuesto, no es falla de
Dios, sino una falla de los hombres que no cuidan sus dones.
No basta con que los cardenales que encubrieron a los curas
pederastas pidan perdón, sino también deben ser sometidos a
la justicia terrenal. La iglesia podrá pedir perdón a Dios y
a sus feligreses; pero los responsables de delitos sexuales
y quienes los encubren deben ser enjuiciados conforme las
leyes. El hábito no coloca a estos señores sobre la justicia
humana, aquí y en cualquier lugar del mundo no debe
aceptarse que los religiosos estén al margen de la ley
terrenal.
Es más, la sanción debía ser aumentada por traición a la
confianza de los feligreses. Viene lo anterior, por la
actitud asumida por los cardenales y el Vaticano en la
reciente reunión con el Papa, donde no se acordó la
“tolerancia cero”; sino se concluyó con una política de
remoción de los curas “culpables de un abuso continuo y
notorio de menores”. Comparativamente hablando, ¿acaso para
que una violación constituya delito, tiene que ser
“continua”? Con estos predicadores del amor al prójimo, la
Iglesia Católica está muy mal.
Ante la moral dominante, muchas víctimas han de preferir
aguantar el abuso antes que sentirse culpables ante los
otros y denunciar el hecho. Tal vez esto tenga que ver con
la aureola de santidad con que se percibe al cura.
Siempre se dice “de todo hay en la Viña del Señor”, pero la
verdad es que el caso resulta mucho más complejo y debe
obligar a profundas reflexiones sobre lo que significa el
celibato que se exige a los sacerdotes católicos con un
fundamento realmente escaso.
La sexualidad humana no es algo extraño ni impuesto, sino
que por designios de Dios forma parte de la que creemos más
excelsa de sus criaturas. Hay una tendencia natural,
instintiva, que se violenta contra esa misma naturaleza
cuando a un ser humano se le pide que renuncie a una de las
funciones intrínsecas de su ser.
Ha sido un viejo debate que, sin embargo, permaneció
intramuros y fue sordo durante muchos años, porque nadie
hablaba nunca, en ninguna circunstancia, abiertamente de los
temas sexuales, pero que ahora, cuando la actitud ha
cambiado notablemente y, sobre todo, cuando trascienden
cuestiones como las de los curas, es necesario que el asunto
pueda debatirse con seriedad y sin apasionamientos.
El futuro de la Iglesia no está en juego porque ésta siempre
ha logrado superar, por razones divinas, cualquier
dificultad. Pero justo ahora, cuando enfrentan mundialmente
una tremenda baja en las vocaciones sacerdotales, surge este
tema que al ventilarse públicamente obligará a abordar el
más crucial: El celibato, que tendrá repercusiones en el
futuro de la Iglesia.
En cualquier actividad humana es posible que un hombre o
mujer de familia puedan desarrollar un trabajo comprometido
y de entrega absoluta. El tener familia no significa que una
persona haga su trabajo o desarrolle su vocación con menos
dedicación. Por el contrario, es indudable que la vida
sacerdotal es dura y que mientras más dura es la vida de
alguien, más falta hace la compañía, el respaldo de una
familia para dar fortaleza al individuo.
Obviamente la abolición del celibato no significa la
garantía del cese de los escándalos de sacerdotes abusando
niños, ni de sacerdotes enredados con mujeres. Pero la
incidencia sería mucho menor que la actual, porque por lo
menos se retornaría al orden natural que tanto predica la
Iglesia católica cuando aborda temas como el del
homosexualismo y lo señala como un pecado contra natura.
El caso es que no podemos nunca más volver a vivir en medio
de la hipocresía de una jerarquía eclesiástica que esconde
los pecados de sus sacerdotes y, cuando los descubre con las
manos en la masa, simplemente los traslada a otra parroquia,
a sabiendas de que son gallinas que comen huevo y que
volverán a hacer daño a otras personas donde los pongan. |