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 Edición No. 053  [Miércoles Mayo 1, 2002]

 

 

 
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Nota Editorial
Iglesia Católica: delito y pecado

Como es normal en casos que despiertan el interés público, el escándalo que conmueve los cimientos de la Iglesia Católica, provocado por sacerdotes que han cometido abusos sexuales contra niños durante los últimos treinta años ha acaparado la atención. Unos a favor, otros en contra, pero casi todos estamos enterados y lo hemos comentado.

Seguramente existen sacerdotes capaces de honrar sus votos de castidad y muchos de ellos mueren así, pero nunca se sabrá cuánto han debido mortificar su cuerpo para lograrlo y nunca sabremos en porcentaje cuántos son así y cuántos se han desviado en esa falla que, por supuesto, no es falla de Dios, sino una falla de los hombres que no cuidan sus dones.

No basta con que los cardenales que encubrieron a los curas pederastas pidan perdón, sino también deben ser sometidos a la justicia terrenal. La iglesia podrá pedir perdón a Dios y a sus feligreses; pero los responsables de delitos sexuales y quienes los encubren deben ser enjuiciados conforme las leyes. El hábito no coloca a estos señores sobre la justicia humana, aquí y en cualquier lugar del mundo no debe aceptarse que los religiosos estén al margen de la ley terrenal.

Es más, la sanción debía ser aumentada por traición a la confianza de los feligreses. Viene lo anterior, por la actitud asumida por los cardenales y el Vaticano en la reciente reunión con el Papa, donde no se acordó la “tolerancia cero”; sino se concluyó con una política de remoción de los curas “culpables de un abuso continuo y notorio de menores”. Comparativamente hablando, ¿acaso para que una violación constituya delito, tiene que ser “continua”? Con estos predicadores del amor al prójimo, la Iglesia Católica está muy mal.

Ante la moral dominante, muchas víctimas han de preferir aguantar el abuso antes que sentirse culpables ante los otros y denunciar el hecho. Tal vez esto tenga que ver con la aureola de santidad con que se percibe al cura.

Siempre se dice “de todo hay en la Viña del Señor”, pero la verdad es que el caso resulta mucho más complejo y debe obligar a profundas reflexiones sobre lo que significa el celibato que se exige a los sacerdotes católicos con un fundamento realmente escaso.

La sexualidad humana no es algo extraño ni impuesto, sino que por designios de Dios forma parte de la que creemos más excelsa de sus criaturas. Hay una tendencia natural, instintiva, que se violenta contra esa misma naturaleza cuando a un ser humano se le pide que renuncie a una de las funciones intrínsecas de su ser.

Ha sido un viejo debate que, sin embargo, permaneció intramuros y fue sordo durante muchos años, porque nadie hablaba nunca, en ninguna circunstancia, abiertamente de los temas sexuales, pero que ahora, cuando la actitud ha cambiado notablemente y, sobre todo, cuando trascienden cuestiones como las de los curas, es necesario que el asunto pueda debatirse con seriedad y sin apasionamientos.

El futuro de la Iglesia no está en juego porque ésta siempre ha logrado superar, por razones divinas, cualquier dificultad. Pero justo ahora, cuando enfrentan mundialmente una tremenda baja en las vocaciones sacerdotales, surge este tema que al ventilarse públicamente obligará a abordar el más crucial: El celibato, que tendrá repercusiones en el futuro de la Iglesia.

En cualquier actividad humana es posible que un hombre o mujer de familia puedan desarrollar un trabajo comprometido y de entrega absoluta. El tener familia no significa que una persona haga su trabajo o desarrolle su vocación con menos dedicación. Por el contrario, es indudable que la vida sacerdotal es dura y que mientras más dura es la vida de alguien, más falta hace la compañía, el respaldo de una familia para dar fortaleza al individuo.

Obviamente la abolición del celibato no significa la garantía del cese de los escándalos de sacerdotes abusando niños, ni de sacerdotes enredados con mujeres. Pero la incidencia sería mucho menor que la actual, porque por lo menos se retornaría al orden natural que tanto predica la Iglesia católica cuando aborda temas como el del homosexualismo y lo señala como un pecado contra natura.

El caso es que no podemos nunca más volver a vivir en medio de la hipocresía de una jerarquía eclesiástica que esconde los pecados de sus sacerdotes y, cuando los descubre con las manos en la masa, simplemente los traslada a otra parroquia, a sabiendas de que son gallinas que comen huevo y que volverán a hacer daño a otras personas donde los pongan.

 
 
 
 
 
 
 
 

 

 

 

 

   
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