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 Edición No. 064  [Miércoles Julio 17, 2002]

 

 

 
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Cultural
Arthur Miller:
Príncipe de Asturias en Letras 2002
 - por David Hernández

Para aquellos que llegamos tarde al Siglo XX, Arthur Miller representó no sólo el destructor del sueño americano, sino también al desacralizador del mismo. Dos de sus grandes obras bastan para convertirlo en un clásico viviente. En Muerte de un viajante se narra la terrible historia de Willy Loman, un viajante incapaz de vender algo, ni tan siquiera sus fracasos, y que representa como nadie la tragedia del hombre moderno, “esa cucaracha atiborrada de egoísmo y sed vana de triunfar en la vida”, que intenta enmascararse tras la futilidad de una descafeinada clase media.

Mal andamos en este mundo si aquella generación que Arthur Miller retrató en Muerte de un viajante “se ha transmutado y resucitado corregida y políticamente más correcta” en el mundo actual, bajo las nuevas condiciones de “la guerra contra el mal”, liderada por la hiperpotencia del Norte.

Arthur Miller, hijo de judíos vieneses llegados a Brooklyn, Nueva York, a principios del Siglo XX, supo como el que más recoger esa riquísima tradición cultural judía centroeuropea y darle continuidad en el teatro. Nacido en 1915, Muerte de un viajante ganó el premio Pulitzer en 1949. En los años 50 Miller fue víctima de la cacería de brujas organizada por los fascistas del juez MacCarthy y tuvo que sufrir no sólo aislamiento y distanciamiento de sus colegas escritores, sino del mismo Hollywood para el que escribía sus guiones, donde actores como Ronald Reagan (que llegaría incluso a presidente) o directores con talento como Elia Kazán se encargaron de denunciar a innumerables intelectuales progresistas al cobijo de una supuesta infiltración comunista.

Sin embargo, “La gran venganza” (buen título para una obra de teatro) de Arthur Miller fue escribir la segunda de sus monumentales obras, Las brujas de Salem, en 1953, una lucida obra de arte en la que queda patente su actitud de compromiso social antifascista, que lo lleva a denunciar la cacería de brujas de los años 50 en Estados Unidos, años de ejecución de los esposos Rosenberg (judíos también), acusados de ser los espías que entregaron los secretos de la bomba atómica a los rusos rojos (en aquella época “los malos” de la película y aliados del Gran Satán).

Hay otras obras bellísimas de Arthur Miller como Después de la caída, Todos eran mis hijos y sobre todo Panorama desde el puente, obras donde Miller escarba los mundos subterráneos de la condición humana, y esto con un lenguaje impecable, sin caer en el trasnochado papel del escritor frustrado, resentido o asocial.

Miller es por el contrario dinamita pura. Y esto no sólo en la literatura. Hay muchos que soñamos con darle la mano al gran dramaturgo del Siglo XX no sólo porque esas manos escribieron las obras maestras arriba señaladas, sino porque esas mismas manos tocaron, acariciaron y disfrutaron por más de cinco años el voluptuoso cuerpo de Marilyn Monroe, el símbolo de la vitalidad por excelencia, con quien estuvo casado entre 1956 y 1961.

Por ello, la concesión del premio Príncipe de Asturias de las Letras al gran dramaturgo norteamericano en España viene a hacer justicia a un artista que siempre fue fiel a sus ideas y su escritura y quien, pese a las adversidades del destino, las acusaciones de recalcitrantes anticomunistas, como el juez MacCarthy, o Ronald Reagan, no desertó ni al campo enemigo ni a su vocación. Al contrario, es un dramaturgo que en cada una de sus obras —como en la recientemente reestrenada comedia en Broadway, Nueva York, El hombre que tuvo toda la suerte del mundo y en su última obra The resurrection blues, una sátira divertida e injuriosa del mundo actual— se adentra en los conflictos y angustias de los seres humanos de siglos XX y XXI, y al hacerlo toca y remueve valores eternos, esos mismos que nutren los clásicos de todos los tiempos.

En otoño próximo recibirá de manos del actual príncipe de Asturias, Felipe, en Oviedo, España, el distinguido galardón. Mientras tanto, el gran teatro del mundo sigue su función, y no sólo a nivel literario. Respecto a Bush Jr., Arthur Miller, por aquello de no enterrar su tradición progresista y cultivar su leyenda iconoclasta, opinó: “Me preocupa mucho lo que está haciendo este presidente con las libertades civiles y el medio ambiente en los EU. Como actor, Bush ha ganado aplomo y resonancia, pero como presidente discrepo de muchas de sus decisiones”.

David Hernández escribe desde Alemania, tiene un doctorado en Filología por la U
niversidad de Berlín

 
 
 
 
 
 
 
 

 

 

 

 

   
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