Cultural
Arthur Miller:
Príncipe de Asturias en Letras 2002
- por
David Hernández
Para
aquellos que llegamos tarde al Siglo XX, Arthur Miller
representó no sólo el destructor del sueño americano, sino
también al desacralizador del mismo. Dos de sus grandes
obras bastan para convertirlo en un clásico viviente. En
Muerte de un viajante se narra la terrible historia de Willy
Loman, un viajante incapaz de vender algo, ni tan siquiera
sus fracasos, y que representa como nadie la tragedia del
hombre moderno, “esa cucaracha atiborrada de egoísmo y sed
vana de triunfar en la vida”, que intenta enmascararse tras
la futilidad de una descafeinada clase media.
Mal andamos en este mundo si aquella generación que Arthur
Miller retrató en Muerte de un viajante “se ha transmutado y
resucitado corregida y políticamente más correcta” en el
mundo actual, bajo las nuevas condiciones de “la guerra
contra el mal”, liderada por la hiperpotencia del Norte.
Arthur Miller, hijo de judíos vieneses llegados a Brooklyn,
Nueva York, a principios del Siglo XX, supo como el que más
recoger esa riquísima tradición cultural judía centroeuropea
y darle continuidad en el teatro. Nacido en 1915, Muerte de
un viajante ganó el premio Pulitzer en 1949. En los años 50
Miller fue víctima de la cacería de brujas organizada por
los fascistas del juez MacCarthy y tuvo que sufrir no sólo
aislamiento y distanciamiento de sus colegas escritores,
sino del mismo Hollywood para el que escribía sus guiones,
donde actores como Ronald Reagan (que llegaría incluso a
presidente) o directores con talento como Elia Kazán se
encargaron de denunciar a innumerables intelectuales
progresistas al cobijo de una supuesta infiltración
comunista.
Sin embargo, “La gran venganza” (buen título para una obra
de teatro) de Arthur Miller fue escribir la segunda de sus
monumentales obras, Las brujas de Salem, en 1953, una lucida
obra de arte en la que queda patente su actitud de
compromiso social antifascista, que lo lleva a denunciar la
cacería de brujas de los años 50 en Estados Unidos, años de
ejecución de los esposos Rosenberg (judíos también),
acusados de ser los espías que entregaron los secretos de la
bomba atómica a los rusos rojos (en aquella época “los
malos” de la película y aliados del Gran Satán).
Hay otras obras bellísimas de Arthur Miller como Después de
la caída, Todos eran mis hijos y sobre todo Panorama desde
el puente, obras donde Miller escarba los mundos
subterráneos de la condición humana, y esto con un lenguaje
impecable, sin caer en el trasnochado papel del escritor
frustrado, resentido o asocial.
Miller es por el contrario dinamita pura. Y esto no sólo en
la literatura. Hay muchos que soñamos con darle la mano al
gran dramaturgo del Siglo XX no sólo porque esas manos
escribieron las obras maestras arriba señaladas, sino porque
esas mismas manos tocaron, acariciaron y disfrutaron por más
de cinco años el voluptuoso cuerpo de Marilyn Monroe, el
símbolo de la vitalidad por excelencia, con quien estuvo
casado entre 1956 y 1961.
Por ello, la concesión del premio Príncipe de Asturias de
las Letras al gran dramaturgo norteamericano en España viene
a hacer justicia a un artista que siempre fue fiel a sus
ideas y su escritura y quien, pese a las adversidades del
destino, las acusaciones de recalcitrantes anticomunistas,
como el juez MacCarthy, o Ronald Reagan, no desertó ni al
campo enemigo ni a su vocación. Al contrario, es un
dramaturgo que en cada una de sus obras —como en la
recientemente reestrenada comedia en Broadway, Nueva York,
El hombre que tuvo toda la suerte del mundo y en su última
obra The resurrection blues, una sátira divertida e
injuriosa del mundo actual— se adentra en los conflictos y
angustias de los seres humanos de siglos XX y XXI, y al
hacerlo toca y remueve valores eternos, esos mismos que
nutren los clásicos de todos los tiempos.
En otoño próximo recibirá de manos del actual príncipe de
Asturias, Felipe, en Oviedo, España, el distinguido
galardón. Mientras tanto, el gran teatro del mundo sigue su
función, y no sólo a nivel literario. Respecto a Bush Jr.,
Arthur Miller, por aquello de no enterrar su tradición
progresista y cultivar su leyenda iconoclasta, opinó: “Me
preocupa mucho lo que está haciendo este presidente con las
libertades civiles y el medio ambiente en los EU. Como
actor, Bush ha ganado aplomo y resonancia, pero como
presidente discrepo de muchas de sus decisiones”.
David Hernández escribe desde Alemania, tiene un doctorado
en Filología por la U
niversidad de Berlín |