Cultural
El
Caribe somos todos
- por
Sergio Ramírez Mercado
Sergio Ramírez escribió este
artículo en agosto del año pasado, pocas horas después de la
muerte del escritor brasilero Jorge Amado. Sus valiosos
conceptos sobre el escritor brasilero, así como los vertidos
en torno a la cultura del Caribe nos ha movido a
reproducirlo ahora para conocimiento de nuestros lectores.
Esta mañana he recordado algo clave que olvidé decir a la
periodista de la Franje Pres., que me llamó a mi casa de
Managua para pedirme que le diera mi opinión sobre Jorge
Amado, quien acababa de morir en Salvador, la populosa
ciudad del estado de Bahía en el nordeste del Brasil, donde
siempre vivió. Un escritor amado por la gente, se lo dijo, y
que sería difícil repartir sus cenizas entre todos los que
leyéndolo lo amaron, y a quienes él, escribiendo para todos
ellos, amó, se lo dije también. Un escritor acusado de ser
demasiado popular, vaya acusación.
Pero olvidé decirle a la periodista que Jorge Amado es un
escritor del Caribe. Salvador da al Atlántico abierto, lejos
del mar Caribe, será el primer reparo del lector que conoce
de geografía, y es cierto. Pero siempre diré que el Caribe,
más que un concepto geográfico, es un concepto cultural. Un
concepto de una enorme variedad, y un enorme poder.
No hay una novela más caribeña que Gabriela, clavo y canela,
y sus personajes bien pudieran vivir en La Habana, o en
Cartagena, o en Santo Domingo, o en Maracaibo, igual que los
personajes de Doña Flor y sus dos maridos. Los ruidos
nutridos de la calle, el olor del salitre, del sudor y de
las frituras, el alboroto de situaciones, el desenfado
provocador de las mujeres que pueblan los escenarios
calurosos de los mediodías encendidos, esos caballeros tan
compuestos y presuntuosos que se pierden en los meandros de
la noche. Y todo aquel mundo de pobres de solemnidad de las
barriadas erizadas de antenas de televisión, expulsados de
las campiñas arruinadas, se repite por todo el Caribe en sus
miserias y colores, balcones decrépitos llenos de tiestos de
flores, azoteas donde flamea la ropa tendida, y las voces de
soprano de las mujeres que se cruzan de una a otra ventana.
No es el falso Brasil de Carmen Miranda bailando con un
adorno de frutas tropicales de cera en la cabeza, o el de
Pepe Carioca, el muñeco de tinta de Walt Disney creado en
aquellos años felices cuarenta como el emblema del buen
vecino latinoamericano bien portado, sino el Brasil caribeño
de Jorge Amado: negros, mestizos, blancos europeos, chinos,
hindúes, en formidable mescolanza. El mismo universo
abigarrado de El siglo de las luces de Alejo Carpentier, o
el de Paradiso de José Lezama Lima, donde las criadas citan
a Platón. En ese universo para siempre mágico los muertos
regresan de sus tumbas porque no dejan de penar por el
cuerpo de su mujer desnudándose en la penumbra del aposento
de celosías cerradas, como en Doña Flor.
Pero si llevamos un poco más lejos esta tesis peligrosa,
Carlos Gardel, el morocho del abasto, vendría a ser también
caribeño, si es que el tango sentimental viene desde el
candombe que a su vez nace en el recóndito retumbo de los
tambores africanos, que engendraron también el danzón,
tambores africanos y contradanza francesa, que de Puerto
Príncipe pasó a La Habana y de allí a Veracruz. Como es
también caribeño, por supuesto, Agustín Lara por jarocho
veracruzano, junto con Toña la Negra, y Carlos Fuentes, como
queda patente en su espléndida novela Los años con Laura
Díaz.
Y el mae de santo, o el pai de santo, las santerías bahianas
de Jorge Amado, santerías de negros, son las mismas de los
altares cubanos de Regla consagrados a los santos yorubas
donde comparece en busca de protección -una limpia de malos
espíritus- el mismísimo Enrico Caruso después que una bomba
que descalabra el teatro habanero donde canta Aida lo hace
huir a la calle, según está debidamente contado en la novela
Como un mensajero tuyo de la puertorriqueña Mayra Santos.
Un territorio que está donde los vientos de la pasión nos
lleven, Salvador en el Atlántico o Barranquilla en el
Pacífico, donde Julio Jaramillo fue enterrado en medio de un
carnaval fúnebre al que asistió una multitud de cien mil
personas, un espectáculo que sólo en tierras estremecidas
por los fragores de la exageración y el desenfreno se puede
ver. El Caribe que está también en la costa del Pacífico de
Centroamérica, entre volcanes que derraman lava ardiente, y
donde nació Rubén Darío, un caribeño de pluma debajo del
sombrero igual que Gabriel García Márquez. León de
Nicaragua, o Cartagena de Indias, qué más da.
Las fronteras del Caribe son móviles, están donde está ese
mestizaje creativo que se multiplica tanto en islas como en
tierra firme. Las islas de Derek Walcott que la golondrina
negra se está llevando siempre de regreso hacia Africa. Es
un territorio cultural hecho con la música más rítmica y más
sentimental del mundo, con las religiones sincréticas que
visten a los santos africanos con mantos y coronas de santos
católicos. Un territorio que es una invención constante de
la literatura, de las lenguas, de las artes culinarias. En
ese territorio puede ser que llueva café en el campo, como
canta el dominicano Juan Luis Guerra. Y también cocina allí,
desde una mecedora, aquel viejo sureño Teófilo McCaslin,
personaje de Desciende, Moisés que bien podría ser un
Buendía, porque también William Faulkner es un escritor del
Caribe: Yoknapatawpha por el norte, Macondo por el sur, el
Mississippi y el Magdalena ríos desbordados del Caribe, como
el Orinoco de Rómulo Gallegos.
Es el territorio mágico de fulgores revueltos desde donde
Jorge Amado ha partido, sólo para dar un paseo hasta la
esquina y regresar, silbando la misma tonada.
Masatepe, agosto 2001. |