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Edición No. 069  [Miércoles Agosto 21, 2002]

 

 

 
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Nota Editorial
Nuestras Mariítas

Las últimas noticias sobre las siamesas guatemaltecas unidas por su cabecita que fueron separadas en un Hospital de California, dan cuenta que evolucionan satisfactoriamente y han comenzado a respirar por cuenta propia.

El caso de las pequeñas ha mantenido en vilo a todo el mundo, especialmente a los hispanos de América Latina y a los que vivimos en Estados Unidos. Todos hemos seguido atentamente los pormenores de la extraordinaria historia de las Mariítas, conmovidos por el tremendo –y por cierto, inusual- despliegue de compasión que ellas han despertado.

Gracias a esa cadena de solidaridad mundial, iniciada por la organización sin fines de lucro Healing the Children (Curando a los niños), las niñas pudieron llegar a Estados Unidos y ser sometidas a una complicada operación de 20 horas que realizó un equipo de más de 100 médicos y especialistas, que hicieron la intervención sin cobrar nada.

La ternura que despertó la historia, tiene que ver sin duda, con el origen humilde de las Mariítas. Sus padres, campesinos pobres de Guatemala jamás hubieran podido hacer frente a la operación, valuada en más de 1,5 millones de dólares. Seguramente, tampoco hubiera sido fácil para ellos vivir el destino singular de sus hijas, en medio de las desgracias económicas y las limitaciones que tienen sus propias vidas.

El desprendimiento de los médicos, el llanto y la genuina emoción que varios de ellos expresaron cuando concluyó exitosamente la maratónica intervención, nos ha reconciliado con el género humano y de paso con la profesión médica, que en este país ha dejado de ser hace mucho tiempo un apostolado para convertirse en un lucrativo negocio.

La historia de las Mariítas nos ha colmado de amor y también de orgullo, porque fue un médico hispano, el neurocirujano argentino Jorge Lazareff, quien encabezó la delicada operación. Eso es un ejemplo de lo valioso que puede ser el aporte de los profesionales latinoamericanos tanto en lo técnico como en lo humano. Es necesario que los profesionales latinos se integren a posiciones de importancia, porque es desde allí que pueden ayudar a los nuestros.

El caso de las Mariítas nos mostró, una vez más, las abismales diferencias que existen entre la medicina de los países desarrollados y la del Tercer Mundo. Los competentes médicos guatemaltecos que trajeron al mundo a las siamesas, tras una operación tremendamente difícil, realizaron también una proeza. Pero ellos no contaron con los adelantos técnicos necesarios para poder separarlas.

Entre una y otra medicina, lo que subyace es la íntima relación que hay entre salud y pobreza. No habrá posibilidad de salvar esas distancias mientras no se superen los desastres económicos que aflijen a nuestros países en Latino-américa. El desarrollo tecnológico y científico está indisolublemente ligado a las economías saludables y productivas.

¿Qué pasará ahora con las Mariítas? Esa es otra historia. Todos quisiéramos que ellas no tengan que regresar al mundo de pobreza del que salieron. Su padre, un empaquetador de bananas, de apenas 20 años, ha pedido ayuda para enfrentar el difícil futuro que espera a las niñas. Las pequeñas necesitarán de nuevas operaciones en los próximos años para poder alcanzar una completa normalidad. Esperemos que la cadena de solidaridad continúe funcionando y las Mariítas puedan tener no sólo un reestablecimiento completo, sino también educación y salud y un porvenir mejor que el de sus padres.

Seres humanos misericordiosos transformaron el destino cruel de las Mariítas en un milagro. Tiene que haber otros que completen ahora esa obra de amor.

 
 
 
 
 
 
 
 

 

 

 

 

   
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