Nota Editorial
Nuestras Mariítas
Las últimas noticias sobre las
siamesas guatemaltecas unidas por su cabecita que fueron
separadas en un Hospital de California, dan cuenta que
evolucionan satisfactoriamente y han comenzado a respirar
por cuenta propia.
El caso de las pequeñas ha mantenido en vilo a todo el
mundo, especialmente a los hispanos de América Latina y a
los que vivimos en Estados Unidos. Todos hemos seguido
atentamente los pormenores de la extraordinaria historia de
las Mariítas, conmovidos por el tremendo –y por cierto,
inusual- despliegue de compasión que ellas han despertado.
Gracias a esa cadena de solidaridad mundial, iniciada por la
organización sin fines de lucro Healing the Children
(Curando a los niños), las niñas pudieron llegar a Estados
Unidos y ser sometidas a una complicada operación de 20
horas que realizó un equipo de más de 100 médicos y
especialistas, que hicieron la intervención sin cobrar nada.
La ternura que despertó la historia, tiene que ver sin duda,
con el origen humilde de las Mariítas. Sus padres,
campesinos pobres de Guatemala jamás hubieran podido hacer
frente a la operación, valuada en más de 1,5 millones de
dólares. Seguramente, tampoco hubiera sido fácil para ellos
vivir el destino singular de sus hijas, en medio de las
desgracias económicas y las limitaciones que tienen sus
propias vidas.
El desprendimiento de los médicos, el llanto y la genuina
emoción que varios de ellos expresaron cuando concluyó
exitosamente la maratónica intervención, nos ha reconciliado
con el género humano y de paso con la profesión médica, que
en este país ha dejado de ser hace mucho tiempo un
apostolado para convertirse en un lucrativo negocio.
La historia de las Mariítas nos ha colmado de amor y también
de orgullo, porque fue un médico hispano, el neurocirujano
argentino Jorge Lazareff, quien encabezó la delicada
operación. Eso es un ejemplo de lo valioso que puede ser el
aporte de los profesionales latinoamericanos tanto en lo
técnico como en lo humano. Es necesario que los
profesionales latinos se integren a posiciones de
importancia, porque es desde allí que pueden ayudar a los
nuestros.
El caso de las Mariítas nos mostró, una vez más, las
abismales diferencias que existen entre la medicina de los
países desarrollados y la del Tercer Mundo. Los competentes
médicos guatemaltecos que trajeron al mundo a las siamesas,
tras una operación tremendamente difícil, realizaron también
una proeza. Pero ellos no contaron con los adelantos
técnicos necesarios para poder separarlas.
Entre una y otra medicina, lo que subyace es la íntima
relación que hay entre salud y pobreza. No habrá posibilidad
de salvar esas distancias mientras no se superen los
desastres económicos que aflijen a nuestros países en
Latino-américa. El desarrollo tecnológico y científico está
indisolublemente ligado a las economías saludables y
productivas.
¿Qué pasará ahora con las Mariítas? Esa es otra historia.
Todos quisiéramos que ellas no tengan que regresar al mundo
de pobreza del que salieron. Su padre, un empaquetador de
bananas, de apenas 20 años, ha pedido ayuda para enfrentar
el difícil futuro que espera a las niñas. Las pequeñas
necesitarán de nuevas operaciones en los próximos años para
poder alcanzar una completa normalidad. Esperemos que la
cadena de solidaridad continúe funcionando y las Mariítas
puedan tener no sólo un reestablecimiento completo, sino
también educación y salud y un porvenir mejor que el de sus
padres.
Seres humanos misericordiosos transformaron el destino cruel
de las Mariítas en un milagro. Tiene que haber otros que
completen ahora esa obra de amor. |