Opinión
La penitencia de Andrés
Pastrana
- por Héctor Mauricio López
Bonilla
Marcada por una de las crisis de violencia más profundas,
prácticamente sin parangón en la historia de América Latina,
Colombia ha cumplido una vez más con su compromiso de llevar
a cabo el relevo democrático de sus autoridades. Preguntarse
cómo es que eso ha sido posible, casi no tiene sentido. El
problema es sumamente complejo; las soluciones no se
avizoran en corto tiempo.
Ante las cifras, que sin duda pondrían de rodillas a
cualquiera, sólo se puede pensar que ese bello país subsiste
porque su pueblo ha roto todos los esquemas en la lucha
diaria por sobrevivir. La evidencia apunta a indicar que la
Patria de Bolívar vive su más grande encrucijada, merced a
que su institucionalidad poco puede mantenerse en pie.
Parece mentira que eso suceda ante la miríada de factores de
orden estratégico con que cuenta esa nación. Su posición
geográfica, el legado histórico de libertad, su inmenso
capital social, y, por si fuera poco, inmensurables recursos
naturales. Sin embargo, el país se desangra en todo sentido
como consecuencia de una violencia demencial provocada por
criminales de toda calaña.
A estas alturas, ya no importa si el dolor que se vive es
causado por el ejército de delincuentes disfrazados de
guerrilleros, que dirige el dinosaurio viviente apodado
Tirofijo. Como tampoco, si son los paramilitares,
narcotraficantes, policías corruptos o mafias del crimen
organizado.
El nivel de aberración es tal que se ve registrado en las
desesperanzadoras estadísticas: Al año se reportan casi 4
mil secuestros, 25 mil muertes violentas y se calcula 1
millón y medio de desplazados. El destierro es para aquellos
que pueden huir para proteger sus vidas y patrimonio. Pero
la tragedia mayor aún no ha sido bien dimensionada.
De cierto es que para un desafío de esa envergadura se
necesita un liderazgo fuerte, firme y visionario, con unidad
de criterio para convocar a un esfuerzo supremo para salvar
a la nación de la debacle total.
Pero eso es lo que precisamente ha estado ausente del
escenario. No porque la clase política sea incapaz, sino
porque también ha sido diezmada por la violencia irracional.
De esa cuenta, se quedaron en el camino prominentes
políticos que ofrendaron su vida por tratar de poner fin a
esa violencia. Unos al apartarse de las líneas partidistas
tradicionales; otros al dejar la lucha armada
revolucionaria. Rodrigo Lara Bonilla, Luis Carlos Galán o
Carlos Pizarro son tan sólo algunos de esos nombres. No cabe
duda que esa circunstancia agrava las condiciones de
desasosiego, desesperanza e incertidumbre que ahora vive el
país.
Ante ese panorama, la peor tragedia se traduce ahora, en el
inmenso fiasco que deja tras de sí el presidente saliente,
Andrés Pastrana Borrero. Pastrana ha sido un verdadero
fiasco como gobernante.
Razón tenían los malos agoreros, cuando advertían que el ego
de quien se inició como presentador de televisión era más
grande que su sentido del deber para con su país. Por eso se
sacrificó la gestión política en aras de cumplir con la
obsesión cosmética por el buen “look” narcisista. Colombia
esperaba por un buen presidente, urgía un gran estadista,
pero no se merecía un “showman” que se interesara más por su
imagen personal que por el dolor de su pueblo.
Si no, que lo digan sus 57 viajes al exterior, capitalizando
242 de su mandato fuera del país, a un costo de 1,680
millones de pesos. Mientras tanto, la mayor banda criminal
de Colombia representada por las FARC se reorganizaba,
aumentaba su capacidad de combate, retenía secuestrados,
ocultaba los cargamentos de cocaína, concentraba vehículos
robados e imponía su ley. Todo ello, en los 42 mil
kilómetros cuadrados que Pastrana accedió concederles
durante su ingenuo proceso de paz. En ese sentido, la
herencia no deja de ser funesta.
En consecuencia, Andrés Pastrana deberá cumplir con una
penitencia cual más dura: Enfrentar el señalamiento de los
miles de compatriotas que le recriminarán su mezquino
proceder. ¿De qué podrá hablar cuando dicte conferencias?
Probablemente de cómo se deben presentar los políticos ante
las cámaras, para cumplir con sus banalidades. Nada más. |