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Edición No. 069  [Miércoles Agosto 21, 2002]

 

 

 
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Opinión
La penitencia de Andrés Pastrana
 - por Héctor Mauricio López Bonilla

Marcada por una de las crisis de violencia más profundas, prácticamente sin parangón en la historia de América Latina, Colombia ha cumplido una vez más con su compromiso de llevar a cabo el relevo democrático de sus autoridades. Preguntarse cómo es que eso ha sido posible, casi no tiene sentido. El problema es sumamente complejo; las soluciones no se avizoran en corto tiempo.

Ante las cifras, que sin duda pondrían de rodillas a cualquiera, sólo se puede pensar que ese bello país subsiste porque su pueblo ha roto todos los esquemas en la lucha diaria por sobrevivir. La evidencia apunta a indicar que la Patria de Bolívar vive su más grande encrucijada, merced a que su institucionalidad poco puede mantenerse en pie.

Parece mentira que eso suceda ante la miríada de factores de orden estratégico con que cuenta esa nación. Su posición geográfica, el legado histórico de libertad, su inmenso capital social, y, por si fuera poco, inmensurables recursos naturales. Sin embargo, el país se desangra en todo sentido como consecuencia de una violencia demencial provocada por criminales de toda calaña.

A estas alturas, ya no importa si el dolor que se vive es causado por el ejército de delincuentes disfrazados de guerrilleros, que dirige el dinosaurio viviente apodado Tirofijo. Como tampoco, si son los paramilitares, narcotraficantes, policías corruptos o mafias del crimen organizado.

El nivel de aberración es tal que se ve registrado en las desesperanzadoras estadísticas: Al año se reportan casi 4 mil secuestros, 25 mil muertes violentas y se calcula 1 millón y medio de desplazados. El destierro es para aquellos que pueden huir para proteger sus vidas y patrimonio. Pero la tragedia mayor aún no ha sido bien dimensionada.

De cierto es que para un desafío de esa envergadura se necesita un liderazgo fuerte, firme y visionario, con unidad de criterio para convocar a un esfuerzo supremo para salvar a la nación de la debacle total.

Pero eso es lo que precisamente ha estado ausente del escenario. No porque la clase política sea incapaz, sino porque también ha sido diezmada por la violencia irracional.

De esa cuenta, se quedaron en el camino prominentes políticos que ofrendaron su vida por tratar de poner fin a esa violencia. Unos al apartarse de las líneas partidistas tradicionales; otros al dejar la lucha armada revolucionaria. Rodrigo Lara Bonilla, Luis Carlos Galán o Carlos Pizarro son tan sólo algunos de esos nombres. No cabe duda que esa circunstancia agrava las condiciones de desasosiego, desesperanza e incertidumbre que ahora vive el país.

Ante ese panorama, la peor tragedia se traduce ahora, en el inmenso fiasco que deja tras de sí el presidente saliente, Andrés Pastrana Borrero. Pastrana ha sido un verdadero fiasco como gobernante.

Razón tenían los malos agoreros, cuando advertían que el ego de quien se inició como presentador de televisión era más grande que su sentido del deber para con su país. Por eso se sacrificó la gestión política en aras de cumplir con la obsesión cosmética por el buen “look” narcisista. Colombia esperaba por un buen presidente, urgía un gran estadista, pero no se merecía un “showman” que se interesara más por su imagen personal que por el dolor de su pueblo.

Si no, que lo digan sus 57 viajes al exterior, capitalizando 242 de su mandato fuera del país, a un costo de 1,680 millones de pesos. Mientras tanto, la mayor banda criminal de Colombia representada por las FARC se reorganizaba, aumentaba su capacidad de combate, retenía secuestrados, ocultaba los cargamentos de cocaína, concentraba vehículos robados e imponía su ley. Todo ello, en los 42 mil kilómetros cuadrados que Pastrana accedió concederles durante su ingenuo proceso de paz. En ese sentido, la herencia no deja de ser funesta.

En consecuencia, Andrés Pastrana deberá cumplir con una penitencia cual más dura: Enfrentar el señalamiento de los miles de compatriotas que le recriminarán su mezquino proceder. ¿De qué podrá hablar cuando dicte conferencias? Probablemente de cómo se deben presentar los políticos ante las cámaras, para cumplir con sus banalidades. Nada más.

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