Cultural
Gabo, en mi levitacioón
El 10 de octubre la editorial
Mondadori pondrá a la venta Vivir para contarla, el primer
volumen de las muy esperadas memorias de Gabriel García
Márquez, ‘con seguridad, el escritor vivo más universal de
cuantos existen”.
‘Ruego a los que se aburran con mis palabras, y decidan
abandonar la sala, que no hagan ruido al salir, a fin de no
despertar a los que estén dormidos’. He oído a Gabriel
García Márquez pronunciar muchas veces esta recomendación,
que causa siempre la hilaridad y el entusiasmo de su
auditorio. Usó de ella en la clausura de un ciclo sobre la
cultura latinoamericana en Madrid, y la concurrencia
prorrumpió en ruidos de aplauso y carcajada. Pero un par de
fechas antes no fue así. Los mismos asistentes al mismo
curso protestaron con la misma sonoridad porque el premio
Nóbel más famoso de la literatura en castellano no se dignó
abrir boca en la inauguración de dicho seminario, pese a que
se sentaba en la presidencia.
A García Márquez no le gusta hablar en público. No da
conferencias, no pronuncia discursos, rehuye los homenajes.
Cuando la Georgetown University de Washington organizó una
ventolera de celebraciones para conmemorar el septuagésimo
aniversario del escritor y el quincuagésimo de la
publicación de su primer cuento, Gabo, como le llaman ya
universalmente, no compareció en la sala, atestada de
autoridades académicas, de alumnos y de visitantes, en la
que departimos unos cuantos amigos suyos. A cambio, prodigó
sus entrevistas y discusiones con los estudiantes, cosa que
le encanta.
Una vez le llamé para invitarle a la Escuela de Periodismo
de El País. ‘¿Ante cuántas personas estaré?’, me preguntó.
Treinta o cuarenta. ‘Ya sabes que con estudiantes de
periodismo siempre estoy dispuesto’. Y les habló durante más
de dos horas. Cuando el compromiso es mucho, o el acto le
interesa por la razón que sea, si no tiene otro remedio que
dirigirse al público, prefiere hacerlo leyendo un cuento o
un capítulo de su próximo libro. Las excepciones a esta
norma son muy pocas, y yo sólo recuerdo una en los años
recientes: dictó un breve discurso en la inauguración del
Congreso de la Lengua Española, en Zacatecas, ante el
presidente Zedillo, de México, y los Reyes de España.
Aquella intervención, en la que insistió acerca de los
‘terrores tempranos’ que la ortografía produce en los niños,
causó no poco revuelo en muchas regiones de habla hispana, a
comenzar por la propia España, debido a las críticas que el
escritor hizo de la probable arbitrariedad gramatical de
nuestra lengua. Pero los que estábamos presentes no nos
sentimos especialmente agredidos, y sí muy reconfortados,
por la templada y hermosa provocación del texto. Después
invité a Gabo a visitar la Real Academia Española, que se
había visto envuelta en la polémica, y mis colegas en la que
horrísonamente se llama docta casa tuvieron oportunidad de
conciliar su preterida indignación con la sabiduría y el
encanto personal que se desprenden de la figura de Gabriel
García Márquez.
Cuento estas anécdotas porque son ilustrativas de algunos de
los rasgos para mí más definitorios del personaje: su
timidez y, lo que es más raro descubrir en un mito viviente
de la literatura de todos los tiempos, su bondad. También su
sentido del humor, que le faculta para defenderse de la
enorme pesadumbre de la fama y acercarle a discernir, como
Kundera, la imperceptible levedad del ser. Gabo es bueno en
el sentido machadiano de la palabra, lo que le permite
también ser cruel con los tontos, los caraduras y los
paniaguados. Es bueno y fiel, sobre todo, para con sus
amigos, que son muchos y muy variados, pues es quizás el
sentido de la amistad, aun por encima del amor, el que más
le distingue y el que mejor cultiva. ‘Escribo para que me
quieran mis amigos’, ha declarado muchas veces, y los amigos
nos disponemos a quererle más y más para que no deje nunca
de escribir.
Ninguna de estas cosas serían, probablemente, muy
significativas si no fuera porque se refieren al que es, con
seguridad, el escritor vivo más universal de cuantos
existen, sin distinción de lenguas ni culturas. Se trata de
un auténtico mito viviente, y no creo que haya existido
nunca en la historia de las letras un autor que haya podido
disfrutar, hasta los límites insospechados de su caso, del
aplauso de la crítica y de la popularidad inmensa entre el
pueblo llano, al menos el pueblo llano lector. Tampoco creo
que haya hoy en el mundo un escritor más difundido, y pienso
que resultaría difícil encontrar una librería, en cualquier
ciudad y de cualquier continente, que no albergue en sus
estantes al menos un ejemplar de alguna obra de García
Márquez. Treinta millones de volúmenes vendidos de Cien años
de soledad hablan por sí solos de la inmensa aceptación que
esta obra imperecedera de las letras ha merecido entre
nuestros contemporáneos.
Gabo es un empedernido lector -aunque no presuma de ello
tanto como acostumbraba Borges-, un conversador implacable,
un buen comedor, cercano a la glotonería, pese a que la edad
y la salud le obligan ahora al comedimiento, y un viajero
impenitente, capaz de retar y vencer su confesado miedo a
volar. Antes lo aborrecía. Ahora parece acostumbrado a ese
hecho singular de los viajes aéreos, en los que ‘el alma
llega después que el cuerpo’. Es también, para regocijo de
muchos, un periodista no arrepentido. A sus setenta y pico
años, con todos los honores, premios y fama a sus espaldas
que imaginarse puedan, volvió a sus orígenes, trabajando
como entrevistador y comentarista para la revista Cambio,
que él mismo contribuye a financiar. Lo hizo con una
dedicación, un empeño y un entusiasmo difíciles de encontrar
en los más jóvenes aspirantes al oficio de reportero. ‘El
periodismo siempre fue un género de la literatura’, afirma
sin ambages ante quien le interroga sobre estas cuestiones.
Y dedica su dinero, su tiempo, sus influencias y su
magisterio a formar nuevas generaciones de profesionales: en
Madrid, en Cartagena, en La Habana, allí donde se le reclama
para ello.
Su gran pasión artística, al margen de la literatura, es el
cine. De joven, aprovechaba los días libres que le daban en
El Espectador para verse tres y hasta cuatro películas de un
tirón. Guionista, maestro de guionistas, crítico, animador
de festivales, jurado en una buena parte de ellos, García
Márquez ha visto prolongada en su primogénito la dicha de
dedicarse al séptimo arte. Quizás purga con ello la mínima
desilusión que debe producirle el no haberse entregado al
mundo del celuloide con la misma intensidad que a la
escritura.
Pero lo mejor de Gabo es su optimismo, tan raro en quienes
disfrutan del genio creador. Lejos de la imagen del
intelectual maldito, aunque los comienzos de su lucha fueran
azarosos hasta percibir la sombra del hambre, ha vivido
arropado por el triunfo y, pese a ello (o quizá gracias a
ello), derrocha tranquilidad en derredor suyo. No podría ser
así, desde luego, sin la luminosa presencia de su
acompañante de siempre, su novia desde la adolescencia, su
esposa desde hace más de cuatro décadas, Mercedes Barcha,
una de esas mujeres que son guapas por dentro y por fuera a
la vez. Mercedes le guardó la ausencia durante años cuando
Gabo marchó a Europa a estudiar cine y a desempeñarse como
cronista, para acabar ganándose la vida en los cafetines del
Barrio Latino de París tarareando a la guitarra boleros de
amor. Un día que Gabriel García Márquez estaba tomando un
refresco con unos amigos en una terraza de Caracas, consultó
el reloj y se levantó apresurado, disculpándose: tenía que
irse o de otro modo perdería el avión para Colombia, lujo
que no se podía permitir, pues marchaba allí para casarse.
La sorpresa fue máxima. A nadie de su entorno le había
hablado de Mercedes, aquella joven bellísima, delgada y
morena, de mirada intensa y lengua acerada con la que al
poco tiempo contraería matrimonio en Barranquilla. Es
difícil saber cómo hubiera sido la obra de este escritor si
no hubiera estado animada desde el principio por el soplo
mineral, terco y profundo de esa mujer plena de
convicciones, desbordada por una ternura que oculta
deliberadamente, como si temiera que al descubrirla se
vinieran abajo la entraña de su carácter y la raíz de su
fortaleza.
García Márquez es un mimado de los dioses. Amenazado por la
enfermedad, la ha vencido repetidas veces. De esa
experiencia amarga floreció una personalidad en la que el
lado humano venció definitivamente las ínfulas posibles del
escritor laureado. Hasta disfruta del milagroso don de no
tener enemigos, o de que sean los justos, a fin de que le
sirvan de vacuna contra cualquier adversidad de semejante
género, pues la palabra odio no cabe en su vocabulario. A
sus 75 años sigue en plena producción literaria. En los
próximos días verá la luz el primer tomo de sus memorias y
ya prepara una trilogía de novelas. Conviene que nadie se
llame a engaño y piense que, por escribir su autobiografía,
Gabo rinde la pluma ante el desafío de otros empeños.
Hace un cuarto de siglo que disfruto del privilegio de su
amistad, y ése es uno de los regalos que me ha deparado la
vida. Ésta es mejor, más fructífera y amable, cuando se
tiene la oportunidad de visitar el laberinto del genio.
Gabriel García Márquez me la ha brindado con una generosidad
y un afecto imposibles de emular. A veces pienso que,
gracias a sus enseñanzas, cualquier día me tomaré un cuenco
de chocolate caliente y yo mismo, como el famoso cura del
cuento, me pondré a levitar. |