Opinión
Cómo decir nó a Bush
- por Jorge Ramos
Los dos congresistas hispanos
con los que platiqué estaban muy preocupados. Son del
Partido Demócrata pero prefiero no identificarlos para no
quemarlos. No sabían cómo decirle “no” al presidente George
W. Bush y a sus planes de atacar a Irak. Y si se enfrentan
públicamente con Bush podrían perder su trabajo. “Es muy
difícil en estos momentos mantener el balance”, me dijo uno
de ellos.
Los 435 congresistas y 100 senadores están muy presionados
por la Casa Blanca para apoyar, sin reservas, un ataque
norteamericano contra Saddam Hussein. Y la verdad es que
muchos congresistas todavía no están convencidos de que
hacerle la guerra a Irak sea la mejor opción. Sin embargo,
si no apoyan al presidente, sus contrincantes políticos
pudieran acusarlos de ser poco patriotas y correrían el
riesgo de perder sus puestos en las próximas elecciones para
el Congreso del cinco de noviembre. ¿Cómo le decimos “no” a
Bush? se preguntaba atormentado el otro congresista, ¿Cómo?
Las dudas de estos —y otros congresistas— son legítimas. Por
principio, nadie con un poquito de credibilidad ha podido
vincular a Saddam Hussein con los actos terroristas del 11
de septiembre del 2001. Los 19 terroristas eran de Arabia
Saudita, Yemen, Afganistán y Pakistán; no de Irak. Al mismo
tiempo, todavía no hay fotografías o pruebas contundentes
que demuestren que, efectivamente, Irak está tratando de
construir bombas nucleares. Saddam Hussein no es un
angelito. Eso lo sabemos todos. ¿Pero acaso la guerra es la
única opción?
Una alternativa con la que empiezan a jugar varios
congresistas es la de “inspecciones coercitivas”. Eso
significa que los inspectores de Naciones Unidas estarían
apoyados por un sólido equipo de militares internacionales
para protegerlos y darles acceso a cualquier parte de Irak.
Además, las familias de algunos de los informantes iraquíes
y empleados de las fábricas de armamento serían sacadas del
país como precaución. En el pasado, Saddam Hussein ha
filmado las violaciones a la esposa e hijos de informantes
iraquíes y luego les ha enviado los videos a quienes dieron
pistas o datos importantes a los inspectores de la ONU.
Estas “inspecciones coercitivas” tienen la ventaja de evitar
que una guerra se extendiera a todo el Medio Oriente aunque,
desde luego, tienen el inconveniente de que Saddam Hussein
ya ha tenido mucho tiempo para esconder hasta a su abuelita.
Al final de cuentas, por el enorme temor que hay entre
muchos congresistas de decirle “no” a Bush y sonar
antiame-ricanos, es muy probable que el presidente
estadounidense se salga con la suya. Todo esto surge, por
supuesto, como una reacción a los actos terroristas del
9/11. Bush no puede darse el lujo político de que su
gobierno, otra vez, sea sorprendido como ese martes de sol,
aviones, torres y muerte.
Tan preocupado está Bush que ha cambiado radicalmente la
política exterior norteamericana para establecer una nueva
doctrina militar basada en “ataques preventivos” contra
enemigos de los norteamericanos. O sea, atacar antes de ser
atacado. Pero sería muy ingenuo pensar que esto se hace,
exclusivamente, por cuestiones de seguridad nacional.
Todo es política. Y la declarada guerra con el terrorismo y
la posible intervención militar contra Irak también tienen
su ingrediente político. A Bush y al partido Republicano les
interesa solidificar su mayoría en la Cámara de
Representantes y recuperarla en el Senado. No hay nada,
absolutamente nada, que genere más votos que una guerra.
¿Qué político va a atreverse a cuestionar públicamente al
presidente —al Comandante en Jefe del Ejército— una vez que
empiecen a movilizarse tropas estadounidenses hacia Irak?
¿Quién?
La explotación del patriotismo es tan peligrosa en Irak como
en Estados Unidos. Cuando se aprietan los quisquillosos
botones del nacionalismo se corre el riesgo de tomar
decisiones apresuradas, poco racionales e inmaduras. Eso es
lo que algunos congresistas y líderes de opinión me han
dicho en privado. Pero a la hora de la verdad, esas
preocupaciones expresadas off the record casi nunca salen al
aire.
Al despedirme de los dos congresistas latinos con quienes
conversé, sentí que les remordía la conciencia la
posibilidad de votar a favor de un ataque militar contra
Irak antes de agotar otras opciones. Pero me quedé con la
impresión de que, cuando llegara el momento de aprobar una
declaración de guerra en el Congreso, no se atreverían a
decirle “no” a Bush. O al menos, no en público.
[Jorge Ramos es el presentador del Noticiero Univisión en
Estados Unidos, columnista en más de 40 diarios del
Continente Americano y autor de cuatro libros.]
(Extraído de La Estrella) |