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Edición No. 075  [Miércoles Octubre 02, 2002]

 

 

 
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Opinión
Desbrozando el Camino
Cenando con el Presidente: Cinco Discursos y un desorden

 - por Roberto Rodriguez

Lo que ocurrió se veía venir. Demasiado gente haciendo y unos cuantos disponiendo. La esperada visita del Presidente Hipólito Mejía ya era un hecho. Hubo respiros profundos en aquellos que como dominicanos sobreviven con el escepticismo y los que entendían que la misión se había cumplido. El mandatario hizo su arribo por el aeropuerto Logan con una puntualidad sorprendente. No es para menos cuando el control de los visitantes a este país por su condición de jefes de Estado caen en las manos de la psicorigida seguridad nacional. El Sweesôtel de la avenida Lafayette, en el corazón de Boston era el punto de convergencia de los que se consideraban con “razones suficientes” para ir a ver al Presidente. Igual pensaban los que llegaron con la cartita en el bolsillo con alguna petición para entregarla en el primer disimulo. También estaban los que como un amigo se disfrutan el lenguaje de Hipólito y las palabrotas a que nos tiene acostumbrados, o simplemente los que pagaron 50 dólares para cenar con el Presidente, tirarse una foto y ponerla en el álbum de los recuerdos que mañana provocarán nostalgias a raudales...

En la medida que los convidados y los pegados van haciendo su arribo, hay una elegante joven, trigueña ella, con mucha soltura y discreción cuando se expresa. De inmediato hace saber a cada quién que la primera recepción es en el tercer piso y la cena en el cuarto. Por fin había yo conocido a la renombrada Belkis Pepín. De ella me habían contado que es una aguerrida vanguardista cuando se entrega a una causa. No me quedaron dudas. No mucho tiempo después supimos que ya había sufrido el primer revés cuando el impredecible coronel de la seguridad del Presidente conocido como Pepe -El Travieso- Goico le había castrado los planes de una rueda de prensa con el mandatario en el mismo aeropuerto. Pero Belkis no se amilanó y siguió trabajando por darle el mejor lucimiento a las dos actividades que habría esa noche en el hotel. La primera tenía como punto central un reconocimiento al Presidente por parte del sector comercial dominicano que esta santiaguera-banileja encabezó para apoyar la candidatura del hoy mandatario.

La actividad fue rápida. Una pequeña sala que había sido habilitada para los fines sirvió de escenario para el reconocimiento. Allí hubo emociones, saludos, abrazos, recordatorios, poemas, discursos y un Hipólito dicharachero que recibía una placa poco protocolar para la investidura en la que los comerciantes de Cañafitol de Baní le agradecían las obras construidas en esa comunidad. Junto con la placa el Presidente recibe un documento que lee de un tirón. “Todo está muy bien, menos los nombramientos”, se le escuchó decir a Mejía. “No estoy en eso de hacer más nombramientos”. Rápidamente el Presidente pregunta a qué hora es la cena, mira el reloj y dice...”pues, vámonos que ya es hora”, cuando le dijeron que a las 8:00. ¡Oh Dios mío! Ahí mismo comenzó Cristo a padecer. La primera nota de mal gusto es que el Presidente entra al salón y está prácticamente vacío y en el podium no hay ningún maestro de ceremonia que anuncie la llegada del mandatario.

Mientras tanto, Pepe -El Travieso- Goico está en la puerta de entrada al salón haciendo de las suyas. Allí hay un tumulto mayúsculo y de inmediato el caos hace asomo. “Déjelo entrar que es un periodista”, se escucha decir a Belkis Pepín.. “Yo soy el coronel Goico y aquí no vale eso de prensa. Que me enseñe su tarjeta de invitación”, es la insolente respuesta del oficial... Belkis defendía con uñas y dientes el derecho al imperio del orden y la coherencia durante el evento... Mientras la empujadera en la puerta se activa, en medio del remolino se escucha la voz de Adriana de Los Santos que protesta alegando que aquello es un atropello. En tanto Juan Pedro Villamán observa desde el fondo del salón en una de las mesas de la prensa lo que está sucediendo en la puerta y en torno al Presidente Mejía que está sentado en la mesa principal sepultado por un mar humano. Unos saludando, los que quieren que el capitán los vea y los que van a la franca “a buscar lo mío”... “¿Los dominicanos no aprenderemos nunca a comportarnos?”, se preguntó Villamán que es observado compasivamente por los ojos saltones de su colega Juan Báez que hace coro diciendo que si tuviera manera de cruzar el maremoto que hay en la puerta, se fuera del lugar “antes que comience la actividad”.

El derroche de irreverencias lo inicia Juan -Siso- Martínez haciendo de maestro de ceremonia. La presentación de los que ocupan la mesa principal al lado del Presidente se cumple a regañadientes, con nombres incompletos...” porque me dijeron Diógenes, pero no me dieron el apellido”. Nadie sabe quien es un secretario de Estado o un Director General. “Ah no, todavía no está decidido, es el encargado de la oficina de Ultramar...

Finalmente va a comenzar el acto oficialmente y se anuncia la interpretación de los himnos nacionales de Estados Unidos y República Dominicana, respectivamente. En ese mismo momento se escuchó algo que se había roto. Aunque sonó como un cristal, no lo era. Lo que se rompió fue la solemnidad del ceremonial que aunque ya estaba bastante deteriorado, acababa de irse al carajo cuando la joven de apellido Nova que va a interpretar el himno de Estados Unidos comienza a dar explicaciones sobre la importancia y significado que tenía el canto patrio en estos momentos. Todos en la mesa donde estábamos los periodistas nos miramos la cara. Alguien cuestionó en voz baja que si “la muchacha ignoraba que lo ocurrido aquí el 11 de septiembre se sabía en el mundo entero”. Los ojos de Juan Báez cada vez lucen más desorbitados, y su colega Villamán parece quedarse sin oxígeno. La respiración era cada vez más agitada.

Los colegas dominicanos que acompañaban al Presidente sentados en una mesa contigua bostezaban. Bueno, se hizo necesario sacar de donde no había, porque a la trascendía que llevaron para cantar el himno dominicano no hizo menos. Esa se mandó otro discurso. Una ceremonia que se suponía estaría revestida de todo el protocolo que requiere la investidura de un jefe de Estado, había sido convertida en una olímpica alharaca de principio a fin. Ya no había espacio para ocultar la cara de la vergüenza...Juan Martínez y Pepe Goico siguen en sus trece. Martínez irrespetando la solemnidad del evento y el irreverente Pepe Goico tratando de ponerle control a todo. “¿Usted no cree que ha tomado demasiadas fotos?”, le dijo el militar a la colega Magaly Troncoso...

Por fin, comienzan los discursos. Cinco en total, incluido el del Presidente. Los cuatro previos matizados por la misma tónica. Nadie dijo una pendejada que valiera la pena, que no fuera irse en una incontinencia de alabanzas al Presidente Mejía. El culto a la personalidad arrancó con la oratoria de la cónsul Eladia Medina y por ahí siguió el entierro por la misma calle. Rafael Lantigua, Antonio Torres, Virgilio Torres y Luis Eludis Pérez no hicieron nada diferente. Una buena nota para hacer la diferencia la dio el cantautor dominicano, Ramón Leonardo, quien equilibró las emociones con hermosas canciones mientras los invitados disfrutaban de una suculenta cena, donde no faltaron los que hicieron una segunda ronda.

Afortunadamente, Hipólito Mejía sabe cómo sortear estas situaciones y con un discurso si se quiere serio y un mensaje que llegaba, le puso las pinceladas del humor que, junto a las canciones de Ramón, salvaron a la concurrencia de la tensión y agotamiento a su capacidad de resistencia a que había sido sometida.

El Presidente Mejía cambió por el humano, el rostro austero de los presentes que estallaron en carcajadas cuando el mandatario se dirigió al dirigente perredeísta de Lynn, Domingo Jiménez que le había interrumpido el discurso para decirle: ¡Domingo, cállate azaroso! (rr).

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