Opinión
Desbrozando
el Camino
Cenando con el Presidente: Cinco
Discursos y un desorden
- por Roberto Rodriguez
Lo que ocurrió se veía venir.
Demasiado gente haciendo y unos cuantos disponiendo. La
esperada visita del Presidente Hipólito Mejía ya era un
hecho. Hubo respiros profundos en aquellos que como
dominicanos sobreviven con el escepticismo y los que
entendían que la misión se había cumplido. El mandatario
hizo su arribo por el aeropuerto Logan con una puntualidad
sorprendente. No es para menos cuando el control de los
visitantes a este país por su condición de jefes de Estado
caen en las manos de la psicorigida seguridad nacional. El
Sweesôtel de la avenida Lafayette, en el corazón de Boston
era el punto de convergencia de los que se consideraban con
“razones suficientes” para ir a ver al Presidente. Igual
pensaban los que llegaron con la cartita en el bolsillo con
alguna petición para entregarla en el primer disimulo.
También estaban los que como un amigo se disfrutan el
lenguaje de Hipólito y las palabrotas a que nos tiene
acostumbrados, o simplemente los que pagaron 50 dólares para
cenar con el Presidente, tirarse una foto y ponerla en el
álbum de los recuerdos que mañana provocarán nostalgias a
raudales...
En la medida que los convidados y los pegados van haciendo
su arribo, hay una elegante joven, trigueña ella, con mucha
soltura y discreción cuando se expresa. De inmediato hace
saber a cada quién que la primera recepción es en el tercer
piso y la cena en el cuarto. Por fin había yo conocido a la
renombrada Belkis Pepín. De ella me habían contado que es
una aguerrida vanguardista cuando se entrega a una causa. No
me quedaron dudas. No mucho tiempo después supimos que ya
había sufrido el primer revés cuando el impredecible coronel
de la seguridad del Presidente conocido como Pepe -El
Travieso- Goico le había castrado los planes de una rueda de
prensa con el mandatario en el mismo aeropuerto. Pero Belkis
no se amilanó y siguió trabajando por darle el mejor
lucimiento a las dos actividades que habría esa noche en el
hotel. La primera tenía como punto central un reconocimiento
al Presidente por parte del sector comercial dominicano que
esta santiaguera-banileja encabezó para apoyar la
candidatura del hoy mandatario.
La actividad fue rápida. Una pequeña sala que había sido
habilitada para los fines sirvió de escenario para el
reconocimiento. Allí hubo emociones, saludos, abrazos,
recordatorios, poemas, discursos y un Hipólito dicharachero
que recibía una placa poco protocolar para la investidura en
la que los comerciantes de Cañafitol de Baní le agradecían
las obras construidas en esa comunidad. Junto con la placa
el Presidente recibe un documento que lee de un tirón. “Todo
está muy bien, menos los nombramientos”, se le escuchó decir
a Mejía. “No estoy en eso de hacer más nombramientos”.
Rápidamente el Presidente pregunta a qué hora es la cena,
mira el reloj y dice...”pues, vámonos que ya es hora”,
cuando le dijeron que a las 8:00. ¡Oh Dios mío! Ahí mismo
comenzó Cristo a padecer. La primera nota de mal gusto es
que el Presidente entra al salón y está prácticamente vacío
y en el podium no hay ningún maestro de ceremonia que
anuncie la llegada del mandatario.
Mientras tanto, Pepe -El Travieso- Goico está en la puerta
de entrada al salón haciendo de las suyas. Allí hay un
tumulto mayúsculo y de inmediato el caos hace asomo. “Déjelo
entrar que es un periodista”, se escucha decir a Belkis
Pepín.. “Yo soy el coronel Goico y aquí no vale eso de
prensa. Que me enseñe su tarjeta de invitación”, es la
insolente respuesta del oficial... Belkis defendía con uñas
y dientes el derecho al imperio del orden y la coherencia
durante el evento... Mientras la empujadera en la puerta se
activa, en medio del remolino se escucha la voz de Adriana
de Los Santos que protesta alegando que aquello es un
atropello. En tanto Juan Pedro Villamán observa desde el
fondo del salón en una de las mesas de la prensa lo que está
sucediendo en la puerta y en torno al Presidente Mejía que
está sentado en la mesa principal sepultado por un mar
humano. Unos saludando, los que quieren que el capitán los
vea y los que van a la franca “a buscar lo mío”... “¿Los
dominicanos no aprenderemos nunca a comportarnos?”, se
preguntó Villamán que es observado compasivamente por los
ojos saltones de su colega Juan Báez que hace coro diciendo
que si tuviera manera de cruzar el maremoto que hay en la
puerta, se fuera del lugar “antes que comience la
actividad”.
El derroche de irreverencias lo inicia Juan -Siso- Martínez
haciendo de maestro de ceremonia. La presentación de los que
ocupan la mesa principal al lado del Presidente se cumple a
regañadientes, con nombres incompletos...” porque me dijeron
Diógenes, pero no me dieron el apellido”. Nadie sabe quien
es un secretario de Estado o un Director General. “Ah no,
todavía no está decidido, es el encargado de la oficina de
Ultramar...
Finalmente va a comenzar el acto oficialmente y se anuncia
la interpretación de los himnos nacionales de Estados Unidos
y República Dominicana, respectivamente. En ese mismo
momento se escuchó algo que se había roto. Aunque sonó como
un cristal, no lo era. Lo que se rompió fue la solemnidad
del ceremonial que aunque ya estaba bastante deteriorado,
acababa de irse al carajo cuando la joven de apellido Nova
que va a interpretar el himno de Estados Unidos comienza a
dar explicaciones sobre la importancia y significado que
tenía el canto patrio en estos momentos. Todos en la mesa
donde estábamos los periodistas nos miramos la cara. Alguien
cuestionó en voz baja que si “la muchacha ignoraba que lo
ocurrido aquí el 11 de septiembre se sabía en el mundo
entero”. Los ojos de Juan Báez cada vez lucen más
desorbitados, y su colega Villamán parece quedarse sin
oxígeno. La respiración era cada vez más agitada.
Los colegas dominicanos que acompañaban al Presidente
sentados en una mesa contigua bostezaban. Bueno, se hizo
necesario sacar de donde no había, porque a la trascendía
que llevaron para cantar el himno dominicano no hizo menos.
Esa se mandó otro discurso. Una ceremonia que se suponía
estaría revestida de todo el protocolo que requiere la
investidura de un jefe de Estado, había sido convertida en
una olímpica alharaca de principio a fin. Ya no había
espacio para ocultar la cara de la vergüenza...Juan Martínez
y Pepe Goico siguen en sus trece. Martínez irrespetando la
solemnidad del evento y el irreverente Pepe Goico tratando
de ponerle control a todo. “¿Usted no cree que ha tomado
demasiadas fotos?”, le dijo el militar a la colega Magaly
Troncoso...
Por fin, comienzan los discursos. Cinco en total, incluido
el del Presidente. Los cuatro previos matizados por la misma
tónica. Nadie dijo una pendejada que valiera la pena, que no
fuera irse en una incontinencia de alabanzas al Presidente
Mejía. El culto a la personalidad arrancó con la oratoria de
la cónsul Eladia Medina y por ahí siguió el entierro por la
misma calle. Rafael Lantigua, Antonio Torres, Virgilio
Torres y Luis Eludis Pérez no hicieron nada diferente. Una
buena nota para hacer la diferencia la dio el cantautor
dominicano, Ramón Leonardo, quien equilibró las emociones
con hermosas canciones mientras los invitados disfrutaban de
una suculenta cena, donde no faltaron los que hicieron una
segunda ronda.
Afortunadamente, Hipólito Mejía sabe cómo sortear estas
situaciones y con un discurso si se quiere serio y un
mensaje que llegaba, le puso las pinceladas del humor que,
junto a las canciones de Ramón, salvaron a la concurrencia
de la tensión y agotamiento a su capacidad de resistencia a
que había sido sometida.
El Presidente Mejía cambió por el humano, el rostro austero
de los presentes que estallaron en carcajadas cuando el
mandatario se dirigió al dirigente perredeísta de Lynn,
Domingo Jiménez que le había interrumpido el discurso para
decirle: ¡Domingo, cállate azaroso! (rr). |