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Edición No. 076  [Miércoles Octubre 09, 2002]

 

 

 
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Especial
Octubre y el encuentro de culturas
 - por César Sánchez Beras

Cada año en octubre se hace necesario la reflexión obligada sobre lo que ocurrió en la América Morena. Cada año en octubre, el mundo americano celebra una de las fechas más significativas para el mundo occidental, la llegada de este mes rememora en las mentes de los hispanohablantes aquella llegada del mundo europeo a lo que sería la América que hoy nosotros habitamos.

Cuando la historia pasa fría revista a los acontecimientos traumáticos de aquel 1492, lo hace muchas veces, mediatizada por el dolor de las múltiples heridas que dejaran nuestros antiguos colonizadores. A veces somos tan inflexibles en nuestras valoraciones, que nos ciega la obnubilación por la sangre derramada por nuestros primeros pobladores y queremos negar cualquier aporte europeo a nuestra cultura indígena.

No negamos el exterminio voraz a que fueron sometidos pueblos enteros, no justificamos la esclavitud del indio paleada luego por otro error, como es la esclavitud del negro, pero a quinientos años de aquella barbaridad injustificable, se debe levantar el buen juicio e imponerse la fraternidad por encima de encono y la desidia.

Una de las definiciones más ajustadas a la realidad histórica de aquellos hechos es, que “en todo encuentro de culturas, la cultura desarrollada se impone a la cultura con menos desarrollo, ya sea por medios pacíficos o por medios violentos”.

Lamentablemente en el caso del choque aborigen / europeo, no podemos hablar de que España trajo civilización, pues las culturas Mayas e Incas tenían tanto desarrollo social como los europeos. No podemos tampoco hablar de que trajeron cultura, pues la poesía, la arquitectura, la astronomía y otras ramas del arte y de la ciencia, alcanzaron en las razas precolombinas elevadísimo nivel. De suerte que tenemos que concluir que exactamente hubo encuentro de culturas, en donde una se impuso a la otra.

En el libro “ El Indio de Nuestra América” José Martí dice: “... El indio americano hoy es forajido, renegado y hasta ratero, pero cuando llegó la conquista ellos eran, reyes, gobernantes, poetas y guerreros, ellos conocían la lengua de las estrellas...” Estas hermosas palabras nacidas de una de las almas más luminosas del continente americano, ilustran de cuerpo entero la estatura étnica de los habitantes de la América morena hacia 1492.

Los Mayas, pobladores de lo que es hoy Guatemala y México y parte de la península de Yucatán, constituían un pueblo altamente civilizado y con un grado de conocimiento, superior a la mayoría de los pueblos europeos y el más avanzado de sus comunes en América. Su complejidad social y organizativa, su división de casta y progreso arquitectónico, sólo era superada por su enorme fe en la sangre de sus reyes y en la divinidad de sus muchos dioses.

La exactitud de los calendarios mayas, sus libros sagrados y artísticos y su comunicación escrita sobre la base de códices que luego fueron traducidos al español, testimonian el conocimiento de un pueblo precolombino, que de tan avanzado a veces raya en lo fantástico.

Por su parte los Incas, sucesores de la cultura maya, no se quedaron atrás en aportar adelantos asombrosos para su época. Su método de cultivo en la agricultura, su técnica para la pesca, sus cientos de kilómetros de canales para la irrigación de tierras sumamente distantes y su sistema de correo, hacen del pueblo que gobernó Atahualpa, un ejemplo digno del asombro.

Las ruinas de Macchu Pichu y los dibujos gigantescos sobre el desierto de Nazca, donde ejerció su poderío el pueblo Moche, son testigos centenarios de un pueblo que sobrevivió en las condiciones más inhóspitas.

Todavía hoy con los avances tecnológicos en el campo de la medicina moderna, se considera una maravilla científica, las trepanaciones hechas por los médicos incas, trepanaciones que tenían un grado de efectividad que en más del 50 por ciento de los casos, los intervenidos sobrevivieron a tan riesgosa operación.

La llegada del negro a las regiones americanas fue el eslabón que conformó lo que sería el núcleo del mestizaje. Una raza arrancada de sus tierras, por otra cultura movida por la ambición. Un deseo como nunca antes fuera visto por el oro y las riquezas, sin importar cuántas vidas quedaran en el camino de la sangre y del caos, sin importar que pueblos enteros vieran desaparecer culturas que fueron construidas por años, sobre la base del arte y la belleza.

Pero por encima de la devastación de nuestra herencia aborigen, por encima de la magnitud del exterminio por parte de Europa, más allá del dolor que dejara la espada inquisidora y la ambición colonizadora, por encima de todo lo que fue o pudo ser, hoy se levanta una América morena, una América descalza, una América que con los sueños de Martí y la espada de Bolívar, se encamina hacia la unificación de sus ideales, tejiendo todas las patrias como herederos legítimos que somos de Mayas y Tainos, Aztecas y Mandingas, Incas, Celtas y Europeos.

 

 

 

 

   
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