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Edición No. 076  [Miércoles Octubre 09, 2002]

 

 

 
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Hispanos en USA
El petroleo o la vida
 - por Alexandro Mondragón

La energía industrial sigue siendo uno de los grandes pilares de la vida económica actual: quien lo controla, controla el mundo —así como quien controla la información, controla o manipula la opinión pública—. El modelo de gestión energética dominante ha puesto los carburantes sólidos, y en particular el petróleo, en su centro. Pero a largo plazo —incluso a mediano plazo— la dominación de ese producto está en jaque por dos razones fundamentales: las incertidumbres en torno de la seguridad de la oferta y el costo del producto —plus la contaminación que genera y la reacción generalizada que sus efectos devastadores están suscitando en el medio ambiente, con inviernos cada vez menos fríos, veranos más ardientes y el derretimiento de los hielos polares.

La economía y la sociedad americana necesitan cerca de 20 millones de barriles de petróleo diarios para funcionar a su nivel actual y su producción propia no llega al tercio de ese volumen. La dependencia que dicha situación produce —además de la codicia del clan Bush—, son responsables de la crispación y de los desafueros de la política exterior de EE.UU., de su múltiple movilización petrolífera, de su persistente pasión bélica y del furor antiiraquí. Todo en nombre de la ‘seguridad nacional’ para asegurarse el control del oro negro.

Así —con la subterránea concertación de la Rusia de Putin, cuyo país tiene grandes reservas de petróleo, con lo cual podría hacer un gran negocio si la guerra desata una nueva alza en los precios del petróleo—, las acciones encaminadas a asegurarse el control de las reservas del mar Caspio y la decisión de extender y consolidar, a cualquier precio, el protectorado norteamericano en Oriente Próximo son componentes capitales de la estrategia destinada a confirmar sus posiciones.

Y es que el gobierno de Estados Unidos —como solía hacer con los dictadores y sátrapas latinoamericanos que llegaban al poder con su ayuda y después se deshacían de ellos cuando ya no les eran útiles— necesita reordenar a sus aliados en Oriente Próximo. La razón es que el soporte que representaban para EE.UU. los dos millones y medio de barriles diarios de crudo provenientes de Arabia Saudí, y la garantía que suponían las excelentes relaciones entre ambos países, con la condición saudí de primer productor mundial, han sido puestas severamente en entredicho. Debido a la aparición de Al Qaeda y al papel de proveedor de la ideología de combate que encarna el wahabismo, patrocinado y promovido por la familia Saud, y responsable de la radicalización islamista de la zona y del resto del ámbito islámico, los jeques sauditas ya no son los entenados preferidos —demás, como un dato referencial, la mayoría de los supuestos terroristas que provocaron la tragedia del 11-S, eran de origen Saudita. Y los jeques árabes, ante una demanda que les pueda congelar sus fondos e inversiones aquí, han retirado más de 200,000 millones de dólares en inversiones en los Estados Unidos —y otros $400,000 millones estarían en el mismo camino de salida.

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