Hispanos en
USA
El petroleo o la vida
- por Alexandro Mondragón
La energía industrial sigue
siendo uno de los grandes pilares de la vida económica
actual: quien lo controla, controla el mundo —así como quien
controla la información, controla o manipula la opinión
pública—. El modelo de gestión energética dominante ha
puesto los carburantes sólidos, y en particular el petróleo,
en su centro. Pero a largo plazo —incluso a mediano plazo—
la dominación de ese producto está en jaque por dos razones
fundamentales: las incertidumbres en torno de la seguridad
de la oferta y el costo del producto —plus la contaminación
que genera y la reacción generalizada que sus efectos
devastadores están suscitando en el medio ambiente, con
inviernos cada vez menos fríos, veranos más ardientes y el
derretimiento de los hielos polares.
La economía y la sociedad americana necesitan cerca de 20
millones de barriles de petróleo diarios para funcionar a su
nivel actual y su producción propia no llega al tercio de
ese volumen. La dependencia que dicha situación produce
—además de la codicia del clan Bush—, son responsables de la
crispación y de los desafueros de la política exterior de
EE.UU., de su múltiple movilización petrolífera, de su
persistente pasión bélica y del furor antiiraquí. Todo en
nombre de la ‘seguridad nacional’ para asegurarse el control
del oro negro.
Así —con la subterránea concertación de la Rusia de Putin,
cuyo país tiene grandes reservas de petróleo, con lo cual
podría hacer un gran negocio si la guerra desata una nueva
alza en los precios del petróleo—, las acciones encaminadas
a asegurarse el control de las reservas del mar Caspio y la
decisión de extender y consolidar, a cualquier precio, el
protectorado norteamericano en Oriente Próximo son
componentes capitales de la estrategia destinada a confirmar
sus posiciones.
Y es que el gobierno de Estados Unidos —como solía hacer con
los dictadores y sátrapas latinoamericanos que llegaban al
poder con su ayuda y después se deshacían de ellos cuando ya
no les eran útiles— necesita reordenar a sus aliados en
Oriente Próximo. La razón es que el soporte que
representaban para EE.UU. los dos millones y medio de
barriles diarios de crudo provenientes de Arabia Saudí, y la
garantía que suponían las excelentes relaciones entre ambos
países, con la condición saudí de primer productor mundial,
han sido puestas severamente en entredicho. Debido a la
aparición de Al Qaeda y al papel de proveedor de la
ideología de combate que encarna el wahabismo, patrocinado y
promovido por la familia Saud, y responsable de la
radicalización islamista de la zona y del resto del ámbito
islámico, los jeques sauditas ya no son los entenados
preferidos —demás, como un dato referencial, la mayoría de
los supuestos terroristas que provocaron la tragedia del
11-S, eran de origen Saudita. Y los jeques árabes, ante una
demanda que les pueda congelar sus fondos e inversiones
aquí, han retirado más de 200,000 millones de dólares en
inversiones en los Estados Unidos —y otros $400,000 millones
estarían en el mismo camino de salida. |