Opinión
Desbrozando
el Camino
El aventurerismo presidencial
- por Roberto Rodríguez
En poco tiempo el mundo todo
estará convocado innecesariamente a presenciar impotente el
que podría ser uno de los más dolorosos, traumáticos y
repudiables espectáculos de sangre al que haya asistido la
humanidad en su historia reciente.
La cerrazón y sinrazón han obnubilado y obsesionado al
Presidente de Estados Unidos, George W. Bush, y su corte de
halcones de la guerra que ha tipificado a esta
administración.
La obstinación guerrerista de Bush hace aparecer como
irreversible el estallido de la guerra, comenzando por Iraq,
en donde es casi seguro —y sin quizás que valga—, estaremos
como espectadores del más despiadado ataque militar contra
una nación en la historia contemporánea.
De las consecuencias no quiero ni pensar y mucho menos
hablar, pero sí me aventuro a adelantar que podrían ser muy
dolorosas, no sólo para Iraq y Estados Unidos.
La neurótica conducta de Bush hacia Saddam Husseim ha tenido
los más diversos encasillamientos: desde la retaliación de
índole personal, pasando por la aún no probada
responsabilidad iraquí en la fabricación de armas químicas y
destrucción masiva y sus supuestos vínculos con la gente de
Osama Bin Laden, hasta la acción bucanera que pretende
saquear el petróleo de esa nación, la segunda mayor
productora del mundo.
Pero además hay que incluir este accionar de la Casa Blanca
como una especie de cortina de humo que busca sacar de la
discusión temas como el económico, los problemas financieros
de grandes corporaciones que han ido a la bancarrota ante un
dudoso comportamiento de la administración Bush y cuyos
lodos salpican a funcionarios de alta jerarquía, situaciones
que de otra manera terminarían reflejándose en el resultado
electoral de noviembre.
Cual que sea la excusa que se use para “justificar” esta
descabellada acción militar, los cierto es que Bush ha
llegado incluso a desnaturalizar la función que debía
tipificar al ejecutivo estadounidense, que no es otra que la
de “preservar la paz” hasta que haya una declaración de
guerra, una responsabilidad que la Constitución
norteamericana otorga, en casos como éste, única y
exclusivamente al Congreso.
Contrario a ello, Bush, mientras cabildea en el Congreso
para que le suelte la brida, hace lo propio en el Consejo de
Seguridad de las Naciones Unidas. Este afán de guerra lo ha
llevado a un frenesí provocador, con el Primer Ministro de
Gran Bretaña, Tony Blair como aliado, quien por demás
vergonzosamente se comporta como fiel perro faldero que
obedece ciegamente a los mandatos de Bush, aún sin importar
a ninguno de los dos la catastrófica repercusión política
que su descabellada acción militar puede tener hacia el
interior de ambas naciones, y mucho más en la opinión
mundial.
En su tarea de obtener “patente de corzo”, Bush ha llegado
al extremo de la extorsión y el chantaje político contra la
mayoría demócrata en el Senado, a quienes ha insinuado el
calificativo de “traidores a la patria”, sólo para que no le
perturben su empeño de pretender ajustar una cuenta familiar
en nombre del poder que ha puesto en sus manos la nación
norteamericana.
En esa tesitura, el mandatario no ha escatimado medios, no
importa cuales, en obligar al Congreso a que en vez de una
autorización de guerra limitada en el espacio, el objetivo y
el tiempo, lo que en espíritu se refiere a la defensa y
represalia. Quiere la declaración formal. La de manos libres
para la acción militar sin límites ni condiciones. Es decir,
sin ningún tipo de limitación, justo lo que mueve la cuna de
la preocupación de la humanidad.
Tanto es que a Bush y sus halcones de guerra la historia de
Estados Unidos les importa un comino, y es por ello que en
su obsesión frente al Congreso, ni siquiera se considera una
opinión tan valiosa como la de Hamilton en 1778, y que tiene
tanta validez como si la hubiese dado hoy mismo, cuando
planteaba la necesidad integracionista de los poderes
Legislativo y Ejecutivo.
Esto, de acuerdo a Hamilton, le daría a la nación una
“autoridad concurrente en los casos relacionados”,
refiriéndose específicamente al tema de la guerra, motivado
en la confrontación bélica que al momento se daba entre Gran
Bretaña y Francia y para la que Estados Unidos hizo una
declaración de neutralidad.
Incluso, sobre el mismo tema decía Madison que el Ejecutivo
no tiene derecho a decidir si hay motivo o no para Estados
Unidos ir a una guerra, destacando que la función del
Presidente en caso como el que nos ocupa es el tratar de
convencer al Congreso, siempre que fuera necesario tomar la
decisión.
Claro que la manera en que la Casa Blanca ha manejado el
tema de Iraq frente al Congreso tiene el evidente propósito,
además de hacerle cómplice de las consecuencias de esta
inminente agresión, de carambola anularle al Legislativo el
poder de acusación que le otorga la Constitución cuando se
entiende que el funcionario, incluido el Presidente, ha
incurrido en traición, cohecho o cualquier acción en
perjuicio de la nación.
Cual que sea la decisión final que pudiera tomar el
Congreso, acerca de la autorización de guerra ilimitada que
reclama Bush, debe entenderse que nunca como hoy es válida
la teoría de Jefferson y Madison de que la “sensibilidad
respecto a la opinión mundial” debía ser característica de
un gobierno prudente, una cualidad que lamentablemente hay
que concluir en que está bastante ausente en la
administración Bush.
Ojalá que a la salida de esta entrega todavía estemos a
tiempo de evitar a la nación nuevos errores y locuras que en
el pasado se han pagado muy caros, precisamente por la falta
de justicia y justeza.
Y la manera de evitar lo que parece se consigue con algo tan
simple, pero muy significativo, es que las decisiones
previamente fueran consideradas de acuerdo con el criterio
probable del sector informal de la humanidad, tal y como lo
plantea Arthur M. Schlesinger, Jr. en su libro “La
presidencia imperial”.
De lo contrario, que el Señor nos agarre confesados ante
esta nueva aventura presidencial. |