Nota Editorial
El
francotirador, la NRA y la guerra contra el terror
“Nos negamos a vivir con
miedo”, dijo el presidente George Bush en el Congreso
argumentando su próxima guerra contra Irak y el terrorismo
internacional.
Esas palabras deben sonar a sarcasmo para los vecinos de
Maryland y Virginia que desde hace más de tres semanas viven
sumidos en el terror desde que el francotirador de
Washington comenzó su macabro juego. En las calles, caminan
en zigzag para evitar una bala asesina, en las escuelas los
niños no tienen recreo y las gasolineras están rodeadas de
barricadas como en las ciudades que viven en estado de
sitio.
Con el personal y los aparatos técnicos más sofisticados que
existen, la policía no ha podido hasta el momento dar una
sóla pista que permita identificar al asesino.
Nadie puede negar que en Estados Unidos hay una cultura de
violencia. Lo vemos en las películas, en las series de
televisión y hasta en la música. Estamos acostumbrados – y a
todo se acostumbra el ser humano- a los asesinatos en masa,
a los alterados adolescentes que disparan contra sus
maestros y compañeros, a los tiroteos en los barrios.
¡Qué vulnerable nos parece el país desde el 11 de
septiembre!.
Pero ahora, el sentido de inseguridad se acrecienta aún más.
Como nunca antes, se hace claro que el terror no viene
únicamente de afuera, sino que está en casa. Cualquier
vecino puede ser un loco asesino o un monstruo que mata por
deporte o juego.
A raíz del anónimo francotirador de Washington y la
impunidad en la que opera, surge un tema que merece nuestra
reflexión. Se trata del pavoroso silencio de los políticos
ante un hecho que se desprende del caso y debería ser
claramente denunciado por todos los que tienen algo de
moral: la venta de armas y sus consecuencias sociales.
La facilidad con que se compran armas en Estados Unidos le
permite a cualquier persona adulta, adolescente o alterado
mental adquirir rifles de asalto, pistolas con silenciador,
balas y hasta miras telescópicas. Cada día resulta más claro
que la actual legislación sobre armas es un factor clave
para entender la sucesión de hechos violentos que vienen
ocurriendo desde hace años en el país. Esta relación entre
violencia y control de armas, es evidente para todos menos
para la poderosa Asociación Nacional del Rifle (NRA) y la
red de políticos que los protegen.
Mientras la complicidad de algunos y la ignorancia de otros
permita evadir el debate sobre el control de armas, las
muertes y masacres de ciudadanos inocentes continuarán en
Washington y en otras ciudades del país.
Desde que inició su gestión, el presidente Bush ha invertido
todos sus esfuerzos a terminar con los enemigos externos de
los Estados Unidos. Y, nadie le puede negar ese derecho
después del los ataques del 11 de septiembre. Pero, es
importante que el primer mandatario no olvide la seguridad
interna. Y, gran parte de la solución de ese problema pasa
por cambiar las leyes que reglamentan la venta de armas. Sin
duda, esta es una tarea difícil para la actual
administración, ya que los principales opositores a estos
cambios son los miembros de la NRA, muchos de los cuales han
financiado las campañas presidenciales de la familia Bush.
Con todas las molestias que esto representa para él, es
necesario que el presidente tome más pronto que tarde las
medidas que se necesitan para combatir la violencia interna.
De lo contrario, se acrecentarán las críticas, no exentas de
ironía, que ya comienzan a expandirse entre los columnistas
de los principales medios de prensa del país, quienes se
preguntan: “¿Cómo es posible que el gobierno salga
victorioso de una guerra tan compleja y difícil como es la
lucha contra el terrorismo mundial, cuando no puede cazar a
un francotirador que opera a escasos metros de la Casa
Blanca?”. |