Opinión
Casa
Dominicana
Suena tan bien que no parece cierto
- por César Sánchez Beras
Por primera vez en mucho
tiempo sentí resquebrajarse mi vocación americanista de
pertenecer a todas las patrias, cuando la noche del pasado
sábado 21, asistí a la inauguración de la Casa Dominicana en
Lawrence.
Me sentí dominicano, orgullosamente dominicano. El largo
sueño anhelado por la comunidad de quisqueyanos residentes
en este estado, dejó de ser promesa y se enrumba en una
hermosa realidad, palpable no solo en la agenda de trabajo
que tiene por delante, sino también en la calidad y cantidad
de gente que está envuelta en este proyecto.
Este nuevo peldaño de los dominicanos en el exterior, quizás
no tenga la cobertura de prensa del último jonrón de Sammy
Sosa, ni el despliegue televisivo de las hazañas de Pedro
Martínez, quizás no cuente con un número contable como los
años que le pagaron a Alex Rodríguez, pero no deja de ser
tan importante como cualquier otra grandeza nuestra, pues
uno construye su casa donde ama, y el hecho de que los
dominicanos construyan su casa en este pueblo, es una gran
muestra de gratitud hacia la tierra que les dio albergue,
amén de lo que simboliza como eslabón de reconquista en el
terreno que aramos en Estados Unidos de Norteamérica.
Uno de los elementos de mayor trascendencia enarbolados la
noche del pasado sábado, fue sin duda la declaración de
muchos de los invitados especiales y de los miembros de la
directiva de Casa Dominicana, de mantener a la misma alejada
de los vaivenes de la política partidista y de los
compromisos sociales particulares.
Ese solo postulado hace de la recién institución fundada,
una gran cobija en donde puedan verse representados los más
disímiles pensamientos de los que concurran a su seno. Ese
simple postulado transparenta una gran madurez cívica de sus
fundadores y presagia un camino de concordia para los que
como yo, sólo postulamos por que la cultura seamos todos.
“Esto es mío, Papá y Mamá y voy pa’ mi casa”
Los que atravesamos la barrera de los cuarenta años y
crecimos en algún paraje rural, recordamos con gratas
memorias, esta sentencia de los viejos, esgrimida como las
tres cosas sagradas que tiene un hombre. La comunidad
dominicana radicada en Lawrence, que en la mayoría de los
casos proviene de comunidades rurales donde este proverbio
es ley del hogar, tiene dos de esas tres cosas sagradas. Tan
grande bendición no alcanzada por otras culturas importantes
y con mayor raigambre y permanencia en este lugar, debe
movernos a un sano orgullo, debe inspirarnos a ser mejores,
debe motivarnos a crecer en la unidad de propósitos y no en
la negociación de intereses espurios, pues solamente de esa
manera, estaremos a la altura de merecer este gran paso que
hemos dado como diáspora arrastra un pedazo de isla colgado
en la nostalgia del regreso.
Cuando escuchaba este pasado sábado las notas y letras de
nuestro canto patrio, meditaba mientras tarareaba la
melodía, en lo grande que debe henchirse el pecho de
Prud’homme y de José Reyes, cuando algunos de sus hijos (y
en este caso éramos cientos) entonan en tierras tan lejanas
las musas regaladas de sus estros. Mientras miraba orgulloso
las caras de felicidad de mis compatriotas, pensaba en
“...Que linda en el tope está dominicana bandera...”
Los versos de Deligne “ quien te viera, quien te viera, más
arriba, mucho mas...” recordaba los versos de Norberto James
y su canción a los inmigrantes cocolos “... Aun nos se ha
escrito / la historia de su congoja / su viejo dolor unido
al nuestro...” eran apenas tres minutos de Himno Nacional,
suficiente para ver en las fotografías de César Rivera, un
pedazo de patria por doquier robado por la magia de la
Canon, imágenes arrancadas a las praderas del deleite, a ese
terruño del cariño prohibido a la tristeza. Eran sólo
minutos, pero yo podía situarme en otra dimensión de la
plasticidad, para conversar con las mulatas de Gilda Durán,
arrojando su esbeltez y donaire desde un lienzo que más que
mostrar miraba, miraba con el ojo de la tela.
El himno llegaba a su fin y yo seguía mirando la marejada de
muchachos vestido de azul y kaki en una dominicanidad que se
levanta desde la escuela y que hoy nosotros en esta casa le
juramos secretamente, de que tienen esperanza, yo seguía
oyendo a Don Pedro “... si alguien quiera saber cual es mi
patria...” oía al viejo Duarte decir “... por desesperada
que sea la causa de la patria, siempre es causa de honor...”
CD, suena tan bien que no parece cierto, pero lo es y lo es
mas allá de las flores que adornaban el pelo de Marina
Acosta, de la decoración regia de Jenny, de la mesura de
Rafael Jacobo llamando al orden, de la cónsul pidiendo un
libro que faltaba, del sancocho que Vila y Figuereo atendían
celosamente, del spanglish de Sue Tucker y de los ausentes
que no pudieron ir. Un nuevo CD, para los melómanos del
progreso de lo nuestro, para los que estamos convencidos que
no se es de donde se nace, sino de donde se es útil, de
donde se ama. Bienvenida sea CASA DOMINICANA, aquí tienes a
uno de tus hijos, para lo que quieras mandar. |