Edición Actual

 

Archivo

Edición No. 078  [Miércoles Octubre 23, 2002]

 

 

 
    Primera Plana
    Editorial
    Opinión
    Regional
    Cultural
    Miscelaneas
    English Section
    Deportes

   

    Nosotros
    Sugerencias
    Media Kit

   

Opinión
Casa Dominicana
Suena tan bien que no parece cierto

 - por César Sánchez Beras

Por primera vez en mucho tiempo sentí resquebrajarse mi vocación americanista de pertenecer a todas las patrias, cuando la noche del pasado sábado 21, asistí a la inauguración de la Casa Dominicana en Lawrence.

Me sentí dominicano, orgullosamente dominicano. El largo sueño anhelado por la comunidad de quisqueyanos residentes en este estado, dejó de ser promesa y se enrumba en una hermosa realidad, palpable no solo en la agenda de trabajo que tiene por delante, sino también en la calidad y cantidad de gente que está envuelta en este proyecto.

Este nuevo peldaño de los dominicanos en el exterior, quizás no tenga la cobertura de prensa del último jonrón de Sammy Sosa, ni el despliegue televisivo de las hazañas de Pedro Martínez, quizás no cuente con un número contable como los años que le pagaron a Alex Rodríguez, pero no deja de ser tan importante como cualquier otra grandeza nuestra, pues uno construye su casa donde ama, y el hecho de que los dominicanos construyan su casa en este pueblo, es una gran muestra de gratitud hacia la tierra que les dio albergue, amén de lo que simboliza como eslabón de reconquista en el terreno que aramos en Estados Unidos de Norteamérica.

Uno de los elementos de mayor trascendencia enarbolados la noche del pasado sábado, fue sin duda la declaración de muchos de los invitados especiales y de los miembros de la directiva de Casa Dominicana, de mantener a la misma alejada de los vaivenes de la política partidista y de los compromisos sociales particulares.

Ese solo postulado hace de la recién institución fundada, una gran cobija en donde puedan verse representados los más disímiles pensamientos de los que concurran a su seno. Ese simple postulado transparenta una gran madurez cívica de sus fundadores y presagia un camino de concordia para los que como yo, sólo postulamos por que la cultura seamos todos.

“Esto es mío, Papá y Mamá y voy pa’ mi casa”
Los que atravesamos la barrera de los cuarenta años y crecimos en algún paraje rural, recordamos con gratas memorias, esta sentencia de los viejos, esgrimida como las tres cosas sagradas que tiene un hombre. La comunidad dominicana radicada en Lawrence, que en la mayoría de los casos proviene de comunidades rurales donde este proverbio es ley del hogar, tiene dos de esas tres cosas sagradas. Tan grande bendición no alcanzada por otras culturas importantes y con mayor raigambre y permanencia en este lugar, debe movernos a un sano orgullo, debe inspirarnos a ser mejores, debe motivarnos a crecer en la unidad de propósitos y no en la negociación de intereses espurios, pues solamente de esa manera, estaremos a la altura de merecer este gran paso que hemos dado como diáspora arrastra un pedazo de isla colgado en la nostalgia del regreso.

Cuando escuchaba este pasado sábado las notas y letras de nuestro canto patrio, meditaba mientras tarareaba la melodía, en lo grande que debe henchirse el pecho de Prud’homme y de José Reyes, cuando algunos de sus hijos (y en este caso éramos cientos) entonan en tierras tan lejanas las musas regaladas de sus estros. Mientras miraba orgulloso las caras de felicidad de mis compatriotas, pensaba en “...Que linda en el tope está dominicana bandera...”

Los versos de Deligne “ quien te viera, quien te viera, más arriba, mucho mas...” recordaba los versos de Norberto James y su canción a los inmigrantes cocolos “... Aun nos se ha escrito / la historia de su congoja / su viejo dolor unido al nuestro...” eran apenas tres minutos de Himno Nacional, suficiente para ver en las fotografías de César Rivera, un pedazo de patria por doquier robado por la magia de la Canon, imágenes arrancadas a las praderas del deleite, a ese terruño del cariño prohibido a la tristeza. Eran sólo minutos, pero yo podía situarme en otra dimensión de la plasticidad, para conversar con las mulatas de Gilda Durán, arrojando su esbeltez y donaire desde un lienzo que más que mostrar miraba, miraba con el ojo de la tela.

El himno llegaba a su fin y yo seguía mirando la marejada de muchachos vestido de azul y kaki en una dominicanidad que se levanta desde la escuela y que hoy nosotros en esta casa le juramos secretamente, de que tienen esperanza, yo seguía oyendo a Don Pedro “... si alguien quiera saber cual es mi patria...” oía al viejo Duarte decir “... por desesperada que sea la causa de la patria, siempre es causa de honor...”

CD, suena tan bien que no parece cierto, pero lo es y lo es mas allá de las flores que adornaban el pelo de Marina Acosta, de la decoración regia de Jenny, de la mesura de Rafael Jacobo llamando al orden, de la cónsul pidiendo un libro que faltaba, del sancocho que Vila y Figuereo atendían celosamente, del spanglish de Sue Tucker y de los ausentes que no pudieron ir. Un nuevo CD, para los melómanos del progreso de lo nuestro, para los que estamos convencidos que no se es de donde se nace, sino de donde se es útil, de donde se ama. Bienvenida sea CASA DOMINICANA, aquí tienes a uno de tus hijos, para lo que quieras mandar.

Desbrozando el Camino
Christian Castro, Symphony Hall y una burla mayúscula
 - por Roberto Rodríguez
Tópicos y Opiniones
¿Latinos, Hispanos, Americanos o Qué?
 - por Isaías M. Ferreira
¿Qué agua? ¡Nuestra agua!
 - por Jonathan Leavitt
Perspectiva
A Santiago se le viene el techo encima
 - por Angel Rafael
   Rivera
¿Quiénes son Los Independientes?
 - por Pedro Payano
Casa Dominicana
Suena tan bien que no parece cierto
 - por César Sánchez
   Beras
 
 

 

 

 

 

   
  Powered by enDesignStudio, LLC
  Está prohibida la reproducción total o parcial de la página.
  Copyright © 2001-2002, Periódico Siglo21.
  Todos los derechos reservados.