Cultural
La
patria es la lengua
- por César
Sánchez BerasEl
próximo 5 de noviembre el proceso electoral del estado de
Massachussets tendrá un nuevo componente, adicionado a sus
propios elementos políticos y sociales. La ya archifamosa
Pregunta 2 que estará en la boleta de los electores,
constituye un punto crítico en la escogencia de nuestros
representantes y en lo que significa para nuestra comunidad
el triunfo o no de esta inquina electoral que se trata de
introducir soslayadamente en este proceso.
Durante mucho tiempo los xenofóbicos y etnocentristas han
intentado con saña segregar a los hispanos parlantes de la
sociedad norteamericana. Han disfrazado sus verdaderas
intenciones bajo la máscara del progreso de nuestros hijos
en el sistema educativo, mientras en realidad lo que se
incuba en estas sistemáticas actuaciones de algunos sectores
políticos de Estados Unidos, es una mal intencionada idea de
quitarle la identidad a un abanico de pueblos aferrados a su
cultura y a su pasado histórico a través de la más fuerte
herramienta cultural de los individuos: La Lengua.
La idea no es nueva, la historia está repleta de estos
crímenes en masas, de estos genocidios culturales. El más
grande imperio que ha conocido la humanidad en el mundo
antiguo, lo es sin duda el Imperio Romano, y esa asombrosa
maquinaria político-social que fue la Roma de Los Césares,
mantuvo en gran parte su hegemonía sobre los pueblos
gentiles, basada en lo que los romanos llamaban “La lengua
es el brazo del imperio”.
En la lejana Roma del omnipotente imperio, este lema LA
LENGUA ES EL BRAZO DEL IMPERIO, cobró categoría de ordenanza
estatal, pues los pueblos vencidos por el gigantesco
ejército del César, eran subyugados con la paga de los
impuestos económicos, donde descansaba parte de sostén
mercurial del reino, se les obligaba a someterse a las leyes
del Jus Gentium o derecho romano para pueblos gentiles (hoy
derecho internacional) y la pérdida de la lengua vernácula y
su correspondiente adopción del latín como lengua oficial y
única.
Algunos siglos más tarde la llegada de la conquista europea
a los pueblos indígenas, principalmente del Caribe, reeditó
la sentencia romana de que la lengua es el brazo del
imperio. España no sólo borró con carácter inexorable a
millones de seres humanos de sus propios territorios, sino
que a los que sobrevivieron a ese genocidio sin precedente
en este continente, les quitaron su identidad arrebatándoles
su lengua, su religión, su cultura.
Para ilustrar ese doloroso proceso de asimilación cultural
violenta, a que fueron sometidos la mayoría de los pueblos
amerindios, veamos tan solo el caso de la actuación de Diego
de Landa en las regiones de Guatemala y parte de México. En
un solo fatídico día, este personaje siniestro, actuando en
nombre de la Iglesia Católica, quemó cientos de Códices, de
la cultura Maya Quiche. En un breve memento de mezquindad y
barbarie, Diego de Landa, borró con las llamas de su
ignorancia perjudicial, la memoria colectiva de un pueblo,
perpetuado en la grafía, en la palabra escrita, y salvado de
generación en generación.
Con la quema de esos códices, no sólo se eliminó los libros
sobre la cultura, la poesía, la astronomía, el arte Maya en
todo su esplendor de siglos, sino que a los que
sobrevivieron a ese atentado contra la humanidad, se les
arrebató su identidad como pueblo, su pertenencia y
ubicuidad como etnia, su eslabón social de ser y de
pertenencia, se les despojó de su lengua, es decir de su
patria primera.
En las próximas elecciones no sólo habrá una boleta para
elegir a su candidato preferido, no sólo se beneficiará con
el voto a quien le vendió mejor su oferta política o su
plataforma social de partido, en esa boleta también se
estará eligiendo su derecho a ser y a pertenecer, su
decisión personal de situarse dentro de una cultura sin la
necesidad imperiosa de renunciar a la pre existente. Tomás
Eloy Martínez, uno de los grandes novelistas del último
cuarto de siglo, lo dijo con gran propiedad:
“... La lengua es la única certeza de pertenencia, el
refugio final de la identidad. Se cocina, se ríe, se pasea,
se baila, se enamora, se amamanta, se muere en su lengua
vernácula...” “...los que compartimos el castellano somos un
solo ser que habla muchas cadencias de una misma lengua y
que construye una sola tradición cuyo sustento son todas las
tradiciones. En el exilio se aprende que nuestra patria es
la lengua...”
No se trata de tener una independencia lingüística, un
corpus independiente como etnia o como raza que cohabita en
este país, es sólo una legítima aspiración como comunidad,
como pueblo, de merecer respeto por nuestras diversidades
regionales y culturales, a fin de que haya un clima propicio
de desarro-llo integral como seres humanos, dimensionando
nuestras facultades creativas, emocionales y artísticas.
Aspiramos a ser un hombre nuevo sin renunciar a ser
plenamente lo que somos desde hace tiempo, individuos unidos
por una cultura expresada en su lengua.
Así como la identidad se define como “ Conjunto de
caracteres o circunstancias que alguien o algo sea
reconocido, sin posibilidad de confusión”, de igual manera
se define la lengua como “... Sistema de señales (
lenguaje-signo) que une a una colectividad...”. Pero estas
definiciones tienen mayor peso cuando detrás de esas simples
definiciones idiomáticas, transmigra la historia de una
generación, la pertenencia a un corpus sociocultural de un
pueblo. Usted y sólo usted tiene la decisión de ser o no ser
un individuo con asentamiento histórico.
Sólo usted y nadie más que usted puede decir a qué patria
pertenece y cuáles vínculos afectivos lo unen a un terruño,
a un pueblo, a un continente a una nación por poderosa que
ésta sea. No se puede ser americano por decreto, no se puede
ser hispano por imposición, no se puede tener la certeza de
la pertenencia por un subterfugio legislativo. Pensemos por
un momento en dos pensamientos preclaros de dos ciudadanos
ilustres de este país: Benjamín Franklin dijo: “... Donde
mora la libertad allí esta mi patria”; por su parte, Thomas
Jefferson afirmó: “... verdaderamente tiemblo por mi patria
cuando pienso que Dios existe...”
El espíritu de libertad democrática de este país descansa
sobre las bases de claridad de pensamientos que tuvieron los
forjadores de la nación americana, y esos pensamientos están
amenazados en sus más legítimas intenciones, por gentes que
si bien no conocen el pasado de su propio país, aspiran a
destruir el futuro de otras naciones. |