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Edición No. 079  [Miércoles Octubre 30, 2002]

 

 

 
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Cultural
La patria es la lengua
 - por César Sánchez Beras

El próximo 5 de noviembre el proceso electoral del estado de Massachussets tendrá un nuevo componente, adicionado a sus propios elementos políticos y sociales. La ya archifamosa Pregunta 2 que estará en la boleta de los electores, constituye un punto crítico en la escogencia de nuestros representantes y en lo que significa para nuestra comunidad el triunfo o no de esta inquina electoral que se trata de introducir soslayadamente en este proceso.

Durante mucho tiempo los xenofóbicos y etnocentristas han intentado con saña segregar a los hispanos parlantes de la sociedad norteamericana. Han disfrazado sus verdaderas intenciones bajo la máscara del progreso de nuestros hijos en el sistema educativo, mientras en realidad lo que se incuba en estas sistemáticas actuaciones de algunos sectores políticos de Estados Unidos, es una mal intencionada idea de quitarle la identidad a un abanico de pueblos aferrados a su cultura y a su pasado histórico a través de la más fuerte herramienta cultural de los individuos: La Lengua.

La idea no es nueva, la historia está repleta de estos crímenes en masas, de estos genocidios culturales. El más grande imperio que ha conocido la humanidad en el mundo antiguo, lo es sin duda el Imperio Romano, y esa asombrosa maquinaria político-social que fue la Roma de Los Césares, mantuvo en gran parte su hegemonía sobre los pueblos gentiles, basada en lo que los romanos llamaban “La lengua es el brazo del imperio”.

En la lejana Roma del omnipotente imperio, este lema LA LENGUA ES EL BRAZO DEL IMPERIO, cobró categoría de ordenanza estatal, pues los pueblos vencidos por el gigantesco ejército del César, eran subyugados con la paga de los impuestos económicos, donde descansaba parte de sostén mercurial del reino, se les obligaba a someterse a las leyes del Jus Gentium o derecho romano para pueblos gentiles (hoy derecho internacional) y la pérdida de la lengua vernácula y su correspondiente adopción del latín como lengua oficial y única.

Algunos siglos más tarde la llegada de la conquista europea a los pueblos indígenas, principalmente del Caribe, reeditó la sentencia romana de que la lengua es el brazo del imperio. España no sólo borró con carácter inexorable a millones de seres humanos de sus propios territorios, sino que a los que sobrevivieron a ese genocidio sin precedente en este continente, les quitaron su identidad arrebatándoles su lengua, su religión, su cultura.

Para ilustrar ese doloroso proceso de asimilación cultural violenta, a que fueron sometidos la mayoría de los pueblos amerindios, veamos tan solo el caso de la actuación de Diego de Landa en las regiones de Guatemala y parte de México. En un solo fatídico día, este personaje siniestro, actuando en nombre de la Iglesia Católica, quemó cientos de Códices, de la cultura Maya Quiche. En un breve memento de mezquindad y barbarie, Diego de Landa, borró con las llamas de su ignorancia perjudicial, la memoria colectiva de un pueblo, perpetuado en la grafía, en la palabra escrita, y salvado de generación en generación.

Con la quema de esos códices, no sólo se eliminó los libros sobre la cultura, la poesía, la astronomía, el arte Maya en todo su esplendor de siglos, sino que a los que sobrevivieron a ese atentado contra la humanidad, se les arrebató su identidad como pueblo, su pertenencia y ubicuidad como etnia, su eslabón social de ser y de pertenencia, se les despojó de su lengua, es decir de su patria primera.
En las próximas elecciones no sólo habrá una boleta para elegir a su candidato preferido, no sólo se beneficiará con el voto a quien le vendió mejor su oferta política o su plataforma social de partido, en esa boleta también se estará eligiendo su derecho a ser y a pertenecer, su decisión personal de situarse dentro de una cultura sin la necesidad imperiosa de renunciar a la pre existente. Tomás Eloy Martínez, uno de los grandes novelistas del último cuarto de siglo, lo dijo con gran propiedad:

“... La lengua es la única certeza de pertenencia, el refugio final de la identidad. Se cocina, se ríe, se pasea, se baila, se enamora, se amamanta, se muere en su lengua vernácula...” “...los que compartimos el castellano somos un solo ser que habla muchas cadencias de una misma lengua y que construye una sola tradición cuyo sustento son todas las tradiciones. En el exilio se aprende que nuestra patria es la lengua...”

No se trata de tener una independencia lingüística, un corpus independiente como etnia o como raza que cohabita en este país, es sólo una legítima aspiración como comunidad, como pueblo, de merecer respeto por nuestras diversidades regionales y culturales, a fin de que haya un clima propicio de desarro-llo integral como seres humanos, dimensionando nuestras facultades creativas, emocionales y artísticas. Aspiramos a ser un hombre nuevo sin renunciar a ser plenamente lo que somos desde hace tiempo, individuos unidos por una cultura expresada en su lengua.

Así como la identidad se define como “ Conjunto de caracteres o circunstancias que alguien o algo sea reconocido, sin posibilidad de confusión”, de igual manera se define la lengua como “... Sistema de señales ( lenguaje-signo) que une a una colectividad...”. Pero estas definiciones tienen mayor peso cuando detrás de esas simples definiciones idiomáticas, transmigra la historia de una generación, la pertenencia a un corpus sociocultural de un pueblo. Usted y sólo usted tiene la decisión de ser o no ser un individuo con asentamiento histórico.

Sólo usted y nadie más que usted puede decir a qué patria pertenece y cuáles vínculos afectivos lo unen a un terruño, a un pueblo, a un continente a una nación por poderosa que ésta sea. No se puede ser americano por decreto, no se puede ser hispano por imposición, no se puede tener la certeza de la pertenencia por un subterfugio legislativo. Pensemos por un momento en dos pensamientos preclaros de dos ciudadanos ilustres de este país: Benjamín Franklin dijo: “... Donde mora la libertad allí esta mi patria”; por su parte, Thomas Jefferson afirmó: “... verdaderamente tiemblo por mi patria cuando pienso que Dios existe...”

El espíritu de libertad democrática de este país descansa sobre las bases de claridad de pensamientos que tuvieron los forjadores de la nación americana, y esos pensamientos están amenazados en sus más legítimas intenciones, por gentes que si bien no conocen el pasado de su propio país, aspiran a destruir el futuro de otras naciones.

 
 
 
 
 
 
 
 

 

 

 

 

   
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