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Edición No. 085  [Miércoles Diciembre 11, 2002]

 

 

 
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Cultural
Hagan el amor no la guerra
 - por César Sánchez Beras

La frase con la que encabezo esta cuartilla, de grata recordación para los que fueron testigos del movimiento anti-guerra de los años sesenta, era el lema de los miles de ciudadanos de este país, que se opusieron a las contiendas bélicas protagonizadas por los Estados Unidos.

Lo que comenzó como un respaldo a los pensamientos del Reverendo Martín Luther King Jr. y su lucha por la integración racial y étnica, se convirtió en una lucha ideológica con ramificaciones a todas las artes. La marcha y posterior concentración ante el monumento a Lincoln en Washington, contó con artistas de estatura continental.

Las voces y letras de Joan Báez y Bob Dilan, fueron respaldadas por los coros de muchos cristianos que dejaron las iglesias para cantar en aquella gran marcha por la libertad y los derechos civiles.
Pero Estados Unidos no escuchó. El presidente Nixon se empeñó en la invasión a Vietnam y en su terquedad no pudo percibir que en esa lucha, si bien Estados Unidos era superior militarmente, no tenía en lo mínimo algún interés legítimo.

No era su guerra, nunca lo fue y por eso y otras muchas razones la perdió cualitativamente este país. Las informaciones oficiales aseguran que semanalmente morían 100 soldados norteamericanos y 500 eran heridos. Pero si escuchamos los testimonios de los ex combatientes, si observamos los rostros de los veteranos de aquella equivocación, si vemos las películas con las que el cine norteamericano trata de magnificar el amor de esta nación por las causas democráticas, en el fondo sólo encontraremos una repetición de desgracias, equivocaciones sobre equivocaciones, que dejan la estela de adictos y frustrados, de gente buena que estuvo en el regimiento errado en el momento menos propicio.

Una de las letras poderosas de las canciones de la norteamericana hija de mexicano, Joan Báez, dice con gran acierto: “... si queremos salir de este siglo de forma válida, debemos entender que la vida es sagrada...” Pero su clamor ayer en las calles de Alabama, no fue escuchado. Su rebeldía de caminar junto a Luther King en pro de los derechos de gentes que no conocía, no fue entendida.

Su viaje a Vietnam para comprobar personalmente las masacres realizadas en las aldeas vietnamitas no fue valorado. Su apoyo a los ciudadanos de Camboya, que eran víctimas de bombardeos constantes por los aviones de guerra estadounidenses, no conmovió a nadie en el Pentágono.

Luego vino la calma, olvidamos el horror nuestro porque eran otros los que morían, eran otras las madres que se quedaban con cuerpos destrozados en los brazos, eran otros los hombres mutilados por las minas, eran otras las carnes y otros, muy lejanos los lamentos.

Entonces la democracia funcionaba bien lejos de los que agonizaban en sus propias tierras saqueadas por los imperios sempiternos. Las reglas del juego marchaban viento en popa y Wall Street no estaba en baja. Algunos debían morir en Centroamérica porque no comprendían nuestro estilo de hacer las cosas. Algunos merecían nuestros beneplácitos, porque más que gobiernos títeres, eran nuestros gobiernos.

Entonces nos subió una marea de prepotencia, nos anegó la soberbia como nación, nos empobreció la mezquindad de no aceptar al otro, nos arrastró hasta el cieno, el cieno que llevamos en los instintos cuando no avanzamos en la escala de los seres vivos. Ahora, en este punto no importa si Irak tiene armas nucleares o no, Estados Unidos está en pie de guerra, se ha pintado la cara como los viejos comanches cuando se aprestaban para la contienda.

Ahora, en este instante, tengo la sensación de que a los que dirigen la seguridad de esta nación, se les importa si hay o no hay armas de destrucción masiva, porque estamos embriagados en el antiguo licor de la lucha sin sentido, en la lucha per se, en la guerra no importa quien gane.

El mundo va a una buena velocidad, sólo que en sentido contrario. Nos alejamos del camino, extraviamos el sendero correcto, porque lo que está en la agenda no es el bien común, sino las medallas en el pecho de los almirantes, las fotos en primera plana y el ego como país magnificado.

Cuenta una vieja historia que un niño que ayudaba a su hermano inválido a transportase en una silla de ruedas, se vio de pronto en dificultades. Su hermano mayor, que tenia impedimentos para caminar, se cayó de la silla y rodó al suelo, y el pequeño no pudo levantarlo. Entonces el pequeñín comenzó a pedir ayuda a todos los que pasaban a su lado en veloces autos, autos que ni siquiera se percataban del incapacitado en el suelo y el menor que pedía auxilio.

En un esfuerzo desesperado el niño tomó un ladrillo de la acera y lo lanzó contra el primer auto que pasaba. El dueño del exótico y lujoso arremetió contra el niño, pero fue frenado en su cólera cuando el pequeño le contó las horas que tenía tratando de que alguien le ayudara a levantar a su hermano. El automovilista conmovido lo ayudó y perdonó el daño a su “jaguar”.

Aquí termina más o menos la historia. Pero me sirve mucho para ilustrar mi punto de vista. Los pacifistas de todo el mundo (incluido yo) estamos llamando para evitar esta guerra, estamos llamando por horas a todos los que pasan en sus autos exóticos y veloces a los lados del camino, estamos pidiendo que nos ayuden a levantar nuestro niño, para seguir la marcha.

Pero parece ser que no se detendrán, parece ser que nadie escuchará el llamado y que como en la historia, lamentaremos superar nuestras equivocaciones, como en Vietnam y en Camboya, enderezando el rumbo solamente a ladrillazos.

 
 
 
 
 
 
 
 

 

 

 

 

   
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