Cultural
Hagan el amor no la guerra
- por
César Sánchez Beras
La frase con la que encabezo esta cuartilla, de grata
recordación para los que fueron testigos del movimiento
anti-guerra de los años sesenta, era el lema de los miles de
ciudadanos de este país, que se opusieron a las contiendas
bélicas protagonizadas por los Estados Unidos.
Lo que comenzó como un respaldo a los pensamientos del
Reverendo Martín Luther King Jr. y su lucha por la
integración racial y étnica, se convirtió en una lucha
ideológica con ramificaciones a todas las artes. La marcha y
posterior concentración ante el monumento a Lincoln en
Washington, contó con artistas de estatura continental.
Las voces y letras de Joan Báez y Bob Dilan, fueron
respaldadas por los coros de muchos cristianos que dejaron
las iglesias para cantar en aquella gran marcha por la
libertad y los derechos civiles.
Pero Estados Unidos no escuchó. El presidente Nixon se
empeñó en la invasión a Vietnam y en su terquedad no pudo
percibir que en esa lucha, si bien Estados Unidos era
superior militarmente, no tenía en lo mínimo algún interés
legítimo.
No era su guerra, nunca lo fue y por eso y otras muchas
razones la perdió cualitativamente este país. Las
informaciones oficiales aseguran que semanalmente morían 100
soldados norteamericanos y 500 eran heridos. Pero si
escuchamos los testimonios de los ex combatientes, si
observamos los rostros de los veteranos de aquella
equivocación, si vemos las películas con las que el cine
norteamericano trata de magnificar el amor de esta nación
por las causas democráticas, en el fondo sólo encontraremos
una repetición de desgracias, equivocaciones sobre
equivocaciones, que dejan la estela de adictos y frustrados,
de gente buena que estuvo en el regimiento errado en el
momento menos propicio.
Una de las letras poderosas de las canciones de la
norteamericana hija de mexicano, Joan Báez, dice con gran
acierto: “... si queremos salir de este siglo de forma
válida, debemos entender que la vida es sagrada...” Pero su
clamor ayer en las calles de Alabama, no fue escuchado. Su
rebeldía de caminar junto a Luther King en pro de los
derechos de gentes que no conocía, no fue entendida.
Su viaje a Vietnam para comprobar personalmente las masacres
realizadas en las aldeas vietnamitas no fue valorado. Su
apoyo a los ciudadanos de Camboya, que eran víctimas de
bombardeos constantes por los aviones de guerra
estadounidenses, no conmovió a nadie en el Pentágono.
Luego vino la calma, olvidamos el horror nuestro porque eran
otros los que morían, eran otras las madres que se quedaban
con cuerpos destrozados en los brazos, eran otros los
hombres mutilados por las minas, eran otras las carnes y
otros, muy lejanos los lamentos.
Entonces la democracia funcionaba bien lejos de los que
agonizaban en sus propias tierras saqueadas por los imperios
sempiternos. Las reglas del juego marchaban viento en popa y
Wall Street no estaba en baja. Algunos debían morir en
Centroamérica porque no comprendían nuestro estilo de hacer
las cosas. Algunos merecían nuestros beneplácitos, porque
más que gobiernos títeres, eran nuestros gobiernos.
Entonces nos subió una marea de prepotencia, nos anegó la
soberbia como nación, nos empobreció la mezquindad de no
aceptar al otro, nos arrastró hasta el cieno, el cieno que
llevamos en los instintos cuando no avanzamos en la escala
de los seres vivos. Ahora, en este punto no importa si Irak
tiene armas nucleares o no, Estados Unidos está en pie de
guerra, se ha pintado la cara como los viejos comanches
cuando se aprestaban para la contienda.
Ahora, en este instante, tengo la sensación de que a los que
dirigen la seguridad de esta nación, se les importa si hay o
no hay armas de destrucción masiva, porque estamos
embriagados en el antiguo licor de la lucha sin sentido, en
la lucha per se, en la guerra no importa quien gane.
El mundo va a una buena velocidad, sólo que en sentido
contrario. Nos alejamos del camino, extraviamos el sendero
correcto, porque lo que está en la agenda no es el bien
común, sino las medallas en el pecho de los almirantes, las
fotos en primera plana y el ego como país magnificado.
Cuenta una vieja historia que un niño que ayudaba a su
hermano inválido a transportase en una silla de ruedas, se
vio de pronto en dificultades. Su hermano mayor, que tenia
impedimentos para caminar, se cayó de la silla y rodó al
suelo, y el pequeño no pudo levantarlo. Entonces el pequeñín
comenzó a pedir ayuda a todos los que pasaban a su lado en
veloces autos, autos que ni siquiera se percataban del
incapacitado en el suelo y el menor que pedía auxilio.
En un esfuerzo desesperado el niño tomó un ladrillo de la
acera y lo lanzó contra el primer auto que pasaba. El dueño
del exótico y lujoso arremetió contra el niño, pero fue
frenado en su cólera cuando el pequeño le contó las horas
que tenía tratando de que alguien le ayudara a levantar a su
hermano. El automovilista conmovido lo ayudó y perdonó el
daño a su “jaguar”.
Aquí termina más o menos la historia. Pero me sirve mucho
para ilustrar mi punto de vista. Los pacifistas de todo el
mundo (incluido yo) estamos llamando para evitar esta
guerra, estamos llamando por horas a todos los que pasan en
sus autos exóticos y veloces a los lados del camino, estamos
pidiendo que nos ayuden a levantar nuestro niño, para seguir
la marcha.
Pero parece ser que no se detendrán, parece ser que nadie
escuchará el llamado y que como en la historia, lamentaremos
superar nuestras equivocaciones, como en Vietnam y en
Camboya, enderezando el rumbo solamente a ladrillazos. |