Opinión
Desbrozando el Camino
Amiga Carmen, el fascismo acecha a
Venezuela
- por Roberto Rodríguez
Hay que evitar al precio que
sea que a Venezuela terminen empujándola a la extrema
situación donde la violencia se convierta en la última y
única posibilidad de desenlace.
Ese comentario lo hice a una angustiada joven pero vieja
amiga venezolana con quien hablaba en días pasados acerca de
la crisis a que ha sido llevado su país. Carmen está
preocupada y razón no le falta. Lo que menos desea alguien
que ame a su patria es verla en semejante situación.
La angustia de Carmen sólo es comparable a la que
normalmente produce en algún momento el nacimiento de una
criatura que todo saben que puede ser hembra o puede ser
varón. La diferencia en el caso de Venezuela es que ni
siquiera los propiciadores de la situación conocen lo que
podrían estar engendrando.
Mi amiga, en medio de su angustia, trata de ser justa cuando
enjuicia la realidad. Confiesa estar decepcionada. Que
Chávez tiene mucho de respon-sabilidad en lo que está
sucediendo en Venezuela, pero a la vez pasa a la oposición
por el mismo rasero.
Dice ella que los opositores han sido torpes —y eso es
verdad— hasta el extremo de ni siquiera disimular la mala fe
que se anida en sus acciones, como quedó demostrado con el
desmantelamiento de la institucionalidad del país que
pusieron en marcha a raíz del efímero golpe de Estado de
abril.
Justo por tener el mismo concepto que Carmen acerca de los
opositores de Chávez es que en una entrega anterior
advertíamos sobre la necesidad de no permitir que a la
tierra de Bolívar la convirtieran –al igual que a Chile en
1973 y hasta los siguientes 16 años- en laboratorio de
sangre, dolor y lágrimas.
Otra es que mi amiga Carmen tiene la necesidad de entender
la realidad socio-política de su país. Pero sobre todo
hacerlo consciente de que la nación es blanco selectivo de
una labor de zapa mucho más urgente que cualquier otra del
Continente, y que parte de ella es una escalada fascista
mediática que si prospera tendrá consecuencias devastadoras.
Si no supiéramos de lo que fueron capaces en los pasados 40
años los nuevos “luchadores por la democracia” que se gasta
Venezuela, podría hablarse sin temor al yerro de que todo no
pasará de un ejercicio del “derecho al pataleo” que asiste a
todo perdedor.
Pero no es así. La oposición no comprende –ni le interesa
comprender- que aún en el caso que ella fuera mayoría -lo
que no es cierto- una regla fundamental del juego
democrático es que los líderes son electos para un período
predefinido y que si uno quisiera nuevos líderes, se debería
esperar hasta la elección para el próximo período
constitucional. Hasta la actualidad, la oposición
constantemente rehúsa reconocer esta regla básica, lo que
hace virtualmente imposible el diálogo.
Mi amiga Carmen, y con ella todo venezolano de bien debe
reflexionar en que el de Chávez es un gobierno legítimamente
elegido y que la opinión de Venezuela no está determinada
por un millón de marchantes y mariachis que lleven los
conspiradores a una manifestación.
La opinión de Venezuela la sostienen 24 millones de
habitantes que son los que en definitiva tienen la última
palabra. 24 millones por los que no puede hablar un grupito
insignificante a cuenta y riesgo de destruir la
institucionalidad en aras de garantizarse sus intereses y
privilegios particulares y grupales, que de ninguna manera
son los mejores para el país, según prueba la experiencia.
Matar al tío para quedarse con la sobrina no justifica el
crimen.
A esa conducta no escapa la de unos medios de comunicación
virulentos que en su misión en contra de Chávez no han
parado mientes en cuanto a los oscuros y bastardos intereses
a los que conscientemente están sirviendo.
El efecto del trabajo de esos medios es algo que no pasó
desapercibido en mi conversación con Carmen. Ella, además de
víctima de la angustia, también lo es de la campaña
psicológica que se lleva a cabo a toda máquina, ya no sólo
en Venezuela, sino internacional, especial aquí donde muchos
medios hispanos de comunicación -especialmente televisivos-
son implacables en la manipulación y el irrespeto a la
inteligencia de la gente.
Junto a ese accionar, se percibe la aplicación de la Regla
de Transfusión: la cual se basa en el principio de que es
más fácil reforzar una idea que cambiarla. Para ello se
acude a motivaciones y formas de actuar que se encuentran en
el substrato más o menos inconsciente de la población, donde
el racismo, fascismo y estereotipos clasistas operan por la
libre.
¡Justo lo que –para dolor de todo buen latinoamericano- está
sucediendo en tu querida Venezuela, amiga Carmen! |