Opinión
La odisea de la diáspora dominicana
(1 de 3)
- por Radhamés Peguero
La irresponsabilidad del
Estado dominicano en garantizar a sus ciudadanos unas
condiciones de vida óptimas para cualquier ser humano vivir
dignamente, ha impulsado a una gran cantidad de los
residentes en esta media isla a buscar nuevos horizontes en
otras naciones.
Las condiciones de pobreza y desamparo se agravan a diario
en este país en donde el mismo grupo que viajó con Cristóbal
Colón se ha mantenido en el poder por más de 500 años sin
representar, sus actos de gobierno, ningún signo de mejoría
para las grandes mayorías nacionales.
Los servicios de salud pública cada día son más pésimos. El
nivel de la corrupción que, al decir de cierto
ex-dictador (vergonzosamente declarado “padre de la
democracia” por el Congreso Nacional), se detenía en la
puerta de su despacho, pero ya logró romper esa barrera. El
sistema judicial sigue siendo un establecimiento que sólo
abre sus puertas para sentenciar a los pobres y absolver a
los más pudientes. El nivel de institucionalidad es difícil
apreciarlo pues el descenso de su medida es tan bajo que la
visión humana pierde su capacidad de observación. El grado
de la delincuencia ha alcanzado niveles tan
desproporcionados que la participación de miembros de las
instituciones del “orden” ya es común en esos hechos,
quedando la población civil desamparada, mientras el nivel
de pobreza crece en nuestros campos y ciudades.
Ante este panorama es válido el deseo de muchos de nuestros
nacionales de emigrar a otras tierras en busca de mejor
vida. La mejoría que aquí, un grupito detentadores del poder
y de las riquezas, se ha empecinado en negarle. Es difícil
tomar la decisión de dejar atrás el lar que te vio nacer y
crecer, dejar tu familia, dejar hipotecada alguna pequeña
propiedad que les tenía reservada a tus hijos(as) o que
lograste convencer a los viejos para que te dejaran
hipotecar la suya, alejarte de tus allegados, de tu mundo de
historias y aventuras, de amores y leyendas, de luchas y
protestas por un mundo mejor. Abandonar los sueños
encarnados desde niño, lanzar por la borda (en la mayoría de
los casos) un título universitario y las esperanzas que en
él se cifraron para llegar a un lugar extraño y con un
futuro incierto, no es tarea fácil.
Este es el principio de una gran odisea. El Chauvinismo
nacionalista prevaleciente en muchas de las naciones hace
del inmigrante un ser de 2da y/o 3ra. clase donde quiera que
llega y si no es poseedor de los “documentos legales” que
esa nación exige, su sitial no le envidiará nada a la vida
de un perro callejero. Los actos de discriminación llegan a
niveles aberrantes y si desconoces el idioma la cosa se
empeora, los insultos discriminatorios te llueven hasta del
cielo, la explotación en los trabajos y la violación de tus
derechos está a la orden del día.
Te pagan salarios por debajo de lo establecido por la ley,
te roban las horas en las libretas de marcar el horario de
trabajo, te niegan las vacaciones, tienes que trabajar
tiempo extra por un salario regular, realizar los peores
trabajos, te despiden y te niegan la “colecta” que por
cierto tiempo te corresponde y como si fuera poco te colocan
las máquinas de trabajo a velocidades increíbles.
Estas y otras tantas vicisitudes se ven precisados a
soportar muchos inmigrantes por ser ilegales, por no conocer
el idioma, por desconocer sus derechos o por estar atados a
las deudas y compromisos dejados en el país para poder
llegar aquí.
Generalmente, el salario que percibe el inmigrante por
cualquier trabajo es menor al que recibiera un nacional por
igual trabajo. Ante los bajos ingresos, muchos se ven
impedidos de poder pagar una renta de vivienda, viéndose
obligados a vivir en sótanos y/o en cuartos, agrupados en un
grado tal de hacinamiento que rompe los límites
infrahumanos.
Con todas estas adversidades, el dominicano ha ido haciendo
de tripa-corazón, como dice el adagio, y cuando logra la
forma de regresar a la tierra añorada, sembrada de recuerdos
y nostalgia, allí le espera la otra cara de la crujía. Para
empezar deben soportar que lo llamen por
el epíteto, peyorativo y hasta denigrante de Dominicanyork,
en las aduanas del país todos se quieren aprovechar del
“dominicano ausente”, en cualquier lugar que se presente y
tenga que pagar algún dinero, si le descubren la pinta de
residente en el extranjero los precios de los artículos y/o
servicios son cuadruplicados al instante. Son presa
codiciada de la delincuencia organizada y los robos, asaltos
y saqueos institucionalizados, como veremos en la próxima
entrega. |