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Edición No. 085  [Miércoles Diciembre 11, 2002]

 

 

 
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Opinión
La odisea de la diáspora dominicana (1 de 3)
 - por Radhamés Peguero

La irresponsabilidad del Estado dominicano en garantizar a sus ciudadanos unas condiciones de vida óptimas para cualquier ser humano vivir dignamente, ha impulsado a una gran cantidad de los residentes en esta media isla a buscar nuevos horizontes en otras naciones.

Las condiciones de pobreza y desamparo se agravan a diario en este país en donde el mismo grupo que viajó con Cristóbal Colón se ha mantenido en el poder por más de 500 años sin representar, sus actos de gobierno, ningún signo de mejoría para las grandes mayorías nacionales.

Los servicios de salud pública cada día son más pésimos. El nivel de la corrupción que, al decir de cierto ex-dictador (vergonzosamente declarado “padre de la democracia” por el Congreso Nacional), se detenía en la puerta de su despacho, pero ya logró romper esa barrera. El sistema judicial  sigue siendo un establecimiento que sólo abre sus puertas para sentenciar a los pobres y absolver a los más pudientes. El nivel de institucionalidad es difícil apreciarlo pues el descenso de su medida es tan bajo que la visión humana pierde su capacidad de observación. El grado de la delincuencia ha alcanzado niveles tan desproporcionados que la participación de miembros de las instituciones del “orden”  ya es común en esos hechos, quedando la población civil desamparada, mientras el nivel de pobreza crece en nuestros campos y ciudades.

Ante este panorama es válido el deseo de muchos de nuestros nacionales de emigrar a otras tierras en busca de mejor vida. La mejoría que aquí, un grupito detentadores del poder y de las riquezas, se ha empecinado en negarle. Es difícil tomar la decisión de dejar atrás el lar que te vio nacer y crecer, dejar tu familia, dejar hipotecada alguna pequeña propiedad que les tenía reservada a tus hijos(as) o que lograste convencer a los viejos para que te dejaran hipotecar la suya, alejarte de tus allegados, de tu mundo de historias y aventuras, de amores y leyendas, de luchas y protestas por un mundo mejor. Abandonar los sueños encarnados desde niño, lanzar por la borda (en la mayoría de los casos) un título universitario y las esperanzas que en él se cifraron para llegar a un lugar extraño y con un futuro incierto, no es tarea fácil.

Este es el principio de una gran odisea. El Chauvinismo nacionalista prevaleciente en muchas de las naciones hace del inmigrante un ser de 2da y/o 3ra. clase donde quiera que llega y si no es poseedor de los “documentos legales” que esa nación exige, su sitial no le envidiará nada a la vida de un perro callejero. Los actos de discriminación llegan a niveles aberrantes y si desconoces el idioma la cosa se empeora, los insultos discriminatorios te llueven hasta del cielo, la explotación en los trabajos y la violación de tus derechos está a la orden del día.

Te pagan salarios por debajo de lo establecido por la ley, te roban las horas en las libretas de marcar el horario de trabajo, te niegan las vacaciones, tienes que trabajar tiempo extra por un salario regular, realizar los peores trabajos, te despiden y te niegan la “colecta” que por cierto tiempo te corresponde y como si fuera poco te colocan las máquinas de trabajo a velocidades increíbles.

Estas y otras tantas vicisitudes se ven precisados a soportar muchos inmigrantes por ser ilegales, por no conocer el idioma, por desconocer sus derechos o por estar atados a las deudas y compromisos dejados en el país para poder llegar aquí.
Generalmente, el salario que percibe el inmigrante por cualquier trabajo es menor al que recibiera un nacional por igual trabajo. Ante los bajos ingresos, muchos se ven impedidos de poder pagar una renta de vivienda, viéndose obligados a vivir en sótanos y/o en cuartos, agrupados en un grado tal de hacinamiento que rompe los límites infrahumanos.

Con todas estas adversidades, el dominicano ha ido haciendo de tripa-corazón, como dice el adagio, y cuando logra la forma de regresar a la tierra añorada, sembrada de recuerdos y nostalgia, allí le espera la otra cara de la crujía. Para empezar deben soportar que lo llamen por el epíteto, peyorativo y hasta denigrante de Dominicanyork, en las aduanas del país todos se quieren aprovechar del “dominicano ausente”, en cualquier lugar que se presente y tenga que pagar algún dinero, si le descubren la pinta de residente en el extranjero los precios de los artículos y/o servicios son cuadruplicados al instante. Son presa codiciada de la delincuencia organizada y los robos, asaltos y saqueos institucionalizados, como veremos en la próxima entrega.

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