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Edición No. 086  [Miércoles Diciembre 18, 2002]

 

 

 
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Nota Editorial
La renuncia de Law no salvará a la
Iglesia de la crisis

Tras un año de denuncias y presiones cada vez más insostenibles, el cardenal Bernard Law se vio finalmente obligado a renunciar. El se había convertido en el epicentro del escándalo sobre los casos de abuso sexual de sacerdotes que ha remecido los cimientos de la Iglesia católica en los pasados meses y obligó a remover de sus oficios a más de 400 religiosos en todo el país.

La renuncia de Law se produjo en momentos en que la arquidiócesis enfrenta demandas por pagos millonarios a las víctimas de los abusos y el Vaticano se encuentra a punto de declarar en quiebra a la Arquidiócesis de Massachusetts como una vía de proteger sus intereses de los acreedores. Los pagos por las demandas de las víctimas podrían ascender a un billón de dólares.

Un día antes de su partida a Roma, el cardenal había sido notificado que deberá testificar ante una corte en los sonados casos de pedofilia.
Los reveladores documentos dados a conocer en las últimas dos semanas y el anuncio que la fiscalía general de Estados Unidos, ha puesto en marcha una intensa investigación en la diócesis de Boston, sugieren que todavía no se ha conocido lo peor del escándalo.

La denuncia pública de estos delitos sexuales cometidos por cientos de sacerdotes desenmascaró finalmente una vergüenza que se ha conocido por siglos en todas las latitudes pero que, por tratarse de la Iglesia, fue tratado con guantes de seda y siempre mantenido en el más absoluto silencio.

Aún cuando ya no los puede ocultar, como ha sucedido ahora, la Iglesia continúa tratando de evadir responsabi-lidades. Así lo hizo recientemente la jerarquía eclesiástica cuando afirmó que las aberraciones sexuales de los sacerdotes se deben más a la corrupción de campea en la sociedad moderna y no al mismo sistema eclesiástico.

¡Qué distinta la vara que utiliza la Iglesia para medir los pecados ajenos y los propios!.

¡Qué dura es la Iglesia para castigar a regímenes políticos a los que no son afectos, o a los feligreses que transgreden sus rígidas normas sobre aborto, divorcio y uso de métodos anticonceptivos!

¡Y qué blanda es, en cambio, para castigar sus propias miserias!

La crisis actual de la Iglesia no es sólo económica, ni el Cardenal Law es el único responsable.

Los alcances del desastre son aún impredecibles para la Iglesia Católica. Salir de ese laberinto dependerá de la misma institución religiosa y su auténtica voluntad de erradicar el mal endémico que la corroe internamente. Esto incluye permitir que los sacerdotes culpables de aberraciones sexuales contra niños sean debidamente sancionados por la justicia. También, por supuesto, dirigir los cambios internos necesarios para que esas conductas horrorosas no se repitan nuevamente en nombre de Dios. Además, concederle a las víctimas las reparaciones que ellos están demandando sin utilizar el subterfugio inmoral de la bancarrota.

La renuncia de Law no debe concluir con las obligaciones que tiene este prelado ante la justicia. En su aspecto positivo, el alejamiento del cardenal puede desencadenar un proceso de purificación interna en la Iglesia que conduzca a separar de su seno a otros prelados que han cometido los mismos crímenes u otros de la misma gravedad.

Sólo una verdadera contrición hará posible que la Iglesia y su jerarquía eclesiástica reconquiste la confianza de la feligresía católica y su capacidad de liderazgo como conductores de una doctrina religiosa.

 
 
 
 
 
 
 
 

 

 

 

 

   
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