Nota Editorial
La
renuncia de Law no salvará a la
Iglesia de la crisis
Tras un año de denuncias y
presiones cada vez más insostenibles, el cardenal Bernard
Law se vio finalmente obligado a renunciar. El se había
convertido en el epicentro del escándalo sobre los casos de
abuso sexual de sacerdotes que ha remecido los cimientos de
la Iglesia católica en los pasados meses y obligó a remover
de sus oficios a más de 400 religiosos en todo el país.
La renuncia de Law se produjo en momentos en que la
arquidiócesis enfrenta demandas por pagos millonarios a las
víctimas de los abusos y el Vaticano se encuentra a punto de
declarar en quiebra a la Arquidiócesis de Massachusetts como
una vía de proteger sus intereses de los acreedores. Los
pagos por las demandas de las víctimas podrían ascender a un
billón de dólares.
Un día antes de su partida a Roma, el cardenal había sido
notificado que deberá testificar ante una corte en los
sonados casos de pedofilia.
Los reveladores documentos dados a conocer en las últimas
dos semanas y el anuncio que la fiscalía general de Estados
Unidos, ha puesto en marcha una intensa investigación en la
diócesis de Boston, sugieren que todavía no se ha conocido
lo peor del escándalo.
La denuncia pública de estos delitos sexuales cometidos por
cientos de sacerdotes desenmascaró finalmente una vergüenza
que se ha conocido por siglos en todas las latitudes pero
que, por tratarse de la Iglesia, fue tratado con guantes de
seda y siempre mantenido en el más absoluto silencio.
Aún cuando ya no los puede ocultar, como ha sucedido ahora,
la Iglesia continúa tratando de evadir responsabi-lidades.
Así lo hizo recientemente la jerarquía eclesiástica cuando
afirmó que las aberraciones sexuales de los sacerdotes se
deben más a la corrupción de campea en la sociedad moderna y
no al mismo sistema eclesiástico.
¡Qué distinta la vara que utiliza la Iglesia para medir los
pecados ajenos y los propios!.
¡Qué dura es la Iglesia para castigar a regímenes políticos
a los que no son afectos, o a los feligreses que transgreden
sus rígidas normas sobre aborto, divorcio y uso de métodos
anticonceptivos!
¡Y qué blanda es, en cambio, para castigar sus propias
miserias!
La crisis actual de la Iglesia no es sólo económica, ni el
Cardenal Law es el único responsable.
Los alcances del desastre son aún impredecibles para la
Iglesia Católica. Salir de ese laberinto dependerá de la
misma institución religiosa y su auténtica voluntad de
erradicar el mal endémico que la corroe internamente. Esto
incluye permitir que los sacerdotes culpables de
aberraciones sexuales contra niños sean debidamente
sancionados por la justicia. También, por supuesto, dirigir
los cambios internos necesarios para que esas conductas
horrorosas no se repitan nuevamente en nombre de Dios.
Además, concederle a las víctimas las reparaciones que ellos
están demandando sin utilizar el subterfugio inmoral de la
bancarrota.
La renuncia de Law no debe concluir con las obligaciones que
tiene este prelado ante la justicia. En su aspecto positivo,
el alejamiento del cardenal puede desencadenar un proceso de
purificación interna en la Iglesia que conduzca a separar de
su seno a otros prelados que han cometido los mismos
crímenes u otros de la misma gravedad.
Sólo una verdadera contrición hará posible que la Iglesia y
su jerarquía eclesiástica reconquiste la confianza de la
feligresía católica y su capacidad de liderazgo como
conductores de una doctrina religiosa. |