Especial
La
geisha según la geisha
- por
Anatxu Zabalbeascoa
Mineko Iwasaki fue la
fuente de información de Arthur Golden para escribir
“Memorias de una geisha”. Pero no quedó conforme con la
imagen que ese escritor norteamericano dio de las geishas.
Entonces escribió su propia versión: “La vida de una geisha.
La verdadera historia”.
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Una geisha no es una prostituta. Este equívoco ha confundido
durante siglos incluso a estudiosos de la cultura japonesa,
debido al secretismo que legendariamente ha rodeado esta
profesión. Entre reinas y criadas, diosas y esclavas, el
trabajo de las geishas consiste en complacer a sus clientes.
Para ello se visten y se maquillan hasta enmascararse y
disfrazarse. Sirven el sake o abren una puerta con
movimientos de cadencia lenta ensayados durante años. Se
yerguen o inclinan, miran o bajan la mirada, sonríen o
callan con la precisión y la belleza de una obra de arte.
Pueden tocar instrumentos de cuerda, como el koto (una
especie de laúd grande) o el shamisen. Saben cantar,
aprenden caligrafía y memorizan sofisticadas coreografías
cuyos títulos solamente (La contemplación de las flores de
cerezo o Las flores de cerezo por la noche) ya resultarían
difíciles de recordar.
Hasta que devuelven el alto precio de su formación, viven en
casas llamadas okiyas y trabajan en los restaurantes y
salones que hay en los karyukai, barrios cerrados cuyo
nombre significa “el mundo de la flor y el sauce”. Ese es el
objetivo de las geishas: ser hermosas como una flor y
flexibles como un sauce. Su finalidad es complacer a las
personas que las contratan, pero ese fin no incluye el
absoluto los favores sexuales. Han sido, durante cientos de
años, mujeres de vida paradójica, cuyo ideal de belleza se
remonta al siglo XI y cuya ambición de independencia
adelantó el siglo XXI. Hoy son una especie en peligro de
extinción.
El elitismo y los altos precios que cobran las geishas por
sus servicios han salvado a esta profesión de convertirse en
algo banal y folklórico, pero esa misma exclusividad ha
contribuido a que el mundo de las geishas sea todavía un
terreno oscuro. Para aclararlo, Mineko Iwasaki ha querido
contar su historia. Nacida en 1949 con el nombre de Masako
Tanaka, llegó a una okiya cuando todavía no había cumplido
cuatro años. Su decisión de convertirse en geisha tenía
tanto que ver con la fascinación por un mundo rodeado de
belleza (su padre era un adinerado sastre de kimonos de
lujo) como una voluntad de saldar una deuda moral familiar:
su hermana Yaeko había abandonado la okiya sin terminar de
pagar la inversión realizada en su formación. A pesar de que
se inició muy temprano, o tal vez por ello, llegó a ser la
geisha más famosa de Kioto durante los ‘60 y los ‘70, hasta
que decidió retirarse, algo apesadumbrada por la falta de
libertad, justo antes de cumplir los 30 años.
Durante los 15 años que ejerció como geisha, destapó en
varias ocasiones el oscuro velo que se cernía sobre su
oficio. Realizó anuncios publicitarios y se prestó a
colaborar en un documental sobre el tema. Por eso no
sorprende que cuando el novelista norteamericano Arthur
Golden se documentaba para escribir el que se convertiría en
best seller mundial, Memorias de una geisha, fuese Iwasaki,
precisamente, la que le abriese las puertas de muchos de los
secretos de ese universo.
Golden reveló la identidad de su fuente de información, y
Mineko Iwasaki lo denunció por difamación. Mientras esperaba
la sentencia, Iwasaki decidió contar su historia.
¿Qué es lo que necesitaba aclarar? ¿Por qué entonces estas
mujeres siguen siendo un misterio? Mineko Iwasaki asegura
que no existe voluntad de secretismo. “El mundo de las
geishas está apartado del resto de la sociedad por razones
culturales y económicas. No todo el mundo puede ser cliente.
Para ser geisha se necesitan aptitudes, perseverancia y una
formación muy estricta; para ser cliente, dinero y
educación. Esa vida apartada ha generado desconocimiento y
ha convertido la profesión de las geishas en algo oscuro”,
aclara.
En los últimos años, con el auge del turismo, ha habido
gente ajena a nuestro mundo que ha creado falsas imágenes.
Por eso me decidí a hablar”, apunta. La razón de esta
confusión radica en que en Japón las prostitutas vivían
tradicionalmente recluidas en una zona determinada llamada
“distrito del placer”, y las geishas en otro barrio llamado
“del entretenimiento”. Cuando en 1873 el gobierno japonés
prohibió la reclusión de las prostitutas, muchas se quedaron
sin trabajo y comenzaron a llamarse a sí mismas geishas.
Iwasaki insiste en que “una geisha gana tanto dinero que la
idea de prostituirse por dinero resulta ridícula. Veinte
años después de abandonar la profesión, Mineko Iwasaki
asegura que no le ha sido difícil acostumbrarse a vivir con
menos dinero. La propia existencia de contrastes que rodea a
las geishas sirve de preparación para afrontar las diversas
fases por las que la vida de un individuo puede llegar a
pasar.
“Me retiré joven porque carecía de ciertas libertades, como
tiempo libre, pero lo hice fundamentalmente por mis
circunstancias vitales: había pagado todas mis deudas y ya
no quedaban familiares a mi cargo. Quise probar otro tipo de
existencia. Por eso puedo decir que la de geisha es una vida
sacrificada, pero hermosa, como la de muchos artistas.
Cuando hoy veo a una, siento nostalgia y admiración por la
belleza que despliega. De proveedora he pasado a convertirme
en consumidora, y de vez en cuando visito una okiya para
contemplar a una geisha.” |