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Edición No. 086  [Miércoles Diciembre 18, 2002]

 

 

 
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Especial
La geisha según la geisha
 - por Anatxu Zabalbeascoa

Mineko Iwasaki fue la fuente de información de Arthur Golden para escribir “Memorias de una geisha”. Pero no quedó conforme con la imagen que ese escritor norteamericano dio de las geishas. Entonces escribió su propia versión: “La vida de una geisha. La verdadera historia”.

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Una geisha no es una prostituta. Este equívoco ha confundido durante siglos incluso a estudiosos de la cultura japonesa, debido al secretismo que legendariamente ha rodeado esta profesión. Entre reinas y criadas, diosas y esclavas, el trabajo de las geishas consiste en complacer a sus clientes. Para ello se visten y se maquillan hasta enmascararse y disfrazarse. Sirven el sake o abren una puerta con movimientos de cadencia lenta ensayados durante años. Se yerguen o inclinan, miran o bajan la mirada, sonríen o callan con la precisión y la belleza de una obra de arte. Pueden tocar instrumentos de cuerda, como el koto (una especie de laúd grande) o el shamisen. Saben cantar, aprenden caligrafía y memorizan sofisticadas coreografías cuyos títulos solamente (La contemplación de las flores de cerezo o Las flores de cerezo por la noche) ya resultarían difíciles de recordar.

Hasta que devuelven el alto precio de su formación, viven en casas llamadas okiyas y trabajan en los restaurantes y salones que hay en los karyukai, barrios cerrados cuyo nombre significa “el mundo de la flor y el sauce”. Ese es el objetivo de las geishas: ser hermosas como una flor y flexibles como un sauce. Su finalidad es complacer a las personas que las contratan, pero ese fin no incluye el absoluto los favores sexuales. Han sido, durante cientos de años, mujeres de vida paradójica, cuyo ideal de belleza se remonta al siglo XI y cuya ambición de independencia adelantó el siglo XXI. Hoy son una especie en peligro de extinción.

El elitismo y los altos precios que cobran las geishas por sus servicios han salvado a esta profesión de convertirse en algo banal y folklórico, pero esa misma exclusividad ha contribuido a que el mundo de las geishas sea todavía un terreno oscuro. Para aclararlo, Mineko Iwasaki ha querido contar su historia. Nacida en 1949 con el nombre de Masako Tanaka, llegó a una okiya cuando todavía no había cumplido cuatro años. Su decisión de convertirse en geisha tenía tanto que ver con la fascinación por un mundo rodeado de belleza (su padre era un adinerado sastre de kimonos de lujo) como una voluntad de saldar una deuda moral familiar: su hermana Yaeko había abandonado la okiya sin terminar de pagar la inversión realizada en su formación. A pesar de que se inició muy temprano, o tal vez por ello, llegó a ser la geisha más famosa de Kioto durante los ‘60 y los ‘70, hasta que decidió retirarse, algo apesadumbrada por la falta de libertad, justo antes de cumplir los 30 años.

Durante los 15 años que ejerció como geisha, destapó en varias ocasiones el oscuro velo que se cernía sobre su oficio. Realizó anuncios publicitarios y se prestó a colaborar en un documental sobre el tema. Por eso no sorprende que cuando el novelista norteamericano Arthur Golden se documentaba para escribir el que se convertiría en best seller mundial, Memorias de una geisha, fuese Iwasaki, precisamente, la que le abriese las puertas de muchos de los secretos de ese universo.

Golden reveló la identidad de su fuente de información, y Mineko Iwasaki lo denunció por difamación. Mientras esperaba la sentencia, Iwasaki decidió contar su historia.

¿Qué es lo que necesitaba aclarar? ¿Por qué entonces estas mujeres siguen siendo un misterio? Mineko Iwasaki asegura que no existe voluntad de secretismo. “El mundo de las geishas está apartado del resto de la sociedad por razones culturales y económicas. No todo el mundo puede ser cliente. Para ser geisha se necesitan aptitudes, perseverancia y una formación muy estricta; para ser cliente, dinero y educación. Esa vida apartada ha generado desconocimiento y ha convertido la profesión de las geishas en algo oscuro”, aclara.

En los últimos años, con el auge del turismo, ha habido gente ajena a nuestro mundo que ha creado falsas imágenes. Por eso me decidí a hablar”, apunta. La razón de esta confusión radica en que en Japón las prostitutas vivían tradicionalmente recluidas en una zona determinada llamada “distrito del placer”, y las geishas en otro barrio llamado “del entretenimiento”. Cuando en 1873 el gobierno japonés prohibió la reclusión de las prostitutas, muchas se quedaron sin trabajo y comenzaron a llamarse a sí mismas geishas. Iwasaki insiste en que “una geisha gana tanto dinero que la idea de prostituirse por dinero resulta ridícula. Veinte años después de abandonar la profesión, Mineko Iwasaki asegura que no le ha sido difícil acostumbrarse a vivir con menos dinero. La propia existencia de contrastes que rodea a las geishas sirve de preparación para afrontar las diversas fases por las que la vida de un individuo puede llegar a pasar.

“Me retiré joven porque carecía de ciertas libertades, como tiempo libre, pero lo hice fundamentalmente por mis circunstancias vitales: había pagado todas mis deudas y ya no quedaban familiares a mi cargo. Quise probar otro tipo de existencia. Por eso puedo decir que la de geisha es una vida sacrificada, pero hermosa, como la de muchos artistas. Cuando hoy veo a una, siento nostalgia y admiración por la belleza que despliega. De proveedora he pasado a convertirme en consumidora, y de vez en cuando visito una okiya para contemplar a una geisha.”

 
 
 
 
 
 
 
 

 

 

 

 

   
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